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Malaventuranzas: senderos disipados, mundos sin hermano, sin Dios y sin destino
















Para el día de hoy (11/09/19): 

Evangelio según San Lucas 6, 20-26








En la montaña y en el llano. En los hogares y a la vera del camino. Con los enfermos y los excluidos. Parece que los lugares sagrados no se dejan atrapar tras los muros del Templo y de todos los templos, y que éstos florecen allí en donde se hace presente Jesús de Nazareth, Dios con nosotros, y que interpela al hombre, lo convida a cuestionarse lo que parece inalterable y definitivo, asumido con el alma en derrota.

La multitud es creciente, han venido de todas partes. En su inmensa mayoría se trata de mujeres, hombres y niños pobres a los que la cotidianeidad agobia de miseria, de gris desesperanza, de un presente horroroso sin futuro y con un pasado que quisieran no recordar.

La linealidad/literalidad es causa de todos los fundamentalismos -de cualquier religión-. De ese modo se pueden aceptar con resignación los dolores de este mundo, pues habrá recompensas postreras, post mortem. Pero también se corre el riesgo de cierto pobrismo erróneo, como si la pobreza no elegida -la que se impone, la que es resultado de la injusticia- deba aceptarse por ser más favorable a una interpretación evangélica en donde el Cristo de la cruz está ausente.

El pobre y el hambriento, el anegado de llanto, el perseguido por su fidelidad al Evangelio, todos viven en dos mundos, en un presente oscuro, inhumano, demoledor. Pero también en medio de esas sombras, contra toda lógica y en esos precisos momentos, el Reino florece en un aquí y un ahora que, en apariencia, parece incontrovertible. Reino de justicia y paz, de alegría, de mansedumbre, de plenitud, de vida gratamente compartida.

En cambio el rico, el que está conforme con lo que impera, el que se aferra no sólo a la comodidad material sino a una vida light sin compromiso y con un horizonte sin prójimo, tiene esa vida acotada a un sólo mundo finito, que se termina sin destino, significado, trascendencia ni justicia. Porque la justicia se enraiza primero en cada corazón.

Las Bienaventuranzas son una señal de auxilio en plena noche para nuestra gente y para todas las gentes.

Las malaventuranzas, esos ayes que tan a imprecación nos pueden sonar, son un grito salado de lágrimas para abandonar la existencia por senderos disipados, mundos sin hermano, sin Dios y sin destino.

Paz y Bien


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