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Cuando el Chocó no en el guarengue social

Siembro en mi memoria que mi progenitor –don Servio Emilio García Ibargüen- mucho me habló, durante mis épocas de infancia y adolescencia, acerca del apogeo del que mi amado Chocó gozó. Tal Chocó con no pocas empresas en condición de pujanza que, aunque no de propiedad de chocoanos la mayoría ellas, implicaban existencia de prosperidad en la región.

Pero desgracia que ocurriera –sin que sea cosa para que sobre la miel derramada nos pongamos a sollozar-, cuando de aquel auge se pasó a la malhadada decadencia. Todo debido principalmente a que a la dirigencia y a la clase empresarial, que con razón eran percibidas como ejemplares, las remplazaron generaciones pecuecas: unos rateros e incapaces que aparecidos a mala hora para con el Chocó hacer ochas y panochas.

Cuando con lágrimas en los ojos de mi alma eso último lo menciono no he de arrojar al despeñadero del olvido que a los mochorocos aquellos, que hoy abundan chamboneando y saqueando el erario, son muchas las culpas que les caben de andar el Chocó en el guarengue social. Pero sucede que con sus caras bien peladas se la pasan alardeando que, según, su amor por el Chocó es descomunal, incomparable. ¡Oigan ese corrinche! No están es ni tibios esa parranda de ¡so embusteros!

Dado que la crisis que abordo no se sabe cuándo pueda ser superada –si acaso, pero que Dios asegure que sí-, no dejará de haber que indagar en realidad cuándo será que saldremos del mierdero social; como a la vez seguir en el ejercicio de, por no desilusionarnos, proponer acciones para el hallazgo del camino de la redención; convencidos de que “el Chocó no ha matado indio con flecha”, como para permanecer condenado por los siglos de los siglos a padecer adversidades a granel.

Ojalá no sea acogido como consuelo el hecho de saber sin el menor hilo de duda que no de hoy apenas la crucial debacle social del Chocó es prácticamente la misma con presencia en la generalidad de pueblos Negros de Colombia, y de la Tierra en casos no reducidos. También, quede claro, no basta con dejar al desnudo las meras buenas intenciones o propuestas; sino que, en procura de realmente concretar la ruptura de numerosas y pesadas cadenas sociales, o remediar cualquier clase de problema, es necesario que no incurramos en el pecado de propiciar el divorcio entre la teoría (las palabras) y la praxis (las acciones). En conclusión, urge hace marras que seamos más efectivos que afectivos; o, reitero, más pragmáticos.


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