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Crítica | No dejes rastro (Leave no Trace, Debra Granik, 2018)

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Crítica ★★★★ de «No dejes rastro» (Leave No Trace, Debra Granik, Estados Unidos, 2018)

Estados Unidos, 2018. Título original: Leave No Trace. Directora: Debra Granik. Guion: Debra Granik, Anne Rosellini (Novela: Peter Rock). Productores: Anne Harrison, Linda Reisman, Anne Rosellini. Productoras: Bron Studios / First Look / Harrison Productions / Still Rolling Productions. Distribuida por Bleecker Street. Fotografía: Michael McDonough. Música: Dickon Hinchliffe. Montaje: Jane Rizzo. Dirección artística: Jonathan Guggenheim. Reparto: Thomasin McKenzie, Ben Foster, Jeff Kober, Dale Dickey, Peter James DeLuca, Ayanna Berkshire, Isaiah Stone.

Con tan solo tres películas en su haber, Debra Granik ya ha conseguido labrarse una merecida fama de realizadora de culto. Aunque pueda parecer una aportación demasiado escasa en 14 años de carrera, el prestigio alcanzado por aquellos tres trabajos ha sido suficiente para hacer que cada nueva cita con esta directora sea recibida con las mayores expectativas por los seguidores del mejor cine indie americano, el de verdad, el que no requiere de florituras ni artificios para ganar audiencia. Y es que hablar de ella es hacerlo de una de esas cineastas necesarias, que dan voz a las criaturas más incómodas y marginadas de la sociedad, aquellas que parecen no tener cabida en el cine comercial. Así, le brindó a Vera Farmiga la oportunidad de entregar una de sus más alabadas interpretaciones en su ópera prima Down to the Bone (2004), encarnando a una mujer que trataba de sacar adelante a sus dos hijos mientras, a duras penas, ocultaba sus problemas con las drogas. Una notable carta de presentación para Granik, que mereció el premio a mejor dirección en Sundance. Pero fue su segunda obra, la desgarradora Winter´s Bone (2010), la que le abrió las puertas del éxito internacional y le brindaría una amplia colecta de premios que culminaría en las 4 nominaciones obtenidas en los Oscars, entre ellos el de mejor película, encumbrando, de paso, a su protagonista Jennifer Lawrence como estrella emergente, hoy totalmente consolidada. Aquella historia de una adolescente de 17 años obligada a bregar con una situación de extrema pobreza –que la llevaría a perder su casa en dos días– y el cuidado de una madre enferma y dos hermanos pequeños cuando su padre, recién salido de la cárcel, desaparece sin dejar rastro, sorprendió por la enorme fuerza con la que dibujaba un brutal microcosmos rural en los montes de Missouri, donde la miseria y la podredumbre se extendía a lo largo de una tierra poblada de viejas caravanas y antros de mala muerte, y sus personajes luchaban por sobrevivir cada día en un mundo que ofrecía pocas esperanzas de futuro. Después de aquel triunfo, Debra Granik rompe siete años de silencio –solo interrumpido por el documental Stray Dog (2014), que seguía los pasos de un motero, veterano de la guerra de Vietnam–, con No dejes rastro (2018), la adaptación de la novela de Peter Rock My Abandonment, para la que ha vuelto a contar con la inestimable complicidad de Anne Rosellini, su co-guionista en Winter's Bone.

El libro, que parte de una historia verídica sobre un padre y su hija que vivieron durante años, al margen de las normas establecidas por "la civilización", en una reserva natural de Oregón, sirve a Granik para realizar uno de esos acercamientos a personajes marginales que, hasta el momento, parecen caracterizar a su obra. No dejes rastro nos adentra en el corazón del parque natural de Portland, donde Will y su hija de trece años, Tom, tienen montado su particular campamento y sobreviven a base de los recursos que la naturaleza les ofrece y de los víveres que obtienen en sus contadas escapadas a la ciudad, mientras tratan de mantenerse ocultos de las miradas indiscretas de los visitantes y, sobre todo, de los agentes de seguridad. Esta personal elección de vida no anda demasiado lejana de la manifestada por el personaje interpretado por Viggo Mortensen en Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), que criaba a sus seis hijos en un bosque, lejos de las comodidades de la gran ciudad, en su búsqueda por esquivar la alienación que la sociedad de consumo provoca en los individuos. Sin embargo, y pese a que ambas películas puedan compartir un punto de partida similar, hay algo que las diferencia radicalmente y eso es la motivación que empuja sus distintos protagonistas a vivir de espaldas al resto del mundo. En el relato que nos ocupa, el hombre no se deja llevar por ideales que le hagan odiar el sistema capitalista y el modo en que las personas se mueven dentro de él, sino que su reticencia a formar parte del mismo proviene de motivos de fuerza mayor, más relacionados con el síndrome postraumático que arrastra desde su pasado en el ejército y la dolorosa pérdida de su esposa. Unas duras circunstancias que le convirtieron en un ser desarraigado, al que le resulta imposible relacionarse con otras personas con normalidad o echar raíces en un lugar fijo, ya que sus pasos siempre terminan encaminándose hacia esas montañas que son el único lugar donde encuentra la paz y el equilibrio que necesita. El problema es que, de manera egoísta, ha arrastrado a su hija a este modo de vida errante y solitario, algo a lo que la muchacha ha respondido con aceptación, privándose de una educación y unos conocimientos que no sean los impartidos por su propio progenitor, y de la compañía de otros jóvenes de su edad con los que socializar. Pero esta vida, en apariencia idílica y feliz para la pareja protagonista, se rompe de modo abrupto cuando, por accidente, son descubiertos y detenidos por la policía. Comienza así un complicado proceso de reinserción a la "vida normal", con los servicios sociales tratando de darles las herramientas (un trabajo, un techo bajo el que vivir) para comenzar desde cero.

«La química entre Foster y McKenzie es brutal y juntos han sido la clave fundamental para que No dejes rastro sea una de esas películas pequeñas en dimensiones pero enormes en trascendencia y calado». 


No dejes rastro es un drama profundamente humanista, que indaga en el corazón (y la psicología) de sus personajes sin caer en ningún instante en el sentimentalismo ni hacer juicios de valor sobre sus acciones. Granik ama a sus criaturas, con sus virtudes y sus defectos, y retrata la estrecha relación entre Will y Tom con gran sensibilidad, haciendo especial hincapié en el profundo respeto que la muchacha profesa a un padre que, sin la compañía de ella, estaría totalmente perdido en el mundo. Tampoco es intención de la directora y su guionista, en esta ocasión, de mostrar una sociedad hostil que dificulte la integración de estas personas. Por el contrario, dibuja un panorama ciertamente esperanzador, con gente de buen corazón que se ofrece a brindar su ayuda a estas "ovejas descarriadas" a la hora de regresar al rebaño, algo que despierta en Tom las ganas de asentarse definitivamente en un hogar y dejar atrás su etapa nómada, chocando con los pensamientos de un Will que no está hecho para la vida en comunidad. Esta brecha que se abre en la, hasta entonces, inquebrantable unión entre ambos, a raíz del descubrimiento de la adolescente de nuevas experiencias y posibilidades, es el motor que pone en marcha la dura disyuntiva a la que acabarán enfrentándose. El intimista relato está narrado con ritmo sinuoso y una sutileza que elude cualquier golpe de efecto que fuerce el dramatismo del mismo. Tampoco incurre en el preciosismo formal, a pesar de que la hermosa fotografía de Michael McDonough sabe aprovechar la belleza de las localizaciones naturales en las que acontece la mayor parte de la acción. Lo que de verdad hace que la emoción sea tan palpable que atraviese la pantalla y consiga tocar la fibra sensible del espectador más duro de corazón es el maravilloso trabajo de sus dos protagonistas. De Ben Foster, carismático actor a quien no se le ha sacado aún suficiente provecho, ya sabíamos que este tipo de personajes indomables le sientan como un guante –solo hay que ver cómo robaba cada plano de Comanchería (David Mackenzie, 2016)–, por lo que el auténtico descubrimiento de la función llega de la mano de Thomasin McKenzie, una jovencísima actriz que, sin duda, dará mucho que hablar en los próximos años. Dotada de una mirada limpia y cristalina, ha sabido otorgarle a su papel de Tom toda la pureza e inocencia propias de una niña que desconoce los sinsabores del mundo, fuera de la sobreprotección de su padre. La química entre Foster y McKenzie es brutal y juntos han sido la clave fundamental para que No dejes rastro sea una de esas películas pequeñas en dimensiones pero enormes en trascendencia y calado. No será un gran éxito de taquilla pero sí merece estar siendo reconocida (ahí está la carrera de premios para atestiguarlo), por méritos propios, como una de las sorpresas más gratificantes de la cosecha de 2018. | ★★★★ |


José Martín León
© Revista EAM / Madrid




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