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Señor, soy indigno de cargar tu cruz

Mi buen Jesús. El otro día en la adoración semanal junto con mis hermanos de Emaús meditamos y rezamos el Via Crucis como preparación para la Semana Santa, y la verdad mi Señor es que fue un momento muy intenso poder con todos ellos revivir y acompañarte en tu doloroso camino hacia la Cruz. Y recordé entonces un Via Crucis muy muy especial que me ‘tocó’ en lo más profundo de mi corazón.

Fue en Medjugorje ¿recuerdas mi Señor? Seguro que sí. Ibamos un grupo de peregrinos subiendo el monte Križevac haciendo el camino de la cruz junto a ti y en cada una de las estaciones nos tocaba a uno de nosotros rezar y meditarla. Y tú mi Señor quisiste que me tocase hacerlo en la décima estación, justamente la décima: Jesús es despojado de sus vestiduras. Recuerdo empezar a leer la preciosa meditación del Padre Slavko Barbaric sobre esa escena y como de repente me puse a llorar desconsoladamente. Apenas podía seguir leyendo y mi corazón se encogía por la angustia… Era yo mismo el que sentía como si le estuvieran despojando de sus vestiduras ante ti, Rey de Reyes y todos los demás, y a la vez me sentía terriblemente avergonzado y humillado por mostrarme con todas mis debilidades y miserias ante ti, sin capas exteriores ni máscaras. No se como explicar lo que me sucedió, pero fue un momento clave que marcó un antes y un después en mi conversión. Pero ese es un dato muy íntimo que de momento prefiero que quede entre tu y yo, mi buen Jesús.

5ª estación – Relieve de Carmelo Puzzolo – Monte Krizevac (Medjugorje)

Lo curioso es que en el Via Crucis del otro día me sucedió algo similar. Esta vez fue al llegar a la quinta estación: Jesús es ayudado por Simón el Cirineo a llevar la cruz. Noté también algo en mi interior. Me sentí profundamente emocionado, para ser sincero debo decir que sin llegar a la intensidad de lo sentido en Medjugorje, pero que me volvió a ‘tocar’ especialmente el corazón ¿Por qué justamente en esta estación? Pues no lo se, pero si os puedo decir que estos últimos días he estado pensando sobre este precioso momento del Via Crucis y he intentado interpretar el porqué me ‘tocó’ tan especialmente. Hoy empiezo a tenerlo claro…

Qué terrible sufrimiento mi Señor. No dejo de pensar lo duro que debió ser cargar con aquella inmensa cruz de madera. Una cruz pesadísima, no solo por ser de madera sino por estar hecha también de mis propios pecados, por todos nuestros pecados. Me imagino tu cuerpo lacerado y lleno de terribles y dolorosas heridas, y tú mi Dios, soportando aquella cruz sin quejarte lo más mínimo aún estando al límite de tus fuerzas. Tú, todo un Dios, pasando por semejante humillación y soportando con entereza las burlas y las afrentas de un pueblo ciego y enloquecido. Tú, que libremente aceptaste tu dolorosa pasión por nuestros terribles pecados, allí estás solo, cargando con entereza con la cruz de nuestros pecados, nuestras miserias, nuestras faltas, debilidades, y encima te abucheamos, te insultamos, te escupimos… nadie sale en tu ayuda. Te caes, una y otra vez y nadie sale en tu ayuda, mi Señor. Y tú no te quejas… ¡Impresionante!

Me parece ver a tu santísima madre María observando tu sufrimiento entre la multitud que te increpa. Su dolor es inmenso, insoportable para una madre. Tus discípulos observan con profundo dolor tus dolorosos pasos pero no se atreven a intervenir para echarte una mano, prefieren pasar desapercibidos entre la turba… Ahí mismo me imagino yo mismo.

Pero en ese justo momento, cuando más extenuado estás y te fallan las fuerzas, los soldados que te escoltan camino del Golgota temiendo que por tus propias fuerzas no seas capaz de llegar hasta arriba y poder ejecutar tu injusta ejecución, eligen a un hombre que por allí pasaba obligándole a cargar con tu pesada cruz. Simón de Cirene, que así se llamaba, seguramente se vio obligado a aceptar de mala gana y a regañadientes la misión encomendada. No debía ser una misión de buen agrado el tener que ayudar a un condenado a muerte. Incluso debía considerarse muy indigno. Seguramente yo mismo hubiera actuado así. Pero Tú, en tu infinita bondad y misericordia, agradeces aquel gesto del buen Simón. Incluso me imagino como cruzáis vuestras miradas y, entre tanto dolor y sufrimiento atisbo en tu rostro mi Señor un gesto apenas apreciable pero que me atrevería a decir que es una leve sonrisa, y veo como los ojos del buen Simón se humedecen al reconocer que Tú no eres un condenado a muerte cualquiera, si no que eres el mismísimo Dios hecho hombre. La inicial mala gana del Cirineo se transforma en aquel momento en una bendita misión divina: poder servir al mismo Dios y aliviarle de la pesada cruz de nuestros pecados. Estoy convencido mi buen Jesús que su conversión en ese momento la recompensaste dándole una nueva dignidad y la vida eterna.

Mientras meditábamos esta estación del Via Crucis me di cuenta de mi terrible debilidad y de lo indigno que soy para ayudarte Señor a cargar la pesada cruz de nuestros pecados. Me vi a mi mismo intentando pasar desapercibido entre la turba para que los soldados no me obligasen a tener que ayudarte. Avergonzado me di cuenta que muchas veces me toca cargar con mi propia cruz, que es muy pequeñita y ligera comparada con la tuya, y no hago más que quejarme y culpar a los demás. Tú en cambio mi Señor nunca te quejas, y yo siempre. Qué injusto soy contigo tu que lo distes todo, incluso la vida por mi, en tu dolorosa pasión. Me gustaría Señor poder aligerar el peso de tu cruz evitando pecar una y otra vez. Me gustaría tanto Señor poder ser tu Simón de Cirene y ayudarte con una sonrisa a cargar tu cruz sin que me tengan que obligar a hacerlo de mala gana y a regañadientes. Ayúdame también Señor a aligerar las pesadas cargas de los demás como son la enfermedad, la soledad, el hambre y la injusticia, y a servirles con total disponibilidad y así ser luz y testigo de tu infinita bondad y misericordia.

¡Gracias Dios mío por ‘tocar’ una vez más mi corazón! ¡Gracias por tus caricias!


«¡Permíteme reconocerte Señor en cada hombre que sufre! Permíteme entender, que yo puedo recibir una bendición mayor a la de Simón, porque puedo ayudarte cada día a cargar Tu cruz». (Padre Slavko Barbaric)



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