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Tiempo de Lectura: 2 Minuto(s)

Tú entras a la habitación y encuentras a tu Hija Atada por las muñecas
a los barrotes de la cama. Al frente de ella, un muchacho, más o menos de su edad tiene un cinturón negro en la mano y está a punto de agitarlo en sus mejillas ya coloradas por previos golpes. Los mismos que te hicieron abrir la puerta sin avisar. Está amordazada. Ceño fruncido. No sabes si de la sorpresa o del terror, o de las dos cosas. Es difícil entenderla de todas formas. Eres su madre. Digamos que la criaste sola. Justo ahora te llega a la cabeza una memoria de su infancia. No quería comer y te esforzabas en alimentarla. Lo recuerdas porque los movimientos que hace para soltarse de las sogas son los mismos que hacía evitando abrir la boca, con el cuerpo atado a una silla, tratando de desprenderse de ella para no comer. No sabes bien si tu hija quiere estar suelta. Si quiere ser libre. Si no quiere que la veas. Si quieres que la salves. Así como antes no sabías si no quería comer. Si no tenía hambre. Si se estaba muriendo. Si tiene sexo. Si es una violación.
Posiblemente ni ella misma lo sepa. Y no pasa nada.
Ahora piensas en el novio que tiene en tu imaginación. Es como uno de esos silencios que se hacen cuando ciertas cosas se dan por entendidas, para evitar las preguntas difíciles que salen de las dudas. Algo de lo que no se habla, porque ya se habló. Porque tú no esperas que tenga “novio” y que se concentre en estudiar. Pero no estás segura.
Ahora piensas en ti. Tú y lo que hiciste. Tú y en lo que te has convertido. Tanto esfuerzo en que te siga. Y te da rabia. Te sientes estúpida por tus propios recuerdos. Es normal. Ni ella misma sabe un montón de cosas de ti. Que no se las cuentas porque no quieres que las sepa. Quién quisiera hablar de sus errores para que digan que uno no tiene derecho a corregir?
Pero tú no estás sola. No solo se debe hablar de ti. No creas que es solamente acerca de ti. Yo estoy también en la puerta. No te has dado cuenta. Debo tener varios días sin verla. De hecho no recuerdo la última vez que la ví. Estoy sorprendido de cómo se ve y no sólo porque ahora está semidesnuda enfrente de mí. Cuando me dijiste lo del novio me imaginaba a mí. Y dije que no. Porque yo sé lo que él quiere. Y en parte por eso no me sorprende verla así. Era lo que esperaba de los rumores que me contabas.
Ahora la habitación se llena de especulaciones. No hay muchas palabras que decir en una situación así. Ella corre fuera de la habitación. Tú y yo nos quedamos. Tú caes al suelo cuando yo golpeo al muchacho contra las fotos de la graduación del bachillerato de nuestra hija y lleno de sangre las almohadas y sus pantis. El cristal enmarcado en el cuadro termina incrustado en mi mano izquierda. Me detengo. A diez minutos de eso, estamos sentados en la sala. Tú aún estás nerviosa. Y no se ha dicho una sola palabra de nada de lo que pasó.
Y las cosas continúan así.

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