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Tuve una revelación,
Algo estaba pasando entre Juan y yo que no nos mirábamos. Todo pasó como en esas mañanas con desayunos abandonados, donde la pulpa del jugo de naranjas reposa en el vaso por días. Porque nadie quiere fregar. Porque nadie quiere salir del cuarto. Para que el otro no sepa que ha salido. Para no hacer ningún ruido ni movimiento. Para no tener que hablar. Cualquier palabra entre nosotros ya habría sido masticada en nuestros silencios. Y al tragarlas así, sabíamos todo sin decirlo. Yo hervía y Juan también.
Pero el se bebía su café sin brindarme. Coño, que dolor me daba el aroma cuando lo colaba en frente de mi y no me daba. No, Juan ya no me daba. Venía con su olor a granos recogidos en una loma sin aire de Cotuí, y me mordía los labios, para que yo sufriera. Y para que supiera lo que vendría después de ahí.
Cuánto lloraría mi madre de saber de mi. De la loquita que me volví. El siempre me encuentra por todos lados con la sonrisita. Aunque estoy infeliz y aunque estoy triste y me quiero morir; sonrío.
Si el alcohol le hiciera algo! Si lo cambiara! Si lo hiciera ser mejor! O peor o lo convirtiera en algo importante! Un dolor! Una enfermedad! Una muerte! Pero no! El alcohol no hace eso con Juan!. El bebe y bebe y al otro día, en menos de un día, él sigue siendo la misma persona. Sólo que cada día es más viejo.
Al menos su vicio de acostarse con mujeres le deja una sensación que yo noto, y a veces hasta disfruto, porque creo que es por mí, que se para así. Sus recuerdos de ellas están conmigo.
Sus besos me electrifican la lengua. Yo no sé si es porque los rechazo o porque son besos fuertes, como la sábila de amargos y repugnantes, pero tan sanadores que me dejan nerviosa, me pongo fría. A Juan le gusta besarme afuera de la casa, en los inviernos, para congelarme la boca. Para frisarme los labios. Y por eso lo recuerdo.
Las cosas que Juan haría si me amara…
Me cuidaría, sí.
Me daría todo lo que le pido, sí.
Me adoraría, sí.
Me pasaría la lengua por la espalda, me mordería las nalgas, me doblaría las rodillas, me haría sentirlo en mis adentros, localizándome los huesos, rasgando; me abrazaría Juan. Me diría cómo debo ser, me llevaría con él, me separaría del mundo, me secuestraría en un lugar alejado para hacerme las cosas que él quiere, para que no hable con nadie, me dejaría sin familia, sin dolor que compartir con mis amigos… Juan me olería todas las mañanas, disfrutando de mi… él dice que huelo a miel, a dulce, a avena, a selva, a rayos, que no le gusta, que quiere escupir, pero que prefiere tragarme.
Tengo miedo de ser sin él, de estar sin dolor.
De que no me meta las manos. De que no me escarbe como a un hormiguero. De que empezar a caminar sin bailar. A amar sin extrañar. a mentir sin engañarme. A bajar escaleras sin peldaños, a ahogarme en suspiros, a tragar sin masticar, sin morderme los labios del gusto.
Ese maldito anciano de Juan.

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