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De respirar bajo el agua.

De las muchas cosas que descubrí en terapia, quizá la más impactante fue que no sé Respirar. Sí, así como lo leen. Según mi terapeuta, en cuanto me enfrento a cualquier situación preocupante o dolorosa en cualquier nivel, mi cerebro decide dejar de respirar acompasadamente, y en lugar de pasar al jadeo o a cualquier otra alteración, decide poner la respiración en stand by por unos pocos nanosegundos. "Ps ni que fuera tan importante"… piensa mi cerebro...

Descubrirme medio zombie a ratos fue algo bastante sorprendente, porque obviamente en cuanto racionalicé este proceso, comencé a notarlo inmediatamente. En cuanto me siento preocupada o cualquier símil, es como si la energía se concentrara en la situación y no en mí. Hoy que ya lo tengo claro y en cuanto siento que algo está faltando, vuelvo a lo que la terapeuta llamó "posición de arraigo" y eso me lleva de a poco a recuperar mi propia respiración, secuestrada momentáneamente por un malviaje. Dicha posición no es más que, con las piernas separadas y las rodillas un poco flexionadas, jalar aire por la nariz y soltarlo por la boca varias veces. Back to basics, vaya.

Pues sucede que desde hace algunas semanas decidí empezar a nadar, y resulta que la respiración juega un papel tremendo en las artes de cruzar una alberca de un lado al otro. La primera semana, hiperventilé desde la cuarta brazada, lamentable. Para la segunda ya lograba dos vueltas seguidas y hoy por hoy puedo nadar casi una hora sin tener que ser rescatada. Es decir, mi respiración mal lograda se las ha ingeniado para bracear con la cabeza sumergida durante varios segundos. Me imagino que mi "peculiaridad" ha sido de gran ayuda. 

Generalmente, quienes inician en esto de la nadada, opinan que aguantar la respiración es quizá la parte más complicada. En mi caso parece ser al revés, y ha servido para recordarme que es necesario volver a respirar, porque aguantar la respiración es lo que hago normalmente. No saben la cantidad de metáforas que podría sacar de este último párrafo.

Eso de sumergir los pensamientos ha resultado ser un ejercicio de introspección maravilloso. Mientras vas nadando lo único que escuchas es tu cuerpo avanzando por el agua, así, sin respirar, y entonces me imagino que ese es el proceso que mi cuerpo sigue cada que decide auto-boicotearme y prácticamente robarme el aliento. 

Así que meterme al agua me ha ayudado a entenderme un poco más desde adentro. Así que la próxima vez que vengan los nanosegundos, podré imaginarme bajo el agua y volver a sacar la cabeza para respirar de nuevo.





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