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Implante Pelo Turquia

Implante Pelo Turquia


En esta entrada, os dejamos la historia completa de la aventura de un nuestro cliente quien ha tenido tratamiento capilar en Turquia en la clinica Hospitaleste con el Doc.Faruk Yilmaz.

El Sr. Delgado ha escrito su experiencia completa como una historia de un libro con todos los detalles del proceso de determinar, del viaje a Turquia para el transplante capilar y todo!! Que la disfruteis mucho!!

"Siempre he pensado que los viernes son días buenos para nadar. Introducir la cabeza bajo el agua y contener la respiración por unos cuantos segundos, es el antídoto perfecto para curar mis males. Sé que podrá sonaros extraño, pero supongo que cada persona en su individualidad tiene el deber consigo mismo de aprender a conocerse, empezando por saber cuáles practicas tienen la capacidad de relajarnos, hasta el punto en que llegamos a olvidar nuestros problemas.
Esa por lo menos es mi perspectiva a los 27 años de edad. Aún recuerdo, no sin algo de nostalgia, la primera vez que experimenté esa sensación. Esa misma vez comprobé por las malas, que siendo el agua de la mar tan salada, no es una gran idea abrir los ojos dentro de ella. Tenía 6 años aproximadamente y nos encontrábamos de vacaciones en unas hermosas playas de Venezuela.
 Como ya os habrás imaginado era la primera vez que me llevaban a una playa. Todo era espectacular: la arena en los pies se deslizaba con la suavidad de la seda, la comida simplemente exquisita, el agua, cálida y cristalina permitía observarte los pies. Era como un paraíso en el cual podía sentirme a salvo en los brazos de mis padres. Ese día mi padre me enseñó que si ponía en mis orejas dos caracolas lo suficientemente grandes como para cubrirlas, estuviere donde estuviere, escucharía inmediatamente los sonidos del mar.
El estado de relajación os permite establecer una conexión directa entre tu cuerpo y tus sensaciones exteriores, con las emociones que internamente narra vuestro corazón. Es un escape a los problemas cotidianos en el cual solo requerimos un poco de concentración y silencio para obtener la gran recompensa de la paz interior.
Como os dije, particularmente y por asociación con la paz que sentí cuando sumergí mi cabeza por primera vez en las aguas de los Roques, tengo la inclinación de obtener la paz que el día a día me arrebata, escapándome a la piscina o simplemente introduciéndome dentro de una bañera. El sonido del silencio lo escribe vuestra respiración, y el compás de vuestro corazón.
Me agrada llevar a cabo esta práctica los viernes por que es precisamente el día en que siento que las presiones y convencionalismos sociales me dejan libre, aunque sea por un lapso de dos días, sé que es algo corto, pero me resulta suficiente.
Presión, es una palabra con la cual debo lidiar constantemente, y casi a diario. Hace unos dos años aproximadamente, egresé de la universidad,  obteniendo el grado de comunicador social. Comprenderéis que si sois una persona a la que se le hace un tanto complicado soportar la presión de la sociedad, no es muy recomendable manteneros en una universidad por cinco años para obtener un título y posteriormente dedicaros a hacer de tu vida un evento público al cual creen todos los ciudadanos de tu región, localidad, etc. estar cordialmente invitados.
El arte de comunicar consiste básicamente en tomar de la calle las distintas realidades y acontecimientos, ya sean de carácter político, artístico, deportivo, ciudadano, y a través de los medios de comunicación poder hacerlos llegar a la colectividad, a fin de que vosotros podáis comprobar de primera mano qué cosas están pasando en el mundo, ya se trate de un hecho acontecido hace dos horas a la vuelta de la esquina de vuestra comunidad, o de un acontecimiento histórico ocurrido durante la dinastía Ming en China.
¿Así parece algo sencillo no lo creéis? Sin embargo como os lo dije os lo repito, si no os encuentras preparado mentalmente para desempeñaros de manera óptima como comunicador, una avalancha social te sacudirá desde la cabeza hasta los pies y quedarás atrapado en un círculo de opiniones malintencionadas que solo buscarán perjudicaros.
Lo informativo, el entretenimiento,  lo verdaderamente importante, pasa a un segundo plano. Ahora todos hablan de ti, del como expresas vuestras ideas ante el público, de cómo pudisteis por Dios permitiros fallar en la redacción de una columna al  cometer un error ortográfico, ¿acaso no sabéis que nuestros hijos leen eso? ¿Cómo osáis pronunciar una palabra mal en público?
Admito que talvez debí comenzar por este punto, el del Trabajo (mi trabajo) y no con el tema de la playa y la meditación, pero tengo que reconocer que de no  ser por el autoconocimiento que me ayudó a saber que esta simple terapia de viernes por la noche me aliviaría tanto las tensiones, verdaderamente os digo, ya no sé qué sería de mí. La serenidad del silencio bajo el agua, hace que los problemas acumulados a lo largo de la semana sean exhalados en forma de burbujas de dióxido de carbono.
La comunicación social fue una luz en mi vida. A medida que los otros chicos de mi edad en la secundaria iban tomando en consideración optar por tal o cual carrera, a mi simplemente me gustaban los deportes. Lo malo del tema es que no era muy bueno en la práctica en ninguna disciplina. Sin embargo mis días fácilmente podían transcurrir con los ojos pegados a un televisor observando cadenas deportivas: conocía los nombres de todos los equipos, de todos los deportes, sus jugadores, sus capitanes, sus tácticas y estrategias y cuanta cosa importante y de relevancia ocurriere en el mundo del deporte.
Tuve a bien interesarme por el tema, a profundidad. Así supe que en efecto, las Personas que se encargan de transmitir esta clase de eventos, han hecho una carrera universitaria denominada comunicación social, también conocida como periodismo, y que posteriormente se podían especializar en el ámbito deportivo. Aquello fue mágico. ¿Cómo no lo había pensado antes?
Me dirigí inmediatamente aquel lejano día de agosto a la cocina, para comentarle a mi madre sobre mi decisión. Con un “gracias a Dios” y un beso en la frente, me dio a entender que apoyaba mi disposición. Sobre todo si tomamos en cuenta que ya en varias oportunidades ella y mi padre se tomaban la molestia de sentarse junto a mí a preguntarme, siempre muy serenos, que a qué me quería dedicar en los años venideros, pero yo sinceramente no la tenía clara.
De manera que mi futuro estaba claro: sería periodista deportivo, y sin lugar a dudas llegaría a lo más alto que se pudiese. Podría claro empezar –una vez graduado- a trabajar en pequeñas radios locales y ascendería poco a poco hasta dar el paso a la pantalla chica de alguna televisora regional que se dejare seducir por mi talento. Nadie osaría interponerse en mi camino de éxito, simplemente yo estaba hecho para esto y contaba con todas las herramientas necesarias para lograrlo.
Me dedicaré entonces a contaros qué ha sucedido desde el día en que ingresé feliz a la universidad a prepararme para hacerle cara a la vida, llevando a cabo la actividad que me apasiona.
Como suele suceder en muchas oportunidades, nos dejamos llevar por las expectativas, por aquellas primeras intuiciones que tomamos por verdades absolutas y de las cuales queremos permanecer aferrados. Así por ejemplo muchos padres consideran ideal el hecho de que sus hijos estudien lo mismo que ellos han estudiado, o un futbolista espera que su hijo varón efectivamente sea futbolista,  mejor si ocupa su misma posición dentro del campo de juego. En esas oportunidades los padres tienen por dogma el hecho de que lo que a ellos les generó en una etapa de sus vidas felicidad y prosperidad, también les será generada a sus hijos.
Por supuesto, nada más alejado de la realidad. De igual forma se escapa de la realidad, las expectativas que infantilmente nos creamos de nuestra vida universitaria. ¡Vamos que en la tele no se ve nada mal! Fiestas, discotecas, amigos (y amigas), en fin, un arcoíris de diversión donde los unicornios se deslizan y disfrutan de la magia de la juventud.
El primer hito imborrable de mi memoria de vida universitaria me lo implantó el profesor más viejo y con más experiencia de todos. Con una expresión autoritaria y déspota sumado a un discurso de aproximadamente diez minutos, nos dejó entrever lo que nos deparaba el destino inmediatamente. Deciros que su aspecto inspiraba respeto seria mentiros, su aspecto daba miedo, y vaya que no exagero.
Sin embargo su temple y su carácter hacían que bajo ninguna circunstancia nosotros –sus alumnos- desatendiéramos un instante a sus palabras. Fue testigo en carne viva de las atrocidades cometidas por el ejército franquista y padeció de primera persona la coacción a la libertad de expresión. Si esto para una persona común y corriente, resulta lesivo a sus intereses tanto individuales como colectivos, para un comunicador social recién graduado lo es mucho más.
El ímpetu de la juventud reside en vuestro corazón señores,-decía mientras apretaba el puño de la mano derecha- y por eso son jóvenes quienes deciden serlo, y no quienes aún tienen la piel tersa. Con esto quería decirnos que nunca, y bajo ninguna circunstancia, debíamos perder nuestro enfoque y nuestras ansias de contar lo que sucediera, por que las personas jóvenes estaban motivadas por el bien común y por el derecho que tienen las personas a estar informadas, y no por intereses personales o económicos.
Fue así como poco a poco, la visión con la que en principio ingresé a la universidad, y en específico a esta carrera comunicacional, fue variando, aunque eso sí, lenta y paulatinamente. Lógicamente mi interés deportivo no decayó, todo lo contrario, pero el aprendizaje de tantas otras cosas desconocidas me abrió puertas totalmente inexploradas por mí.
Los libros, llegaron en ese entonces a convertirse en el complemento de mi personalidad, la cual creo debe irse forjando lenta y cuidadosamente por uno mismo, del mismo modo en que un artista esculpe una obra con un martillo y un cincel. El desconocimiento, es un estado peligroso en cual nos encontramos sumergidos todos los seres humanos, porque si bien existen ciudadanos más cultos que otros, siempre hemos de ignorar algo. Sin embargo la peligrosidad emerge cuando el grado de ignorancia es tal, que nos convertimos en seres susceptibles a la manipulación por parte de personas perversas.
Así, puedes comprender cómo ideas tan absurdas han prosperado y  calado en grandes esferas sociales. Ideas basadas en la religión, o en la raza, ideas que de expandirse podrían a llegar a generar cataclismos sociales de inconmensurables consecuencias. He llegado a esta conclusión porque considero, que en verdad existen personas con el alma negra per se, sin embargo, no constituyen la gran mayoría de una sociedad. Sin embargo en una sociedad carente de conocimientos y por ende susceptible a la manipulación, es probable que uno de estos personajes de mala fe, convenza, mediante el don de la palabra y la argumentación rebuscada a una cantidad considerable de personas, de sus ideas erradas.
Esta aseveración que he hecho es totalmente verídica y la podéis comprobar con un pequeño repaso a la historia, pero no es tan solo a aquellos impases históricos entre naciones a lo que quiero referirme en el día de hoy, no. Tengo la certeza, de que, y como ya lo dije, existen personas malintencionadas en cualquier lugar por el que te desplacéis, y no todas llegan a convertirse en líderes de masas o en grandes dictadores.
Otros por ejemplo se encargan de inventar historias falsas sin motivación alguna, por el simple hecho de que les causa una gran satisfacción observar el mal en otra persona. Algunas, simplemente no distinguen entre la competencia o rivalidad sana, y por lo tanto no advierten límites algunos a la hora de conseguir lo que anhelan, así deban pasar por arriba de quien fuere y haciendo daño a diestra y siniestra.
¿Recordáis aquello que os dije, acerca de que en mi área laboral se toman en consideración más cuestiones banales que las vinculadas al trabajo como tal? Bueno, esta idea caló hondo prácticamente en todas las grandes esferas sociales a nivel global, por la ignorancia de muchos y el verbo de pocos. Sé que muchos de ustedes estaréis pensando: “Pero si vuestro trabajo se desarrolla en un set  de televisión, es lógico que debáis mantener una buena imagen” y si, en efecto tienen razón, el problema surge cuando, por algo que escapa de tus manos y de tus decisiones, se te cierran puertas de trabajo.
El vestir bien, el hablar educadamente, el saber sujetar adecuadamente los utensilios a la hora de comer, demuestran que eres una persona culta y podría resultar perjudicial para nuestros intereses en situaciones específicas, no seguir las reglas de “etiqueta”. Estas –y desde mi óptica- lejos de haber sido creadas para discriminar, simplemente buscan establecer un orden, y esto me parece bien, pues cualquiera puede aprenderlas, seáis del color que seáis, sin importar vuestra contextura física o religión. Diferente fuere si tales normas solo hubieren sido creadas para cierto tipo de personas, pues constituiría fuente de discriminación.
Empero, el caso que quiero contaros, es decir, mi experiencia personal, difiere totalmente de lo anterior. Es decir, he sido discriminado por motivos ilógicos que escapan a mi entendimiento y a mi voluntad. Saber que había egresado de una gran universidad en la cual obtuve conocimientos que van en ocasiones más allá de lo académico, para llegar al mundo laboral y ser discriminado por una cuestión que nada tiene que ver con mi nivel personal de conocimiento, es vergonzoso.
Sobre la voluntariedad de los actos y sus consecuencias
Excúsenme si sienten que a ciencia cierta me encuentro redundando sobre esto, pero me resulta imperativo, inevitable, y no me encuentro cerca ni de una playa, ni de una piscina, ni tan siquiera de una bañera en la cual pueda llevar a cabo mi práctica de catarsis semanal, así que intentaré desahogarme explicándoles esto.
“todo acto tiene una consecuencia” vaya frase. En ella encontráis implícitas verdades científicas y humanas. La voluntariedad proviene del raciocinio, ese que precisamente delimita y marca la diferencia entre los humanos y el resto de animales que habitan en la faz de la tierra. Ellos, instintivamente hacen lo que el cuerpo les implora. Si tienen hambre comen, si tienen sed beben, si se hayan en época reproductiva se reproducen, de manera que todo se encuentra perfectamente organizado por un reloj biológico interno que la propia naturaleza les ha dado. Como sabrán, no sucede lo mismo con las personas: comemos sin hambre, bebemos sin sed, y tenemos sexo por diversión. De esto se trata la voluntariedad, que encuentra vinculación estrecha con la razón.
Es por esto que existen dos maneras de llevar a cabo las cosas día a día, de manera buena o mala, y todo dependerá, salvo contadísimas excepciones, de lo que interiormente decidas hacer. Estudiar o trabajar, quedarte en tu casa por las mañanas, o salir a trotar, convertirte en una persona honrada  de bien siguiendo los consejos de tus padres, o ser una oveja negra y carga para la familia y sociedad. Tus acciones por ende te conducirán a la felicidad verdadera o a un futuro gris e incierto. Por una mala decisión puedes, por ejemplo, pasar el resto de tus días tras las rejas.
Les explico esto porque me interesa que vuestra atención contraste el tema de la voluntad con lo que a continuación pretendo pasar a exponer. ¿Qué pasa si, en lugar de poner en manos de la voluntad de cada una de las personas su futuro, establecemos límites de los cuales ciertos individuos simplemente no se pueden despojar? Es esto precisamente lo que se denomina discriminación.
La discriminación es un tema ciertamente complicado, que en las últimas décadas (por fin) ha llamado la atención de la sociedad. Las consecuencias últimas de la discriminación son catastróficas, y si no me creen échenle un vistazo a las imágenes del holocausto judío provocado por la intolerancia absurda de un líder y su partido político, quien haciendo uso de la palabra y la fuerza, y aprovechándose de la ignorancia de sus compatriotas, logró convencerlos de aceptar y callar un genocidio como una supuesta “solución final”.
Por ello repito, subestimar la importancia del conocimiento y la educación es un craso error.


Discriminación
Desde la discriminación impulsada por líderes malignos, hasta la que observamos en los pasillos y aulas de clase desde que somos muy pequeños. Siempre ha estado y para desgracia nuestra parece que estará presente. Es arriesgado realizar esta aseveración próxima, pero me atrevería a decir que hace parte de la naturaleza humana. Desde tiempos remotos los seres humanos se han tomado la molestia de clasificar a las personas de diversos modos: por su lugar de origen o por el origen de su familia, por su raza o por su credo.
La idea de que cierto grupo de personas son superiores a otras o están más aptas para llevar a cabo ciertas tareas, ha sido la razón de prácticas como la esclavitud por ejemplo. Los europeos que llegaron a las Américas, al ver a los indígenas, los consideraron seres inferiores que podían ser tratados a los antojos del señor europeo de turno. De forma similar les ocurrió a las personas provenientes de tierras africanas, quienes, raptadas como si de animales se trataran, eran trasladadas y vendidas en mercados al mejor postor como una mercancía.
Con el devenir de los años y tras constantes luchas impulsadas por los grupos que padecían bajo yugo opresor, la práctica esclavista fue siendo erradicada poco a poco de las prácticas comunes de las sociedades más “avanzadas”. Ya lo que era bien visto por la mayoría de personas blancas europeas, o de ascendencia europea paso a considerarse algo inmoral.
Pero esto no acabó allí, pues si bien la idea de que tomar a una persona en contra de su voluntad y ponerla a trabajar como animal empezó a ser mal vista, no se les consideró a personas africanas o descendientes de africanos como seres iguales a los europeos o sus descendientes, por el contrario.
Se tomó entonces como un favor concedido, “pueden habitar entre nosotros sin ser raptados como esclavos, pero no por ello crean que somos iguales y tenemos los mismos derechos”. Disculpadme si me pongo histórico (e histérico) pero comprendedme: a los comunicadores nos encanta escribir.
Fueron creadas entonces escuelas para personas blancas, y escuelas para personas negras, baños para personas blancas y baños para personas negras, localidades para personas blancas y localidades para personas negras. Y aunque en la actualidad tales limites se encuentren prohibidos, siguen existiendo modos de discriminación, aunque cada vez más maquillados y menos escandalosos. Diversificación le digo yo. Le llamo diversificación porque aunque ya no sea tan denigrante como antiguamente lo era, continúa existiendo, y fui víctima en carne viva de ello.
Sucede que, a medida que iban transcurriendo los años de mi vida universitaria, temas antes totalmente desatendidos por mí comenzaron a llamarme la atención: tópicos políticos, raciales, religiosos, sociales, culturales entre muchos otros ingresaron a mi lista de temas atractivos. Continuaba observando deportes pero ya no sentía la misma inclinación que al principio. Debo confesar que me siento afortunado de haber sentido el llamado del periodismo, aunque fuere por un tema que paulatinamente destiné simplemente a la diversión y lo excluí del trabajo.
De manera que al egresar de mi casa de estudios, definitivamente necesitaba encontrar un trabajo en el cual me pudiera desenvolver en aspectos más relacionados con mis nuevos intereses. Fue así como emprendí una ardua búsqueda de empleo que perduró algunos meses. Al fin, una casa productora estaba en búsqueda de gente joven a la que le interesase viajar a Sudamérica con el objetivo de grabar un documental sobre los pueblos indígenas del amazonas.
Debo admitir que al principio lo dudé. Mi trabajo consistiría en convivir por unos cuantos días con un pueblo aborigen del Brasil, realizarle por supuesto algunas preguntas acerca de sus vidas y del resultado de aquello, realizar una especie de pequeño libro, aparte del documental claro está.
Consulté con familiares y amigos, sus respuestas fueron disparejas. Hubo quien me alentó al máximo a emprender esta aventura inolvidable, y hubo también quien me desaconsejaba por completo, por la peligrosidad de la selva etc. Tomé la decisión de aceptar el trabajo, a fin de cuentas dudo que un viaje a la amazonia brasileña a realizar un documental pasase desapercibida en un currículo.
Así que me puse inmediatamente en contacto con la productora, me dieron fecha de salida, y así de rápido me había montado en una gran aventura. Cuando le comenté mi decisión a mis padres no me creyeron, y para ser sinceros, yo tampoco me lo creía, pero fue una de las mejores decisiones de mi vida.
El día de partir había llegado. Las maletas estaban listas y mi madre me había preparado mi desayuno favorito. Mientras comía y fingía prestar atención a las recomendaciones maternales de mi progenitora, pensaba en la selva y en sus habitantes ¿cómo reaccionarían ante mí? ¿Seré aceptado por sus líderes? Muy pronto tendría respuesta a estas interrogantes.
Me reuní con un pequeño equipo conformado por 4 personas: un camarógrafo, otra periodista el director y yo. Nos encontramos en el aeropuerto de Málaga, ciudad en la que nací y habito. Tan solo había tenido conecto directo con el director, al camarógrafo y a la chica los estaba conociendo el mismo día que abordamos el avión. Todos tenían pinta de estar asustados y llenos de intrigas al igual que yo.
Nos presentamos de manera escueta y rápida y cada quien se sentó, el camarógrafo leía revistas deportivas, la reportera se maquillaba, el director contemplaba el vacío,  yo simplemente contemplaba lo que cada uno hacía. Al fin el momento de abordar había llegado: era la hora de emprender una aventura inusitada.
Brasil
Manaos se nos presentó como una metrópolis escondida en el medio de la selva brasileña. Definitivamente el nuevo continente presenta matices y colores totalmente diferentes a los que nos han acostumbrado en España. La densidad y fortaleza de sus árboles nos indican que nos encontramos en medio del pulmón de la naturaleza.
Sin embargo, Manaos es una ciudad a la cual arribamos por facilidad de acceso al interior de la selva, y por ende no estaba en nuestros planes permanecer por mucho tiempo en la ciudad. Apenas llevábamos unas cuantas horas y después de haber tomado un suculento almuerzo integrado por frijoles, carne de cerdo y arroz, nos encontramos con un señor alto y de sonrisa fácil.
Portaba un auto no muy antiguo, se dio un fuerte abrazo con el director –al parecer eran viejos amigos- y este nos invitó a que subiésemos al auto. De allí nos condujo a un bonito hospedaje de ambiente amazónico, con las comodidades de un hotel pero sin perder el encanto silvestre.
Lo que más recuerdo de aquel hospedaje fueron las aves, eran muchas. Y lo mejor fue que no se encontraban encerradas en una jaula, las señoritas encargadas de la posada ponían frutas silvestres en platos y tazas ubicados en las esquinas de los techos, y un sinnúmero de aves, desde loros hasta tucanes invadían el lugar, con su bulla y su colorido. Constituían pues el atractivo principal de la posada, cuyas habitaciones contaban con grandes ventanales dispuestos precisamente para que se pudieran observar las aves en todo su esplendor.
En aquel lugar tuvimos más oportunidad de conocernos y romper el hielo los desconocidos integrantes de aquel equipo, ello resultaba conveniente si tomamos en cuenta el hecho de que en unas cuantas horas partiremos al centro de la nada a encontrarnos con una tribu de aborígenes para los que somos invasores de su paz y tranquilidad. Necesitábamos cuando menos inspirar confianza entre nosotros mismos si teníamos la intención de sobrevivir a la travesía que nos imponía el destino.
Joao se llamaba el señor que nos había recogido en el restaurante, no teníamos inconveniente con respecto al idioma, pues Joao hablaba español a la perfección aunque con acento portugués. Mientras intentaba entablar una tímida conversación con la reportera, escuchamos las instrucciones que Joao le daba a nuestro director, quien también era nuestro jefe: “Ya hable con Juan, me confirmó llegada en media hora, ustedes parten con él, estén tranquilos y sigan sus instrucciones al pie de la letra mientras se encuentren en la selva” nos miramos, Jessica –la reportera- Ismael- el camarógrafo- y yo. A pesar de los nervios compartidos después de escuchar eso, soltamos una notoria carcajada nerviosa que llamaría la atención de todos en el salón.
De la selva sabía poco más que nada. Lo más salvaje que mis ojos habían presenciado en esta vida, eran documentales de nationalgeographic y Discovery channel (y la película “el libro de la selva”). Sentado en aquel salón de la posada junto a Jessica e Ismael, compartí las expectativas de mi viaje: crecer como persona.  Mi motivación principal no era en aquel momento el dinero o la fama que la experiencia me pudiera llegar a proporcionar, sino por el contrario me movía más el aspecto socio cultural de un grupo de personas que continúan  viviendo como lo hacían sus ancestros en épocas pre colombinas. Tanto Jessica como Ismael prosiguieron el tema y dejaron en claro también sus expectativas y temores, veían aquella travesía como una gran oportunidad que les podía servir de trampolín hacia otras grandes expediciones si todo salía como debía.
De un Jeep amarillo, bajó Juan. Lo supe inmediatamente por dos cosas, en primer lugar era, sin lugar a dudas, una persona de raza aborigen. Aunque llevaba los atuendos que comúnmente observamos en nuestra sociedad, su aspecto le delataba. En segundo lugar Joao al ver acercarse el Jeep, le hizo ademanes a nuestro director Omar, y enseguida volteo a observar nuestra posición indicándonos con gestos que debíamos enrumbarnos. Así que eso precisamente fue lo que hicimos, y tras despedirnos y agradecerle a Joao por la buena atención nos montamos a la nave amarilla de Juan.
Juan, de aspecto risueño y maneras agradables, en primer término nos puso al tanto de lo que suponía el viaje al interior de la selva: llegaríamos a un punto específico en el cual la densidad de la vegetación nos obligaba a continuar el resto del camino a pie, tan solo con la ayuda de un machete para ayudarnos a despejar el camino. En ese punto había una pequeña cabaña en donde dejaría estacionada su camioneta, nos podríamos ropa adecuada y comenzaríamos el viaje de unas cinco horas.
Aunque todos nos quedamos a ciencia cierta estupefactos con aquella noticia, pues todos esperábamos llegar en carro a nuestro destino final, la que sinceramente se vio más afectada y hasta en algún momento llego a ver comprometida su voluntad de continuar aquel viaje fue Jessica, sin embargo decidió seguir, talvez porque nos hallábamos muchos kilómetros lejos de España y éramos nosotros las únicas personas que hablábamos su idioma y que conocía en la majestuosa Brasil. Por supuesto ninguno se encontraba en disposición de abandonar la carrera para complacerla y  acompañarla, así que, aunque más por obligación que por devoción, terminó cediendo.
Una muralla verde era lo que continuaba después de haber llegado a la cabaña a partir de donde debíamos continuar a pie. El vapor se podía sentir en el aire, y se pegaba nuestra piel. El sopor de las dos de la tarde se encontraba en su más alta expresión. Juan, sacó de la cabaña cuatro machetes que repartió entre nosotros, alegando que sin ellos sería prácticamente imposible atravesar semejante muralla que se interponía entre nosotros y la aldea. Le pregunté a Juan, que si la tribu ciertamente sabía de nuestra próxima visita. Ante tal interrogante, él se volteó y me miro: ustedes son mis invitados, les voy a presentar a mi familia.
El camino se prolongó por una hora y media más de lo normal. Contrariamente a lo que todos nos imaginamos, Jessica fue la más combativa y la que menos protesto o dijo siquiera alguna palabra, supongo que llegaría a la conclusión de que mientras más rápido caminara, más rápido llegaría y consecuencialmente terminaría el viacrucis para ella.
Durante el recorrido divisé un pequeño rio, en el cual me vi tentado a sumergir mi cabeza por algunos instantes. Siguiendo mis impulsos primitivos me dispuse en posición agachada y cuando estaba a punto de ingresar la cabeza, Juan gritó: ¡No!, incorporándome asustado le pregunté qué pasaba. Me explico que aquello sería básicamente un suicidio teniendo en cuenta que en esa cuenca conviven felizmente pirañas anacondas y caimanes. Y mira que a esos animales no les interesa que la gente tenga mucho cabello o se esté quedando pelona como tu eh!
Esa fue la primera vez que alguien hizo alusión a mi alopecia. Si, en plena selva amazónica. Sinceramente, si había notado que mi cabello empezaba a decaer pero nunca le había dado importancia, porque simplemente no me importaba y sinceramente no consideraba al cabello como algo sin lo cual no se pudiera sobrevivir siendo hombre. Acepto que 27 años es una edad temprana para empezar a perder cabello pero vamos, ¿Qué me podría suceder? Eso pensé al principio. No pensé que la discriminación de las que les conté al principio me podría alcanzar alguna vez.
Al fin llegamos a la aldea,  eran aproximadamente las siete de la noche. Los aldeanos se disponían a descansar, pues su costumbre reza que deben acostarse cuando se acuesta el sol, y levantarse con él también. Solo pudimos conocer a unas pocas personas que aún se encontraban despiertas terminando algunos quehaceres, mayormente mujeres mayores terminando alguna labor del hogar. Aunque apenas acabábamos de llegar a nuestro destino, el trabajo apenas comenzaba.
Ismael, desde el momento en que nos encontramos en el aeropuerto de Málaga, estuvo grabando la experiencia, primero manteniendo un perfil bajo, casi que ocultándose de nuestras miradas, pero poco a poco y a medida que nos íbamos tomando confianza, perdió la rigurosidad del principio. Por supuesto había grabado toda la travesía de unas 6 horas de caminata y por fin por el día de hoy apagaba la cámara.
Amablemente fuimos acomodados por Juan y otro joven en una choza. Estas, compuestas de palos de madera, barro, paja y hojas enormes de palma que entrelazadas constituían el techo, nos proporcionaban el abrigo necesario para reponer energías. Dormimos como piedras.
A la mañana siguiente, y aun medio dormido, abrí un poco los ojos y divise un circulo de niños de alrededor de 6 años a mi alrededor. Sus ojos me escrutaban con meticulosidad y rigurosidad médica. Parecían desconfiar de mí, talvez en sus genes guarden el terror que alguna vez sus antepasados padecieron por culpa de mis antepasados.
Me observaban porque no advertían que ya los había visto, en cuanto me incorporé salieron corriendo en direcciones opuestas, unos hasta tropezaron, y una aldeana que supongo sería su madre los regañó, luego me dedicó una mirada y una sonrisa que me calmó. Al por fin caer en cuenta que me había despertado y en serio estaba en la mitad de la jungla, mi cabeza dio giros buscando a mis compañeros pero estos al parecer ya se habían levantado algunas horas antes. Al salir de la choza los observé, sentados en pequeñas sillitas ornamentales hechas de madera, escuchando atentamente las palabras de un viejo aldeano traducidas al español por Juan. Jessica se encargaba de realizar las preguntas que Juan a su vez traducía al anciano, Ismael grababa y el director anotaba en una pequeña libreta las acotaciones que consideraba de mayor relevancia.
Me acerqué con la mayor cautela posible para no interferir en la entrevista, precisamente en ese momento el anciano, que al parecer era el líder de la aldea, les contaba que su anhelo era permanecer en la selva y un fungir como guardianes de esta. Comentaba que través de la tradición oral, es decir, aquellas enseñanzas que pasan de generación en generación por medio de la palabra, sabían que desde tiempos remotos habían sido considerados por las personas habitantes de las grandes ciudades de Brasil,  como personas menos inteligentes, y que por mucho tiempo esa creencia estuvo de alguna forma implícita en ellos, hasta que un buen día comprendieron que tan solo se trataba de una fachada que servía de excusa a los explotadores para conseguir de ellos trabajos por precios ínfimos, y aprovecharse de sus mujeres.
Llegar a la conversación justamente en el momento en que el líder del pueblo comentaba acerca de la explotación a causa de la discriminación fue sin lugar a dudas una revelación para mí. Como os había comentado antes, en mi época universitaria muchos espectros de conocimiento anteriormente ignorados por mí se me abrieron, como quien abre una ventada de una casa cerrada por muchos años para permitir que ingresen vientos de cambio. De no haber sido por la universidad nunca habría viajado hasta Brasil para hacer lo que me encontraba haciendo, y si alguien hubiere osado a decirme que yo haría esto me le hubiere reído en su cara. La única forma posible de yo haber realizado un viaje al país amazónico diferente a unas vacaciones en Rio de Janeiro hace unos años, sería a cubrir el futbol. Pero como dicen, por algo pasan las cosas. Uno de los tópicos que realmente me llamó la atención en mi época universitaria fue la discriminación, y ahora encontrarme en el pulmón del mundo escuchando la palabra de un aborigen de tradiciones ancestrales hablándome del tema, fue simplemente motivador.
Para los demás, era simplemente uno de los temas tocados por el anciano, pero a partir de entonces quería hacer de este, el eje central de toda la investigación, y así se lo propuse a mi equipo de trabajo. Aunque en un principio no lo tomaron a bien, pues tenían pensado enfocar el trabajo investigativo y fílmico en otros aspectos culturales etc. Logré a fin de cuentas convencerlos,  fue así como empezamos a entrevistar uno por uno a los aborígenes que se habían atrevido a sobrepasar las fronteras selváticas. Casi ninguno se salvó de una mirada de extrañeza en las ciudades. A fin de cuentas y al ver las pocas oportunidades que se les daban terminaban por regresar a sus aldeas.
No comprender el idioma, no saber leer y escribir, y no tener atenciones por parte del estado en materia de educación, salud, y vivienda, eran parte de la discriminación continuada. Al fin, cuando pensamos que ya habíamos realizado todas entrevistas, anotaciones y grabaciones posibles y nos disponíamos a preparar el retorno después de unos días de selva, alguien del grupo nos dijo: falto yo, era Juan.
Juan –nos contó- era de madre aborigen, y de padre no aborigen, su madre salió de la aldea en búsqueda de algo diferente, inspirada por el espíritu aventurero con el que la juventud impregna a ciertas personas arriesgadas. Su madre llegó muy jovencita a la capital del país, Brasilia. Después de unos días de trabajar de local comercial en restaurante, sin ningún tipo de estabilidad y recibiendo sueldos miserables, consiguió empleo al fin en una casa de gente acomodada. Su labor consistía en llevar a cabo las labores de una empleada doméstica. Allí conoció a Juan, el padre de nuestro interprete Juan.
Aunque al principio no se atrajeron, con el transcurrir de los días se convirtieron en amigos y eventualmente se enamoraron. Ambos tenían 16 años en aquel entonces. En alguna oportunidad la madre de Juan los descubrió despidiéndose con un beso en los labios, y por ello María –nombre de la madre de Juan- fue despedida. A pesar de esto María logró reponerse, e inmediatamente empezó la búsqueda de un nuevo trabajo. Fue entonces cuando conoció a Joao, quien la avisto en la calle buscando trabajo y siendo rechazada por su imagen y su “falta de educación”. Joao era el propietario de una incipiente posada que empezaba a ganar fama por atraer a bandadas de aves de todo tipo. Este cortésmente le ofreció el trabajo, advirtiéndole sin embargo que la posada se encontraba ubicada en Manaos.
María lo pensó. Por un lado Manaos era la ciudad que más cercana se encontraba a su aldea, y eventualmente se conseguiría con algún familiar y aunque, no tenía ninguna razón de peso, simplemente quería volar sola por cierto tiempo, hasta que sintiera la necesidad de volver a su nido. Por otra parte, devolverse a Manaos sería despedirse de su amor Juan. Le comentó sus inquietudes a Joao, quien se ofreció a trasladarla hasta la casa de sus antiguos patrones para  que se pudiera despedir de su enamorado.
Al llegar a la casa, Juan la advirtió acercándose, y bajando las escaleras lo más rápido que pudo, le dio el abrazo más largo en la historia de Brasil. Ella le comentó de sus intenciones, y el sin pensarlo dos veces buscó un bolso y echo en él cuanta ropa pudo, que por cierto no era mucha.
Dejando una pequeña nota de despedida pegada en la nevera de la cocina con un imán, agarró la mochila y partió junto a su amor María hacia Manaos. Allí lograron establecerse, ambos trabajando para Joao quien siempre los trato de la mejor manera, y estos pudieron retribuirle con trabajo bien hecho.
Al pasar de los años lograron iniciar un negocio próspero y lograron independizarse. Tuvieron a Juancito y lograron vivir una buena vida, hasta que un accidente dejó al niño huérfano, al cuidado de su padrino Joao, quien le ayudó a administrar el negocio hasta que creció y fue lo suficientemente responsable para llevarlo por su propia cuenta.
En ese momento, una lágrima rodó por la mejilla del pobre Juan, apesadumbrado por la remembranza. Caí en la cuenta de que aún me encontraba en plena selva, pues me encontraba tan abstraído por la historia de Juan que me sentí presente, como inmerso en su relato.
Lo había decidido, volvería a España y les hablaría a todos de la discriminación y del cómo ha afectado la vida de millones de personas desde tiempos remotos. Una vez en Brasilia, en el aeropuerto internacional y habiéndome despedido de tan agradables brasileños, les agradecí a los integrantes de mi equipo de trabajo, con quien a pesar de no haber forjado una entrañable amistad, desempeñamos un gran despliegue en equipo que nos logró alcanzar el objetivo.
El retorno
Un viernes, al cabo de unas dos semanas de haber llegado a España y recién concluida mi práctica de relajación semanal, una llamada me sorprendió a mitad de cena. Resulta que, durante todo el viaje me dispuse a escribir acerca de las experiencias vividas y claro, sobre el tema discriminatorio. Concluí el trabajo durante los vuelos de Brasil hacia España. Apenas llegue envié varias copias a agencias informativas, televisoras, radios etc. Quería contar esto, tenía la intención de que la gente supiera lo que sucedía. La llamada provenía de una televisora que había leído mi trabajo y se encontraba fascinada por el mismo, por lo que me pidieron que me trasladara lo más pronto posible a Madrid. No lo podía creer: estaba a punto de observar cómo se materializaba mi ilusión de transmitir a una gran audiencia la verdad. El interlocutor al otro lado del teléfono me dijo que se encontraban en la búsqueda de un joven con ímpetu para ser presentador de un programa de televisión de acontecimientos sociales, que lograra despertar el interés de la colectividad en temas prácticamente ignorados por la mayoría de las personas. Había dado en el clavo, me dije.
Me presenté pues ante las puertas del canal de estructura majestuosa, y reconocí unos cuantos rostros familiares que se suelen ver en la tv. En aquella época no existían teléfonos móviles ni las herramientas tecnológicas de hoy en día, por lo que sería la primera vez que los ejecutivos me verían el rostro y viceversa. Ingresé, tomé asiento en el lugar en que me dijeron debía esperar, y aguardé.
Ya me imaginaba contando la historia de María, la aborigen, discriminada por que la madre de su amado no aceptaba que mantuviesen una relación amorosa y despedida por ello. O las anécdotas del anciano que eran muchas, o las tantas otras comentadas por los diferentes habitantes. No sabía yo que estaba a punto de ser sujeto de discriminación.
Las horas transcurrieron y con ellas llegó la noche, y


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