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Crónica de otra guerra que hemos aprendido a olvidar (Para Sama)

Dicen que enero es el mes más negro del año. Quizá porque es cuando más fuertes y recientes están nuestros propósitos para el año recién estrenado y cada mala noticia nos parece más grave de lo que en realidad nos parecería en --pongamos por caso-- octubre, con el año encarando su final. Los reveses y las decepciones en enero son un aviso, una bajona, un más de lo mismo. Por la fecha de publicación de este texto, es obvio que me siento así porque he visto Para Sama (2019), el documental de Waad Al-Kateab y Edward Watts que se estrenó en noviembre de 2020 y que habla de una guerra civil --la de Siria-- que comenzó en 2011 y que apenas ha dejado huella en nuestra memoria de occidentales. Lo de enero es una eventualidad que afecta exclusivamente a mi impresión personal de la película; lo de la guerra civil tiene unas implicaciones más jodidas y oscuras y sobre ellas pasaré de puntillas. En esta clase de testimonios incómodos el retraso en el acceso a las audiencias mayoritarias es un factor y una realidad tan ilustrativos como preocupantes

Para Sama narra el día a día de Waad, una estudiante de economía en la universidad de Alepo que se implicó desde el principio en las protestas de 2011 contra el régimen de Bashar al-Assad y que --por un cúmulo de circunstancias políticas y personales-- acabó en el epicentro del asedio a esta ciudad en sus meses más negros, cuando la aviación rusa bombardeaba los hospitales de los insurrectos sin piedad (algo muy parecido pasó en Sarajevo, cuando los serbios decidieron bombardear los mercados en hora punta para hacer más daño y provocar el pánico entre la población). Entonces Waad tomó una decisión: grabar cada día un fragmento de su vida y la de las gentes que pasaban a su alrededor (en la práctica, heridos y familiares que llegaban al hospital), no sólo como testimonio, sino como pliego de descargo para Sama, su hija nacida en pleno conflicto y atrapada --por decisión de sus padres-- en medio de una guerra cruel que ella no pidió y que sufre sin ser culpable, arte ni parte. Waad cree que esas imágenes algún día podrían servir para hacer comprender a su hija las razones que llevaron a ella y a su padre a permanecer en Alepo cuando eso equivalía a una condena a muerte, o una muerte en vida. Un montaje de este metraje se ha convertido en un documental de la británica Channel 4, en el testimonio de un dolor y una violencia que --en su día-- nos llegaron como tantos otros a través de los informativos, día sí día también, pero por lo visto sin la necesaria fuerza o repugnancia; hace falta --una vez más-- un relato humano que esta vez sí aporta Para Sama.


No es solamente la crudeza de sus imágenes, es la irrupción en una intimidad que no nos gusta mirar de frente: niños que ven morir a sus hermanos en el suelo del hospital, padres que no aceptan que sus hijos han sido arrancados de su lado por una bomba; pero también la valentía de unos sanitarios y médicos que --a pesar de la falta de medios y del ninguneo internacional-- se esforzaban por atender a todas esas personas. Las palabras de Waad tratan de explicar unas escenas devastadoras, para ella y para todos, aún no para Sama. Su única esperanza en medio de esa pesadilla es que un día comprenda el porqué de sus razones y de lo que ella considerará una injusticia. Para el resto de la humanidad apenas es una inmersión en la realidad que ni los informativos ni los discursos políticos se atreven a encarar porque es injustificable y cuestiona su existencia misma tal como la conocemos. Puede que con algo de distancia y frialdad pudiéramos comprender el contexto de la guerra en Siria si Para Sama incorporara un análisis geopolítico, pero las imágenes captadas por Waad se imponen, nos obligan a decidir entre mantener o retirar la mirada. En estas condiciones es difícil posicionarse más allá de lo instintivo. Cuesta digerir ciertas verdades, pero también encajar nuestra impotencia en algo que, con la debida información, podríamos comprender, defender y combatir. Una situación que podríamos llegar a experimentar en primera persona por un azar de la historia o por culpa de cafres electos. Nuestro bienestar es frágil, el premio de una lotería que aún no sabemos que disfrutamos hace décadas.

Para Sama es un filme duro y desmoralizador que reafirmará a las audiencias más comprometidas e informadas, que repelerá a quienes odian que las películas les saquen de su zona de confort y les obliguen a posicionarse en algo que creen que sucede por culpa de otros, incluso de las propias víctimas. Aun así, es mejor dedicarle los cien minutos que dura y reaccionar de alguna manera que pasar de ella y seguir como estamos.





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