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Crítica | Juliet, desnuda

La bella sencillez

Crítica ★★★★ de «Juliet, desnuda», de Jesse Peretz.

UK/USA. 2018. Título original: «Juliet, naked». Director: Jesse Peretz. Guion: Evgenia Peretz, Jim Taylor y Tamara Jenkins. Basada en una novela de Nick Hornby. Productores: Judd Apatow, Albert Berger, Barry Mendel. Música: Nathan Larson. Dirección de fotografía: Remi Adefarasin. Montaje: Sabine Hoffman y Robert Nassau. Casting: Dixie Chassay y Jeane McCarthy. Dirección de arte: Caroline Barclay. Reparto: Rose Byrne, Ethan Hawke, Chris O´Dowd, Lily Brazier, Azhy Robertson.

Siento una especial cercanía con los textos y los personajes de Nick Hornby. Supongo que a lo largo de los años ha sabido representar íntimamente a un cierto colectivo de hombres y mujeres que hemos buscado una cierta paz emocional entre los escombros de una determinada cultura pop. Me represento completamente con su postura discretamente progresista –o moderadamente conservadora, tanto da- sobre los problemas derivados de la paternidad, la masculinidad, la convivencia, el perdón o la reflexión sobre el tiempo vivido. Dicho esto, Juliet, desnuda pertenece más al universo personal de Hornby, a su manera de entender los tiempos, las palabras o los gestos, que a la de Jesse Peretz o a la de otro cualquier miembro del equipo.

Merece la pena comenzar por ahí. Sin duda, Peretz —que es un humilde artesano y, por eso, ha salido completamente airoso de la faena— ha comprendido que su función iba más por prestar atención al proceso de casting, a la concreción en el montaje, a una composición de planos sencilla y concreta. El universo de la cinta no le pertenece, sino que más bien es una suerte de lugar común construido entre Hornby y sus lectores, a la que el resto de participantes se han acercado con buen tino y sin forzar innecesariamente sus posiciones en el relato. De ahí que Rose Byrne —que es, pese a quien pese, una de las actrices más infravaloradas, inteligentes, versátiles y efectivas del panorama contemporáneo— no se aproveche de su rol protagonista o que Ethan Hawke no fagocite inmisericordemente a sus compañeros de reparto. Cada uno se despliega con eficacia en sus escenas, mostrando precisamente aquello que en otras manos hubiera quedado deslucido: la inevitable falta de química pero el paradójicamente honesto compromiso entre una estrella en horas bajas y una mujer empequeñecida por la provincia. No hace falta subrayar nada, ni etalonar con colores brillantes y desmesurados ningún plano. No es necesario utilizar ralentizados ni trucos de montaje: ahí están ellos dos, y entre ambos, dos biografías llenas de aristas, de insatisfacción, de vías muertas. Sin embargo, en lo que Peretz sin duda ha sabido leer con inteligencia a Hornby es, precisamente, en lo que tiene que ver con ese acercamiento decidido y amable hacia los personajes, esa capacidad para no convertirles en caricaturas bufonescas de sus pasiones o en títeres sobre los que el espectador pueda proyectar sus propias iras. Muy al contrario, entre Byrne y Hawke siempre hay una cierta camaradería afectiva que se cimenta lenta y pacientemente durante la primera media hora larga de metraje.

Detengámonos en esta idea. Si Juliet, desnuda funciona es, precisamente, por su gestión de los tiempos narrativos. Es totalmente cierto que la película se apoya sin el menor rubor sobre una estructura clásica en cinco actos que se suceden en los minutos previstos como si el equipo de guionistas hubiera trabajado a las órdenes de un relojero suizo. Ahora bien, en el momento en el que ahondamos en la gestión del punto de vista somos capaces de aprehender un diseño bien equilibrado de presentaciones y acontecimientos que siempre juega a favor de la historia. Por ejemplo, el segundo acto está construido mediante el intercambio “epistolar” de los dos protagonistas. Peretz se apoya sobre una voz en off agradablemente cercana —atención a la dulce precisión y el tempo con el que Byrne y Hawke “colocan” las palabras en sus parlamentos— para hilvanar al mismo tiempo la creciente seducción entre ambos y los acontecimientos que se hurtan o que se les escapan. El montaje de imágenes impone su propio tiempo a través de los parlamentos como si fuera una suerte de fuerza incontestable que arrastra a los personajes hacia el futuro. Sin embargo, la narración no toma nunca una suerte de posición aleccionadora o de censura moral: las cosas, simple y llanamente, suceden. Todo el mundo se decepciona. Sin embargo, en el envés mismo de la vida —ese que Hornby maneja como Dios y del que nunca sabrán hablar un Lanthimos o un Haneke— también van fluyendo los pequeños asideros sobre los que realmente se configura la buena supervivencia de los hombres: los descubrimientos, los reencuentros, las oportunidades. En este segundo acto se pasa revista a toda una vida agotada sin que la enunciación se permita jamás el lujo de caer en la autocompasión o en el efecto melodramático.

Ciertamente, no toda la cinta es capaz de funcionar con esa levedad y al mismo ritmo. Algunas decisiones formales del trecho final —la “resolución” de la trama dolorosa de Hawke, por ejemplo— se dejan caer inevitablemente casi como una exigencia apresurada del propio género cinematográfico para tapar los huecos y no sobrepasar demasiado los noventa minutos de metraje. Después de todo, el espectador ya sabe cómo funcionan las cosas y qué debe esperar del flujo narrativo de los acontecimientos. Contra la norma, después de terminar el visionado uno puede cobijar una cierta tranquilidad pasajera, una amable sensación de haber sido acompañado y escuchado, una visión mesurada de las propias heridas. Después de todo, ese es el funcionamiento básico de todo el universo de Hornby: contar con amabilidad una buena historia en el filo mismo del sufrimiento. | ★★★★ |

Juliet, desnuda se estrenó el 4 de enero de 2019 distribuida por Diamond Films.


Aarón Rodríguez Serrano
© Revista EAM / Castellón






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