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PROTECCIÓN


No protege quien quiere, y menos quien cree que puede, solo aquel que sabe. (Anónimo) 

¿Quién no necesita protección? Como padres, cuando vemos nuestros hijos recién nacidos, el sentimiento de protegerlos nos fluye a borbotones. Porque la simple vista de nuestro bebé, su fragilidad, su exposición a todas las inclemencias de la vida lo hacen muy vulnerable. Su dependencia de Nosotros es total y el instinto maternal y/o paternal nos empuja a cuidarlo y mimarlo.

Luego crece y llega el momento de la guardería donde estará expuesto a todos los microbios, gérmenes y enfermedades que lo harán más fuerte. Sabemos que es necesario pero nuestro deseo de protección nos hace sufrir con ellos sus padecimientos.

Conforme continúa creciendo va despegándose más de nosotros, formándose su libre albedrío y experimentando con él. ¿Quién no se acuerda del tiempo del NO, cuando cualquier cosa que le pedíamos era contestada con un NO rotundo y seguro? Solía durar unos instantes pero en ese periodo se fomentaba el concepto de desobediencia innato que tenemos desde Adán y Eva. Estos son momentos donde se pone a contribución nuestra voluntad de protección porque si bien sabemos lo que les conviene no siempre marida con lo que quieren.

Llega la época de la adolescencia y se añade a todo lo anterior las inquietudes, sexuales, existenciales, materiales. De la misma forma que sofistican su independencia con la experimentación propia. Y cuanto más los advirtamos más se sentirán tentados. Esta es sin duda la época la más frustrante de nuestra capacidad de protección porque cualquier intento por parte nuestra es percibido como una invasión de sus prerrogativas. Tienen que equivocarse ellos porque la obediencia ya no es una calidad frente a la rebeldía de la juventud.

Hasta que un día se van de casa (casi todos) para formar su propio hogar, su propia familia y perpetuar la tradición humana. No dejamos por ello de querer protegerles y bien saben que nos tienen a su lado. Pero ahora les toca a ellos experimentar con el sentido de la responsabilidad paterno filial.

Para los padres el sentido del perdón suele ser infinito con sus hijos. No por ello suele ser siempre correspondido.

¿Todo esto que he estado describiendo y que, estoy seguro, más de uno/a se sentirá identificado, no lo estará experimentando Dios con nosotros?

Él nos cuida y nos protege. Se enfrenta a nuestras desobediencias, a nuestros desamores con Él. Nos da lo que necesitamos aunque no siempre sea lo que le pedimos. Su Gracia es la mayor prueba de amor que se puede concebir y Él nos la obsequia a pesar de nuestros comportamientos rebeldes.

Todos aquellos que hemos sido padres, o aquellos que lo seréis, tenemos muchas enseñanzas de Jesús en nuestras vivencias con nuestros hijos que nos permiten, si cogemos algo de perspectiva, entender un poquito de lo que nuestro Padre celestial experimenta con nosotros.

Aprendemos a agradecer las pruebas porque sabemos que todo obra para bien en las vidas de los hijos de Jehová. Buscamos serle obedientes, y, aunque sea un reto al límite de lo imposible para nosotros, nuestro deber es intentarlo constantemente. Entendemos por qué el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Porque como un niño intenta complacer a sus padres, nosotros intentamos complacerle a ÉL con el respeto y la consciencia de no estar a la altura.

No es necesario ser el más fuerte para gozar de protección, eso es de necios, porque siempre encontrarás alguien más poderoso que tú. Se trata de ponerse al amparo de nuestro Creador. Su Verdad nos hará libres y sus alas nos cobijarán para la eternidad. Él es el: YO SOY. ¿Quién contra Él?

Jehová te guardará de todo mal; El guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada Desde ahora y para siempre. (Salmo 121:7-8)
Que Dios os bendiga, Alfons
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