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Relato erótico lésbico: “Casada, pero curiosa”

En solo unos meses Leire y Manuel se habían hecho muy amigos. Se habían conocido casi por casualidad, ya que ambos llevaban poco tiempo viviendo en la ciudad y no conocían a mucha gente todavía. Aunque quedaban con bastante frecuencia, aún Manuel no había tenido la oportunidad de presentarle a su mujer.

Por fin, pudieron ajustar agendas y quedaron los tres. Anna, que así se llamaba su esposa, era una mujer muy despierta. A Leire le encantó su desparpajo y estuvieron conversando durante toda la comida como si se conocieran de toda la vida. Casi se olvidaron de que Manuel también estaba ahí.

Un buen día, Leire recibió un mensaje inesperado de Anna. Su marido se había ido fuera por trabajo y volvía esa misma noche, por lo que estaba pensando en preparar una cena especial. Por supuesto, quería que ella viniera.

Sin saber muy bien por qué, se encaminó nerviosa hacia su casa. Compró un par de botellas de vino blanco y, cuando llegó, Anna la recibió en delantal. Estaba ya casi todo preparado y solo necesitaban esperar a que llegase, pero parecía que Manuel se retrasaba, así que decidieron abrir la primera botella.

Ambas están de pie, en la cocina y sostienen una copa de vino mientras ultiman los detalles de la cena. Anna trata de quitarse el delantal, pero parece que el nudo está demasiado fuerte. Le pide ayuda a Leire y esta toca su esbelta cintura. Encuentra cierta dificultad, así que se acerca un poco más. De repente, se percata que sus senos están rozando la espalda de aquella. Están tan próximas que siente sus pezones endurecerse, es una reacción inmediata. “Espero que no lo note”, piensa.

Le excita tenerla así, de espaldas a ella, con su fino cuerpo tan cerca del suyo. Intenta deshacer el nudo, pero no puede, de modo que le ayuda a quitarse el delantal por encima. Mientras tira de él, la camisa de Anna se levanta y deja a la vista su sujetador. Se miran y permanecen calladas. Cuando Anna trata de colocarse la camisa de nuevo, Leire la detiene y acaricia sus pechos. Están deseando besarse y nada las interrumpe salvo un mensaje en el móvil. Vuelven a mirarse y se leen el pensamiento. Anna coge su teléfono y lee en voz baja: “Cariño, he perdido el tren. Nos vemos mañana”.

Sabe que está mal, pero está demasiado caliente. Siente sus braguitas totalmente empapadas y pegadas a su sexo. Se deja llevar y unos instantes después está sobre la mesa con la lengua de Leire indagando en medio de sus piernas. Es una sensación tan distinta que, aunque tiene el clítoris a punto de caramelo, tira suavemente del pelo de aquella. Sabe que se aproxima al clímax, pero ahora quiere volver a saborear sus labios. Anna bebe un poco más de vino, necesita una pausa. Sus lenguas vuelven a encontrarse y a hacerse una. Se besan y vuelve a encenderse, más si cabe que antes. Su mano se hace un hueco entre las braguitas de Leire y comienza una sucesión de movimientos circulares. No para de masturbarla hasta que la respiración de aquella la delata.

Anna vuelve a abrirse de piernas dispuesta a recibir a la boquita traviesa de su compañera y, esta vez sí, a dejarse llevar hasta el dulce final que se aproxima.

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