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AUTOBIOGRAFIA DEL PADRE CASTILLO - XVIII


XVIll



Compendio de algunas de las muchas y singulares mercedes y celestiales favores que hizo nuestro Señor al Apostólico Padre Antonio Ruiz de Montoya, las cuales supe de Su Reverencia  mismo en varias ocasiones en que estábamos hablando de Dios.


Díjome que, siendo de nueve años de edad, le puso nuestro Señor en la oración de unión y quietud, en la cual le hizo tan gran maestro Su Majestad, como se podrá echar de ver en el tratado de Sílex etc., que aqueste Siervo de Dios ejerció, de que acabo de hacer mención. Contóme el Padre Antonio Ruiz en una ocasión, que cuando siendo mozo hizo firmíssima resolución de mudar de vida y estado, y saldar sus quiebras, con penitencias muy rigurosas,y cada día más largas horas de atenta y devota oración, le había ayudado mucho al cumplimiento de estos santos propósitos y deseos lo que con el Padre Gonzalo Suárez, de la misma Compañía le sucedió.

Fue este Padre sujeto insigne, religioso espejo de perfección, muy gran maestro de espíritu, a quien entre otros muchos talentos y dones, como el Mismo Padre Antonio me dijo, había comunicado el Señor virtud muy especial de reducir a camino de salvación y guiar por él a los mozos más extraviados y divertidos; varón verdaderamente apostólico de quién varias veces me contó el mismo Padre Antonio, que el año 1644 le dijo tres o cuatro veces con unas mismas palabras Doña Luisa Melgarejo, señora bien conocida en Lima por su gran santidad y ejemplaríssima vida, que lo había visto en el cielo con otros muchos de la Compañía muy adelantado en gloria: "Víle, dijo, con aventajada gloria a los demás, estaba a nuestro modo de decir como un santo de oro, todo trasparente como el cristal", Con esto quedará más calificado el testimonio de dicho Padre Gonzalo Suárez.

El cual viendo que el dicho Padre Antonio, antes de entrar a la Compañia, acudía cada noche de cuaresma a la disciplina, estilo santo que se ha observado en el Colegio de San Pablo de la Compañía de Jesús con gran concurso de disciplinantes, tuvo interiores impulsos de hablarle; para este fin salió algunas veces a la portería en busca suya, topó felizmente con él y le dijo: sepa, hijo mío, que ha dos años que vivo con particular deseo de comunicarle; juzgó el Padre Antonio que sin duda se equivocaba el Padre Gonzalo en la persona, y maravillado le dijo: ¿a mí, Padre?; sí. Y para que entienda que le digo verdad, acuérdese que en tal calle el año pasado hizo tal acción; y refirióle algunas otras, que en los dos años antecedentes le había notado; y añadió, entienda que en todo este tiempo·he deseado verle, para decirle que Dios se quiere servir de su persona para algún negocio de grande importancia y servicio suyo, lo que le ruego es que nos veamos y hablemos frecuentemente. Otras cosas le dijo con tal cortesía y humildad, en que el Padre Gonzalo era eminente, que le cautivó la voluntad, y de allí adelante tuvo gran cuidado de ir en su buscar y pasar con él largas horas en santa conversación.

El día siguiente fué el Padre Antonio a oír misa en el convento de San Francisco, como solía los demás días en la capilla de la Puríssima Concepción; había olvidado el rosario y rezólo por los dedos; formó escrúpulo y pidió perdón por este tan leve descuido a la Reina del cielo; aquí oyó que la imagen de bulto que estaba en el altar le dijo: "no tengas pena que yo te daré presto rosario"; extrañó el favor, tanto más cuanto menos merecido lo tenía, y con esta profunda humildad y conocimiento de su bajeza, mereció un consuelo interior muy diferente de los pasados del mundo, al cual se siguió un vivo deseo de renunciar para siempre los vicios y hacer estrechísima -amistad con la virtud, particularmente con la castidad, cuya hermosura se le representó y quedó tan enamorado de ella, que quiso luego obligarse con voto a guardarla; pero temiendo su flaqueza, contentóse por entonces con propósitos firmes de conservarla ilesa lo restante de su vida, como la conservó con la ayuda del cielo.

Así mismo, al dulce son de aquellas palabras que la Santíssima Virgen le dijo, parece que se le infundió una cordial devoción al Santo Rosario, que contínuamente traía consigo, rezándole con mucha frecuencia, y sus cuentas le servían de balas contra el demonio, que nunca le dejaba de hacer guerra, revocándole a la imaginación los divertimientos de la vida pasada y. persuadiéndole que no podía vivir sin ellos.

Este mismo día, por la tarde, fué a la Compañía a verse con el Padre Gonzalo, que lo recibió con la cara de risa y con estas palabras en la boca: "sepa señor Antonio Ruiz, que hoy me ha dado un Padre un rosario muy lindo, así como lo recibí se lo dediqué a Vuesa Merced, tómelo y sea muy devoto de la Santíssima Virgen". Recibiólo con acción de gracias, y dijo que aquella misma mañana le había prometido la misma Virgen aquel rosario, y que le había cumplido fidelíssimamente su palabra, y le contó lo que le había sucedido, de lo cual el Padre recibió grande consuelo. Este gran favor de la Virgen Santíssima me contó el mismo Padre Antonio Ruiz, acompañándole yo una tarde al convento de San Francisco, donde acabando de hacer oración en la iglesia, preguntó por la santa imagen de la Santíssima Virgen que le hizo aquel favor, la cual dijo solía estar en la capilla de la Puríssima Concepción de la Sacratíssima Virgen, pero dijéronle estaba al presente en el convento de Nuestra Señora de Guadalupe.

Habiéndo el Padre Antonio determinado antes el entrar en la Compañía de entrar en el Seminario de San Martín, dió luego cuenta de su deliberación a su querido Padre Gonzalo Suárez, que se alegró mucho de ver la eficacia que había dado Dios a sus razones, y cumplídole los deseos que tuvo de ver a Antonio en el Seminario de San Martín, con que dió por cierta su entrada en la Compañia.

Exhortólo a que hiciese los exercicios de Nuestro Padre San Ignacio medio tan eficaz para hacer mella en pechos de bronce, cuanto cada día experimenta el mundo en milagrosas conversiones de los hombres más divertidos; puso luego en execución el consejo de su maestro, en una celda del Colegio de San Pablo de la misma Compañía: como el mismo Padre Antonio Ruiz me contó, comenzó sus exercicios a 20 de Mayo del año del Señor de 1605; en los quatro primeros días, aunque trabajaba mucho en recojer los sentidos y quietar el ánimo para la atención, eran tantas las distracciones que padecía de su veloz pensamiento, que hallaba la puerta cerrada para el trato con Dios; no podía formar composición del lugar, que es la que tiene presa la imaginación, ni sosegar en pie, ni de rodillas, ni sentado, ni en otra postura alguna no hallaba la deseada y necesaria quietud; cuanto más fuerza hacía para recojer las potencias, tanto más se le derramaban impacientes de ver en apremio su libertad. Al quinto día serenó el cielo, quietóse aquel alterado golfo y comenzó la bonanza con una visión misteriosa, en que se vió acariciado y favorecido del Señor con la elección que de él hizo para soldado de su santa Compañía.

Hallóse de repente en esta ocasión como en otra región extraña y tan apartado y lejos de sí, como si no fuera él, sintiéndose con ansiosos deseos de orar, libre de pensamiento, claro el entendimiento, bien afectada la voluntad y con asomos de algún consuelo. Aquí le mostraron un campo muy dilatado, poblado de muchos gentiles, y algunos hombres que con las armas en las manos corrían tras ellos, y dándoles alcance les daban de palos, les maltrataban y herían y cautivando a muchos delIos los ponían en grandes trabajos; vió juntamente unos varones más resplandecientes que el sol, que aunque con vestiduras más blancas que la nieve conoció ser religiosos de la Compañía de Jesús, no por el color del hábito, sino por cierta inteligencia que ilustró su entendimiento. Aquellos varones procuraban con todo conato arredrar a los que parecían demonios en traje de hombres, y todo hacía una viva representación del juicio final, como comunmente lo pintan; a los ángeles defendiendo las almas para conducirlas al cielo, y al demonio ofendiéndolas para llevarlas al infierno; vió que los de la Compañía hacían oficio de ángeles, y con esta vista se encendió en ardiente deseo de verse compañero de oficio tan honroso; siguióse luego el ver a Cristo Nuestro Señor que bajaba de lo alto con una ropa rozagante a modo de manteo arrojado por debajo del brazo sobre sus hombros, y llegándole el rostro a la llaga del costado le puso a boca sobre ella: donde por buen rato bebió de un suavíssimo licor que de ella salía, deleitando el gusto y el afecto sobre todo lo imaginable.

Aquí entendió que Cristo Jesús, único regalo de las almas que se unen por amor con su Majestad, lo escogía para la provincia del Paraguay donde hay gran número de naciones gentiles, que sólo esperaban las dichosas nuevas de las bodas del cordero, imprimiéndole en su alma un ardiente deseo de emplearse todo en su conversión.
Afirmó muchas veces que fué tan divina la suavidad que sintió, que habiendo durado este regalo más de una hora, le pareció había pasado en un punto; trocósele aquí el despego y desamor que tenía a la Compañía en entrañable y tierno amor, cobrando grande estima de su Santo iinstituto, y con ansias de pedir lo recibiesen en ella.



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