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Medio siglo entre mesas

Es conocido como Menut, pero es un grande de la restauración de Palma. No en vano, lleva desde 1969 al frente del restaurante Mesón Los Rafaeles. El 3 de abril se cumplirán 50 años desde que firmó «muchas letras» para hacerse con el negocio. «Ya se llamaba Los Rafaeles y nunca pensé en cambiarle el nombre. Además, mi padre se llamaba Rafael, así que lo tomé como una señal», comenta en un reservado de este restaurante por el que ha pasado lo más granado de la sociedad mallorquina de los últimos diez lustros.

Si hubiera que definir a este personaje en dos palabras, porque Jaime Pizá es todo un personaje, serían trabajador y generoso. A sus 76 años continúa entrando en la cocina al alba para preparar los platos. «Cada dos días voy a mercado y si me traen algo que no me gusta lo devuelvo sin pensármelo. La calidad, ante todo, y cuando hay algún plato que no ha salido bien sufro mucho». Además de comer bien, la norma de la casa hace que Jaime, que deja la cocina para pasearse por las mesas durante el servicio, invite a una copa de champán o de licor a los comensales. «La mejor publicidad es el boca a boca y hay que tener al cliente contento».

En su vocabulario no está la palabra vacaciones. «Abrimos todos los meses del año de lunes a sábado y yo aprovecho el domingo para limpiar». Tampoco figura el vocablo jubilación. «A mis 76 años sigo siendo autónomo y estoy asegurado», explica con orgullo, e insta al periodista a que salga publicado. «Yo me moriré aquí, trabajando, que es lo único que sé hacer», sentencia.

Ocasiones no le han faltado para traspasar el negocio. «He recibido mil ofertas, pero nunca he tenido la menor tentación de dejarlo». Por contra, tampoco ha podido comprar el local situado en el Passeig Mallorca. «Pertenece a la familia de los constructores Llull Sastre y nunca me lo han querido vender».

Su padre y su abuelo eran pasteleros y él otorga a los dulces una gran importancia. «El cardenal me lo traen de Lloseta y el resto de tartas son de las mejores pastelerías de Palma».

No siente predilección por ningún tipo de comida, salvo por el picante. «Soy capaz de echarle quince guindillas a una tortillas. Me apasiona».

Afirma que sufrió más con la ley antitabaco que con la crisis de hace unos años. Pero su peor enemigo para el negocio es el fútbol. «Soy del Mallorca, del Baleares y simpatizante del Barça. Cuando hay un partido importante, no vengo a trabajar, a no ser haya una urgencia y entonces bajo. Total, vivo aquí al lado».

De entre todos sus clientes y amigos guarda un recuerdo muy especial para Pere A. Serra. «Él me hizo rico», asegura mientras se enjuga las lágrimas.



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