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ELEGIR

Cuando elegimos solo pensamos en la puerta que estamos abriendo, obviando todas las demás que se están cerrando. (Anónimo)

Toda nuestra vida tomamos decisiones que nos llevan hacía un lado u otro.

De joven, nuestras elecciones no nos preocupan, ventilando sus consecuencias como parte de nuestro aprendizaje, de nuestra obligada experiencia.

Cuando llegamos a la madurez, que cada vez es más tardía, y hasta brilla por su ausencia en según qué casos, las elecciones pasan a ser una problemática a resolver, que no tiene siempre fácil solución. Pasamos más tiempo en pensarlo que en actuar. Algunos lo llaman sabiduría, otros, insensatez, pero la verdad es que, siendo conscientes de que el mundo ya no es blanco o negro, como pensábamos en nuestra juventud, todo el peso de las consecuencias nos amedranta y nos invita a la prudencia.

Eso solo para aquellos que han aprendido de sus errores porque, los demás, insisten en su ligereza a la hora de actuar, y transforman sus errores en horrores.

Hay tantos caminos para llegar a nuestros propósitos que tomar una decisión se transforma, a menudo, en decidir qué es lo mejor para uno mismo, o para los demás.

Uno de los casos más comunes sucede cuando debemos elegir entre el confort, de nuestra vida y la fidelidad a los demás.

¿Cuántas veces hemos sacrificado una relación por privilegiar otra más confortable o incluso supuestamente más legitima?

Los hombres somos capaces de revestir de justificación cualquier cosa que pueda confirmar nuestras decisiones. Y cuánto más, cuando podemos cubrirlas del atuendo de una coartada exculpatoria.

Desatender a un familiar, hijos, hermanos, padres, etc.., no tiene excusa.

Desatender a los demás tampoco la tiene.

Entonces ¿Qué pasa cuando la situación nos obliga a priorizar a uno u otro?

¿A quién, es más licito privilegiar?

Todos deben recibir la atención que necesitan, cuándo la necesitan. Siempre existe un momento para poder dedicarse a cada cual, con cariño y amor. Como Jesús lo hizo con todos nosotros. No se aceptan excusas.

La vida, a veces, nos ofrece desengaños para que aprendamos de ellos porque, no de encantos se nutre la experiencia, mas si de nuestros errores, tanto como de los ajenos que nos puedan afectar.

Todas las relaciones se cuidan, las carnales son indisolubles, pero no por ello exentas de nuestras malas elecciones. Por ello hay que atenderlas con cariño.

El resto, depende de la importancia que les demos, no de boca, sino con los hechos y los frutos de nuestras decisiones.

Las relaciones solo viven a través de sus implicados. Se nutren del agua de vida del amor reciproco, pero no regándolas cuando a uno le conviene, sino cuando el otro lo necesita. Si no se irrigan se marchitan y desaparecen. No solo son amor en sí, también y sobre todo son un contrato reciproco de amor. Su firma: la fidelidad, esa misma que no acepta compromisos porque es una obligación voluntaria.

En las buenas relaciones no existe jerarquía, las malas, ellas están repletas de categorías.

Seguir a Jesús nos obliga a decidirnos, a encaminarnos hacia una vida de santidad, o hacia una vida secular en este mundo. No hay medias tintas, estamos con Él o lo negamos. Es una relación que Jesús mismo cualifica de amistad y eso implica reciprocidad y compromiso a través de nuestros hechos.

El albedrío es un don que Dios da al mundo para que se separe el trigo de la paja, sus hijos del resto. Este don lo utilizamos constantemente con más o menos prudencia. Su buen uso nos edifica y su mal uso nos envilece y eso, muy a menudo, sin que nos demos cuenta.

A nosotros de saber elegir.

14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre. (Juan 15:14-15)

29 Aparta de mí el camino de la mentira, Y en tu misericordia concédeme tu ley. 30 Escogí el camino de la verdad; He puesto tus juicios delante de mí. (Salmo 119:29-30)

En efecto, si lo hiciera por mi propia voluntad, tendría recompensa; pero si lo hago por obligación, no hago más que cumplir la tarea que se me ha encomendado. (1 Corintios 9:17)

18 No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. 19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. 20 Así que, por sus frutos los conoceréis. (Mateo 7:18-20)


Que Dios os bendiga, Alfons
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