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Cristo Rey del universo, al que se honra en espíritu y en verdad





Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Para el día de hoy (22/11/20) 

Evangelio según San Mateo 25, 31-46




Las variaciones suceden de acuerdo a las circunstancias históricas y a las diferentes culturas y costumbres nacionales. Sin embargo, hay ciertas constantes que podemos entrever sin demasiadas dificultades en torno al soberano que rija los destinos de un pueblo determinado.


Están los adulones de siempre, los que se postran solamente en el gesto -aplaudidores incansables y seriales- que a menudo esconden la intención de obtener favores del rey. No hay mucho más que les interese en ese trueque encubierto.


No pueden faltar los cortesanos usuales, habitués de un grupo reducido que suele arracimarse en las cercanías del trono, y de ese modo hacen que el rey esté cada vez más lejos de su pueblo.


Otros se limitan a las ceremonias específicas y protocolos reales de momentos puntuales. Pero finalizadas las ocasiones solemnes, vuelven a sus existencias como si nada, y especialmente se dedican a olvidar la soberanía del Rey.


Pero muchos otros, a veces la mayoría del pueblo, no están en los primeros puestos y a veces no saben bien las cosas que deben decir en presencia de su rey, pero al rey lo respetan y veneran, y son de cumplir con los mandatos porque es su deber y porque así no van a andarse con problemas.


Los discípulos de Jesús de Nazareth actúan de manera similar a estos someros ejemplos. Pero más allá de proyectar en Cristo sus ansias y sus frustraciones, persistían obcecados en adjudicarle categorías enteramente mundanas al Reino que Él les revelaba, porque en esos esquemas escondían también sus ambiciones.


Pero Cristo es un rey muy extraño, que rehuye de palacios, pompas y ornas solemnes. El acontecimiento que cambia la historia de la humanidad, su nacimiento, acontece en un refugio de animales por castillo, y por trono los brazos de su Madre, rodeado de una paupérrima corte de pastores cuidadosa y expresamente elegidos.

Es un rey que no encaja en ningún molde, porque reniega del uso de la fuerza -siervo manso de sus hermanos y también de sus enemigos-, que no admite derramar ninguna otra sangre que no sea la propia, que es glorificado en el momento absoluto de la aparente derrota total de la crucifixión, asumiendo en sus hombros lastimados todas las muertes para que no haya más crucificados.


Es que el reino de este Rey no se encamina por canales razonables, lógicos. El dominio de este rey es humilde y pujante en el ámbito de los corazones, un reinado que no se impone, porque su esencia es el amor, y el amor no tiene nada de abstracto ni de ilusorio. Es bien concreto, sanguíneo y eterno a la vez.


Por eso a este rey se lo Honra en espíritu y en verdad en cada acción de misericordia, de compasión, de justicia, de solidaridad, soberanía de la esperanza que se crece entre hermanos, territorio definitivo del Resucitado.


Paz y Bien



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