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Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Sexta parte)

De adolescente asistí por varios años al estudio bíblico de un familiar mío. Por mucho tiempo él me mentoreó y vivo agradecido por ello. Aunque él iba a una iglesia de las Asambleas de Dios y yo a otra, solía pasarme a recoger en su auto para ir a estudiar la Palabra con otros jóvenes que discipulaba. Las reuniones eran sencillas, pero muy especiales. Cantábamos (a veces él tocaba la guitarra), orábamos y estudiábamos la Escritura. Al final siempre había algo que comer y confraternizábamos unos con otros.

En una ocasión, mientras adorábamos a Dios, detuvo la reunión y dijo: “Noel, yo siento que el Señor ha puesto en ti una palabra especial para Fulano de Tal y me gustaría que se la dieras”. Yo estaba orando con los ojos cerrados y, de repente, me vi sorprendido por su petición. Ahora yo lo veía a él con los ojos abiertos como platos. Vamos, yo siempre he creído en los dones del Espíritu, pero ¿yo profetizar? ¡Por favor! Pero insistió: “Noel, hay algo que Dios ha puesto en tu corazón que deberías de decirle a Fulano de Tal”. Me alarmé. Rápidamente cerré los ojos y como quien busca en un archivero, comencé a abrir gavetas tras gavetas adentro mío para ver si hallaba eso que —según él— Dios había depositado y que yo debía entregar a alguien. ¡No encontré nada! Pero como él insistía, dije lo primero que se me vino a la mente: “Yo creo que el Señor quiere decirte que cantes de su gran amor, que te goces en su salvación. La vida eterna vive en tu corazón y Él quiere que le cantes de su gran amor. Cuando escuches su voz será una revolución y un escándalo mayor llegará cuando sepas de su perdón”. Y terminé. Cerré los ojos y de inmediato sentí cómo la sangre irrigaba los vasos capilares de mi cara poniéndome color tomate. Supongo que nadie lo notó porque seguimos orando unos minutos más. Eso sí, ese día tomé una decisión: “Si alguna vez llego a liderar un grupo de estudio bíblico, ¡jamás voy a hacer eso que me acaban de obligar a hacer!”.

Tú te estarás preguntando: «¿y cómo es que recuerdas las palabras exactas que dijiste? Ah, lo que pasa es que yo llevaba varios días escuchando la canción De tu gran amor, que en ese entonces interpretó Marcos Witt y que aparece en el álbum A una voz de la agrupación Torre Fuerte. ¿La conoces? Si vas y las escuchas verás que simplemente personalicé los versos y eso fue lo que “profeticé”. ¡Sí, dale! ¡Te doy permiso de que te rías! Pero ¿qué otra opción tenía? ¡Vamos! ¡Alguien me dijo que Dios le había dicho que yo tenía que decir algo! ¡O seaaa!!! Te soy sincero, cada vez que vuelvo a escuchar la canción, me acuerdo del incidente y me río un poco. Yo sé que ese líder tuvo una buena intención y lo hizo creyendo que Dios lo dirigía a hacer eso, pero ni modo, hoy ya te revelé el secreto de qué “profetizar” cuando te presionen a profetizar. ¡Préstale una letra al cantante del momento y personalízala!  

¡Ya! Hablemos en serio. ¿Qué realmente debí haber hecho esa vez? Decir con honestidad: “¡Lo siento! Pero no, no veo que tenga una palabra en mi corazón para Fulano de Tal”. ¡Y asunto arreglado! Pero yo era inexperto, además de que no quise contradecir al líder del grupo delante de todos.

Eso sí, la vez que sí profeticé —si es que se puede decir que lo hice—, fue a finales de los 90´s en mi entonces iglesia. A esa altura yo ya era uno de los directores de adoración principales de la congregación que, en esa época, rondaba los 2,500 miembros. El asunto es que cada año celebrábamos semanas especiales, entre ellas la Semana de misiones, la Semana de la familia, la Semana del Espíritu Santo, etc. En estas se traía algún predicador invitado y la iglesia se reunía de miércoles a domingo para hablar exclusivamente de esos temas. Resulta que en una semana del Espíritu Santo invitamos al pastor Raúl Vargas de la Iglesia Oasis de Esperanza (Costa Rica) para disertar todas las noches. Realmente había mucha expectativa por su visita ya que hasta aquí se oía del avivamiento que estaba experimentando su iglesia. No solo a nivel de la alabanza, sino durante los servicios y cómo estaba creciendo numéricamente la congregación.

El primer día de la Semana del Espíritu Santo transcurrió según lo planeado: oración inicial, tiempo de cantos, recoger la ofrenda y la predicación que estaría a cargo del pastor Raúl Vargas. Francamente, fue hace tanto tiempo que no recuerdo de qué predicó, pero sí que leyó un par de pasajes de Hechos, los explicó y también relató algunos testimonios de lo que estaba pasando en Oasis. Cuando finalizó, pidió que el grupo de alabanza pasara, tomé el micrófono principal y, ¡no sé!, lo único que te puedo decir es que cuando Raúl Vargas comenzó a orar la atmósfera cambió. Fue como si el aire se electrizara y todo el auditorio comenzó a orar efusivamente y en voz alta. Fue una cosa muy especial. No se manipuló, no se presionó, simplemente todos comenzamos a sentir un fervor por orar y adorar al Señor de forma apasionada. A todo esto, mi hermano menor estaba tocando el piano, todos orábamos con efervescencia y de repente —no sé ni cómo describirlo—, fue como respirar una bocanada de aire con aroma a melodía hacia mi interior. Era como una fragancia musical que invadió mi olfato y mis pulmones a la vez que mi hermano seguía tocando unos acordes que simplemente puedo describir como “exquisitos”. En eso, una voz en mi mente me dijo: “¡Quiero que cantes eso!”. Y yo: “¿Quééé???”. Una brevísima letra y una melodía emergieron de adentro de mí y me asusté. De repente la voz me volvió a decir: “¡Quiero que cantes eso!”. Pero yo no hacía caso. Empecé a luchar dentro de mi cabeza con obedecer o no y en un instante sentí que si no obedecía en ese momento, mi hermano iba a cambiar de progresión musical y perdería la melodía. Así que me acerqué rápidamente al micrófono y comencé a cantar: “Yo te dije que lo haría, yo te dije que lo iba a hacer”.

La melodía era dulce y muy hermosa. Repetí las palabras y la melodía dos veces más y ya no pude más. Comencé a llorar profusamente, me arrodillé de inmediato y seguí adorando al Señor. Después de que finalizó el servicio —obvio, una hora después de lo programado—, mis amigos me dijeron que cuando yo canté eso, los coristas cayeron al piso. Y un par de días después, la hija del pastor principal, me contó que en dos ocasiones le habían dado una palabra profética muy sencilla a su papá que decía: “¡Ya te dije lo que voy a hacer!”, refiriéndose a la petición por la cual él había venido orando por meses de que la iglesia experimentara una visitación especial del Espíritu Santo. Por eso, cuando yo canté esa breve melodía, el pastor sintió que Dios le estaba confirmando lo que ya le habían dicho antes.

¿Tengo el don de profecía? No —que yo sepa. Lo que quiero ilustrar con estas dos anécdotas es que así como hay quienes fuerzan los dones del Espíritu, hay quienes creemos que deben darse de forma natural y sin manipulaciones. Lo que muchos no saben es que dentro de las iglesias pentecostales —principalmente aquellas que le dan mucho énfasis al tema de la alabanza y adoración—, puede existir presión hacia los integrantes del ministerio de alabanza para que profeticen. ¿Sabías eso? Sí, hay pasajes bíblicos que muestran la íntima relación entre la música y la profecía; sin embargo, que eso sea así no significa que se deba presionar a los cantantes a que lo hagan. Principalmente si… 1) No han sido instruidos bíblicamente en el tema de los dones del Espíritu y 2) Nadie los ha orientado sobre cómo dar sus primeros pininos.

Lamentablemente, me he enterado de casos donde la presión es tal sobre los directores de adoración que se frustran y hasta les han hecho creer que si no profetizan todo cuanto hagan sobre la plataforma no sirve de nada. ¿Te imaginas ese tipo de presión? ¿Comprendes la carga que están poniendo sobre ellos? Peor aún, ciertas iglesias de corte profético aseguran que si un ministerio de adoración no profetiza, la alabanza estuvo seca, muerta y sin fluir del Espíritu. ¡Por eso, cuando ves a ciertos directores de adoración ministrar en congresos, conciertos o vía Youtube, siempre de los siempre´s se ponen a profetizar! No hay culto que no lo hagan. ¿Te has fijado en ese fenómeno? En parte, lo hacen porque se sienten obligados a hacerlo y porque para ellos ese es el parámetro de que Dios realmente los usó o que Dios los sigue usando. Pero, ¿siempre deberían de profetizar? No. Pero como provienen de iglesias que los formaron de ese modo, ahora ya sabes a qué se debe su excesivo énfasis.

Yo creo que más que presionar a los integrantes de un ministerio de alabanza a que profeticen, se les debe motivar a obedecer el mandamiento de Efesios 5:18-20 que dice:

Y no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con vuestro corazón al Señor; dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre.

Este pasaje dice que cuando un creyente es lleno del Espíritu Santo —“continuamente lleno”, deja entrever el griego—, esa llenura de manifestará en: 1) Salmos, himnos y cantos espirituales, 2) Cantar y alabar al Señor con el corazón y 3) Dar siempre gracias por todo al Padre en el nombre de Jesús. ¿De qué nos habla esto? Que la llenura del Espíritu Santo aviva la gratitud y la adoración que le ofrecemos al Señor en privado y —en el caso de los integrantes de equipos de alabanza— que le ofrecen al Señor cuando dirige en adoración a su congregación. Si a partir de allí fluirán o no en un don de profecía, eso dependerá más del Espíritu Santo que de ellos mismos. Eso sí, quien procure obedecer el mandamiento de “sed llenos del Espíritu”, debe hacerlo porque desea una relación más profunda y fresca con Dios, no para exhibir un don profético producto de la presión de su liderazgo.

Continuará…



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