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Relato erótico: “Pasión conyugal. Parte IV”

Finalizamos la saga de este relato erótico, que nos ha hecho llegar una seguidora de Pasionis. ¡Disfrutad de su lectura!

Sharon subió las escaleras lentamente, apoyando un brazo ligeramente en el pasamano y balanceando las caderas en una postura provocativa, con la completa seguridad de que Alex estaba admirando su cuerpo totalmente desnudo, la hermosa espalda y los glúteos bellamente formados, así como forma tan sensual con la que andaba y que dejaba entrever la sonrisa vertical de su sexo con cada nuevo paso. Sharon tenía una amplia sonrisa de satisfacción en el rostro, pues sentía cómo el corazón latía ansiosamente dentro del pecho, provocándole una sensación de felicidad tan intensa, que podría haber apagado la calefacción central de la casa y no hubiese tenido frío, pues su cuerpo aún hervía de deseo.

Abrió la puerta y encendió la luz, iluminando bien el cuarto. Miró en derredor pero no descubrió nada nuevo, hasta que se fijó en el techo y contempló la última excentricidad de su Marido. Fue entonces cuando escuchó los pasos de Alex acercándose y decidió hacerle sufrir un poco. Reguló la intensidad de la luz y se situó en medio de la habitación, de espaldas a la puerta, y con los brazos apoyados en las caderas, una pose que solía adoptar cuando estaba enojada.

Escuchó la suavidad de sus pasos y luego notó su presencia física detrás de ella, casi podía respirar la incertidumbre de su marido. La idea era maravillosa, ¡oh sí!, de eso no cabía duda. Cuando se giró y lo miró a la cara, supo exactamente en qué momento él comprendió que ella estaba encantada con su regalo, y que esa noche iba a ser muy larga.

– Te gusta, ¿verdad? –le susurró al oído mientras unía su cuerpo desnudo al de ella.

– Es una idea magnífica, y es lo bastante grande. ¿Lo has instalado tú solo?

– No es tan complicado –aseguró él con una sonrisa de orgullo- Lo compré hace dos días y lo escondí en mi oficina, porque quería darte una sorpresa. Esta tarde me lo han traído a casa y entonces lo he colocado –expresó él con la cara iluminada por el orgullo, y también por un deseo creciente de poseerla mientras contemplaba el reflejo de sus dos cuerpos entrelazados en aquel enorme y profundo espejo.

– Ven, vamos a probarlo –propuso él cogiéndole de la mano.

El cristal era redondo y enorme, una gigantesca circunferencia que mostraba toda la extensión de la cama matrimonial que estaba debajo, de tal forma que Sharon se deleitó en la erótica secuencia que estaba contemplando en la superficie del vidrio, en la expresión lujuriosa que tenía su marido, la forma tan deliciosa en la que se tensaban los músculos de su espalda cuando la abrazaba. Por su parte, Alex estaba viendo la misma escena, pero se fijaba sobre todo en su bella esposa, en el hermoso rostro que ahora estaba acunando entre sus manos, las suaves curvas de su cuerpo, y sobre todo cómo el deseo provocaba que se le arrugase la piel de los pezones.

Volvieron a besarse en la boca, y Alex se puso encima para que ella pudiese ver cómo arrancaba notas de placer en su cuerpo, era como si compusiese sobre ella la música del deseo, y los jadeos que ella lanzaba fueran la melodía resultante. El placer que sentía cada vez que hacía el amor con su marido se intensificó ahora al contemplar la danza de sus cuerpos hambrientos, perlados por una fina capa de sudor. Su mirada se clavó en su morena cabeza masculina cuando se hundió en su carne más sensible para succionarle la vulva, la fuerza con la que se agarraba a sus muslos y la intensidad con la que le daba placer una y otra vez, sin detenerse hasta que ella estalló en llamas, que siguieron ardiendo gracias a sus insistentes caricias húmedas. Cuando por fin el fuego se apagó, él se tumbó a su lado, con la vista fija en el espejo y con una sonrisa lujuriosa.

Sharon se sentó entre los viriles muslos y envolvió el miembro de su marido con una mano, comenzó a frotarlo mientras se lo metía en la boca. Él siempre cerraba los ojos en un momento como aquel, pero ahora alternaba la mirada entre la mujer de carne y hueso que le daba placer, y aquella otra imagen cimbreante del espejo que se movía rítmicamente, saboreando su erecta verga. Cuando notó que él estaba a punto de explotar apartó su mano y continuó lamiéndole juguetonamente el falo en toda su extensión, hasta que se volvió aún más largo y duro. Alex gruñía y gozaba, le acariciaba el pelo con ternura y también con urgencia, como si tuviese que esforzarse por no cogerle la cabeza entre las manos y hacer que ella se metiese de nuevo el miembro en su boca, y probablemente era eso lo que ocurría exactamente.

Álex gozaba con esos juegos de retrasar el momento, sabía que al final su placer sería el doble o el triple de lo que habría sentido, pero al mismo tiempo era una persona impaciente, que deseaba que ella terminase con su dulce sufrimiento. Sharon sabía todo esto, así que lamió dos veces más aquel imponente falo y por último degustó sus ya gruesas bolas, antes de volver a aprisionar su polla entre las manos y llevarlo hasta su clímax. La lechosa sustancia se desparramó entre sus finos dedos, y ella observó la cara de su marido mientras gozaba del orgasmo, con los ojos clavados en el espejo y la mandíbula tensa, hasta que sus rudos movimientos se acompasaron y ella se tumbó a su lado. Él siempre la abrazaba y le besaba en el pelo y en los labios, y esta vez la estrechó tan fuerte junto a su pecho, que ella felizmente comprendió que la noche aún no había terminado, y que aquel espejo se había integrado en la estimulante vida sexual matrimonial que ambos compartían.

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