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AUTOBIOGRAFIA DEL PADRE CASTILLO - XVI


XVI




Otros infinitos prodigios, milagros y maravillas ha obrado y está cada día haciendo esta soberana Señora y Madre de Desamparados y desvalidos en la ciudad de Valencia, de que se pudieran escribir muchos libros, pero por no pertenecer a aqueste lugar, por ser solo de apuntamientos, los callo y paso en silencio, remitiendo a los que quisieren verlos a los cartapacios y libros en que están .escritos e impresos. Solo digo que como en la ciudad de Valencia ampara esta soberana Señora y Reina a los cuerpos muertos, desamparados de la vida y amparo humano, al contrario, en Esta Ciudad de Lima ampara aquesta gran Madre de pobres desamparados de la vida y amparo humano, a las almas muertas por el pecado y desamparadas del verdadero amparo y vida de gracia, tocando y cogiéndoles con la azucena y el ramo que esta soberana Señora tiene en la mano, para que asegurando mediante los Sacramentos, de que tan gran frecuencia hay en su santa Capilla, la vida dichosa y feliz de la gracia, aseguren también la eterna gloria, que son los mayores milagros, como dice San Gregorio en el libro tercero de sus Diálogos (capítulo XVII); que es mayor milagro dar Dios vida a un alma muerta por el pecado que resucitar de la sepultura a un cuerpo muerto; porque en el uno resucita la carne, que otra vez ha de morir, y en lo otro el alma que ha de vivir para siempre; y afirma, con mucha razón que fué mayor milagro convertir Dios a San Pablo que resucitar a Lázaro, de cuatro días muerto y que olía mal en la sepultura.

De estos milagros ha hecho y hace cada día muchos en esta ciudad de Lima la Virgen Santíssima, con muchos muertos por el pecado y que han· dado mal olor en esta república con sus escándalos, de que ha habido y hay cada día muchos exemplos; porque con solo entrar en la Capilla de la Santíssima Virgen y ver aquella soberana Reyna y Señora, se han compungido y se han confesado muchos y procurado cambiar·de·vida, efectos todos, sin duda, del toque de aquel soberano ramo que esta celestial Señora tiene en la mano.

Pero, dejando aquestos y otros milagros que la Santíssima Virgen de los Desamparados ha hecho y hace en esta ciudad de Lima, quiero volver a atar el hilo otra vez, a fin de que aquestos apuntamientos e intento, que es·hacer memoria de las mercedes-y beneficios que la infinita misericordia de Dios me ha hecho por medio e intervención de su Santíssima Madre María, nuestra Señora, sin merecerlos, como iré apuntando, y ahora proseguiré, a honra y gloria de Dios, que es fin y blanco, como dije y propuse al principio, de todos aquestos apuntamientos.

Uno de los mas desamparados y desvalidos que ha habido. y hay en esta ciudad de Lima, y que está en mayores obligaciones a Dios y a su Sacratíssima madre de los Desamparados, soy yo, por lo mucho que me ha amparado siempre y favorecido, sin merecerlo, desde que tuve un mes solamente de edad, porque entonces quedé desamparado de Padre, con tres hermanos y una hermana que tuve; con este desamparo viví hasta los nueve o diez años de edad, en que· la VIrgen Santlssima me amparó dándome escuela doctrina y estudio, mediante la gran caridad y piedad del señor don Juan de Cabrera, Dean de-la Cathedral de aquesta ciudad;-y-Comisario de la Santa Cruzada, a quien algunos años serví, hasta que fuí a estudiar la gramática a la Compañía Santíssima de Jesús en donde fuí recibido depués por mi dicha, como ya apunté al principio: y entrándose dos hermanos míos también religiosos, el uno en Madrid, capuchino, y el otro religioso de San Francisco en esta ciudad de Lima, y el mayor de los dos clérigo, y la hermana que se casó, con que a todos los hermanos amparó Dios; y a mi me protegió su ivina Magestad amparándome no solamente en el siglo, amparándome de tantos peligros, sino también en la religión, en donde habiendo pasado por mortificaciones muy graves y de las mas sensibles que puede haber, jamás por la infinita misericordia de Dios tuve pensamiento ni ofrecimiento contra la vocación a la Religión.

            No tengo por menor beneficio y merced de Dios y amparo de la Santíssima Reina del Cielo, el haberme amparado siempre en los terribles tormentos y luchas que he padecido de los demonios, unas veces atormentándome el alma con terribles y agudos dolores, otras con gravíssimas tentaciones, representaciones y sugestiones de sensualidad y lascivia, en cuyas molestas y peligrosas batallas pasé muchas veces toda la noche; sin poder dormir ni reposar un instante, hasta que era hora de levantarme; otras veces con molestos y penosos escrúpulos, de que he padecido mucho, para los cuales no he hallado ni experimentado mejor remedio que la obediencia ciega y perfecta al parecer de los confesores, como lo he echado muy bien de ver y experimentado en las reglas, avisos y consejos que me dió escritos el santo y docto Padre Leonardo de Peñafiel, como mi confesor, mi Padre Espiritual y mi superior, que me ha parecido poner aquí como medio que Dios me dió, y la Sacratíssima Reina del cielo por medio de aqueste Siervo de Dios para no dejarme vencer de tan terribles, penosos y molestos combates, que casi me tenían ya rendido y vencido.


Reglas y avisos que me dió el santo y docto Padre Leonardo de Peñafiel, para la cura y remedio de los escrúpulos.


Entender y persuadirse primeramente el escrupuloso que lo es mucho, cotejando que esta enfermedad de ordinario se suele originar y causar de amor propio, y. que es necesario vencerlo y mortificarlo.

Para esto ha de entender lo tercero, que es voluntad de Dios que para salud y remedio de enfermedad tan dañosa obedezca ciega y perfectamente en todo a su padre espiritual.

Lo cuarto, entienda y advierta, que .su padre espiritual le ha mandado, cuando le ha dado cuenta de la conciencia, que de todo lo pasado, de lo presente y futuro, sin exceptuar cosa alguna por gravíssima que parezca, si no es que pueda cierta y seguramente jurar que mortal y gravíssimamente ha pecado, que de ninguna suerte haga caso.

Lo quinto, el no hacer caso consiste en hacer aquello que hiciera si no le hubiera ofrecido escrúpulo, no acordándose ni pensando un, instante en ello, ni afligiéndose, ni dando cuenta, ni consultándolo, ni aun con el mismo padre espiritual, no confesándolo sino comulgando y atropellando, porque, a la verdad, como dijo, muy bien un padre espiritual y docto, la paz y la quietud del escrupuloso no está en condescender en lo que sus escrúpulos le dictan y persuaden; sino en atropellar y romper con sus inútiles y vanos temores; y el que se sintiere preso de esta pesada cadena y afligido con enfermedad tan molesta, sepa que su total remedio consiste en no creerse así, sino a su médico espiritual, y que con humildad y obediencia se cura este achaque y enfermedad, no con dureza de juicio y poco rendimiento a su confesor, porque no quiere el demonio otra cosa sino toparse con uno de estos, poco obediente y rendido, porque a este tal con facilidad lo trae al retortero y le engaña, haciendo que adelgace tanto, que quiebre y caiga en alguna desesperación o tristeza desordenada, poniéndole terror a la virtud y acíbar y tedio en las cosas espirituales, siendo así que el espíritu de Dios es suave, dulce y amoroso, y no como los escrupulosos piensan, triste, desmayado, cobarde, etc. Y finalmente en guardar estas cinco reglas con una perfecta y ciega obediencia dará muy gran gusto a Dios, y disgusto quizá en lo contrario.

A la guarda y a la observancia de aquestas reglas y avisos que el gran Siervo de Dios y Padre espiritual de mi alma me dió, y a su rara prudencia y gran santidad, apacible y suave trato y conversación, reconozco que debo, después de Dios y de su Santíssima Madre, la paz y tranquilidad tan grande del alma de que comencé después a gozar, y las veces que se ha entibiado o faltado, juzgo y confieso que ha sido, sin duda, por falta de obediencia y ejecución en estas reglas y avisos. Esta falta de la obediencia a los avisos, consejos y órdenes de los confesores y superiores, aunque sea en cosas pequeñas, siente nuestro Señor, como lo he experimentado no pocas veces que no me he acostado de noche con la puntualidad y a la hora que me ha ordenado y mandado el superior o padre espiritual, porque aunque haya sido muy santa y buena la obra en que he estado de noche ocupado y entretenido, si no ha sido con licencia, o no me acuesto a la hora que el Padre espiritual o el Superior me ha mandado, luego suelo sentir al demonio cuando comienzo a dormir, atormentándome el alma con agudos y penetrantes dolores, o con otros terribles tormentos y tentaciones de que pudiera apuntar varios casos, pero baste aqueste moderno por todos.

A 22 de Abril de 1667 velé sin licencia del Superior o Padre espiritual hasta las doce de aquella noche, y apenas me había acostado y comenzado a trasportarme a dormir, cuando comenzé a sentir y experimentar unos agudos y extraordinarios terrores, afliciones y presuras de corazón: ·parecíame entonces que veía a un hermoso y bello mancebo, muy grave y magestuoso, que se presentaba a Dios y que mandaba al demonio que me ciñese los lomos con un cinto todo de hierro, lleno, sembrado y cuajado de agudas puntas de acero: la aflición, el sobresalto y el miedo que sintió mi alma en esta oca­sión no lo podré ponderar ni decir; sentí que mi alma se volvía al instante a Dios haciendo fervorosos actos de contrición y arrepentimiento de haber faltado a la voluntad de Dios, declarada y manifestada en la de Ia santa obediencia, y haciendo firmes propósitos de la enmienda, observé entonces y reparé en que estos actos de contrición eran muy intensos y verdaderos, con que aquel hermoso mancebo, que representaba entonces a Dios, mudó al instante el semblante de enojado, sañudo y bravo, en apacible, alegre y risueño y compasivo de ver mi alma humillada, afligida, contrita y arrepentida, con que mandó supender el hermoso mancebo entonces la ejecución del castigo.

No solo me ha amparado y favorecido, sin merecerlo, la Santíssima Reina del cielo en los muchos y penosos combates, luchas y tentaciones y molestias, de los demonios, sino alcanzándome y concediendo casi cuanto le he suplicado y pedido, no para mi solamente sino también para otros.

Un-caso apuntaré acerca de aqueste punto, por no dilatarme mucho: siendo hermano estudiante teólogo, en el Colegio de San Pablo de la Compañía, santíssima de Jesús en esta ciudad de Lima el Padre Juan Goicochea, se iba volviendo ético con la frecuencia y abundancia grande de sangre que solía echar por la boca, del pecho; vióse ya sin remedio ni medio humano en que poder esperar, determinó valerse de los divinos y del amparo Santíssimo de la gran Reina, Señora y madre de los Desamparados y desvalidos; yendo un día por la mañana a oir misa y a comulgar en su santa y devota Capilla, prometiendo juntamente a esta Madre y consoladora de los afligidos de decir allí su primera misa, si le alcanzaba y le concedía la mejoría, fué un día por la mañana, y pidióme que yo le dijese la misa y diese la comunión; di vuelta primero al torno, mostrando la hermosa y devota imagen de la Santíssima Virgen; salí luego a decir la misa, la cual apenas podía oír el enfermo sino estando sentado, según estaba de flaco y de consumido. Estando yo diciendo la misa me pareció que tenía yo al niño Jesús en mis brazos, sobre un riquísimo paño, como otras veces me ha sucedido en la misa, que yo se lo ofrecía a la Santíssima Virgen, no a la que estaba allí en el altar, sino a otra que allí se me representaba y sentía con un modo muy sutil y muy delicado, pidiendo a su Magestad Soberana que le alcanzase salud al enfermo, si convenía, por ser sujeto de prendas y que podía servir mucho a Dios en la Compañía, y que para obligar su Magestad le ofrecía aquel hermosíssimo y Santo niño, por cuyo amorosíssimo y Santíssimo corazón le suplicaba y rogaba me alcánzase y me concediese aquesta propuesta y suplica. No vi entonces con los ojos del cuerpo ni alma al hermosíssimo y Santo niño y a su Santíssillla Madre, pero experimenté y sentí entonces los efectos divinos de su presencia en el corazón y en el alma, con especiales y con justos júbilos y celestiales regalos, y con tán viva y tan clara certeza y fé, como si los ojos del cuerpo lo vieran y con una esperanza tan grande, que no daba lugar de dudar acerca del buen despacho y feliz suceso de aquella propuesta y súplica; y así se lo dije al enfermo, en acabando la misa, que prometiese decir la suya primera después en la Santa Capilla y retablo de la Santíssima Virgen; y que no dudase recibiría ·la mejoría y salud de su mano. Así fué, porque luego comenzó a mejorar y a recuperar la salud el enfermo, de suerte que pudo acabar sus estudios con un-Iucidísimo acto de toda la Teología, cumpliendo después su promesa, diciendo la misa primera en el Santuario y Capilla de la Virgen de los Desamparados Santíssima, día de su Visitación gloriosíssima, a 2 de Julio de 1666.

De este modo de visión intelectual, de sus circunstancias y efectos, trata muy acertada, clara y expresamente la Seráfica Teresa de Jesús, en el capítulo octavo de la sexta de sus moradas, en donde hallé comprobado, verificado y expreso todo lo que en esta ocasión y visión sentí y experimenté.




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