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La agridulce Palabra de Dios

Hace unos días tuve una conversación con un amigo, sí, producto de la serie Julio Melgar, la enfermedad y las voces de sanidad que me ha ocupado estas últimas semanas. Aunque al inicio la conversación fue muy cordial, de repente cambió de matiz y prácticamente me acusó de haber hecho mal por hablar del tema. Después que me dio la palabra traté de explicarle mis motivaciones y al final de cuentas no sé si me creyó. El asunto es que esa conversación me dejó un tanto triste. Es un amigo que aprecio mucho y a mis emociones les hubiera gustado sentir un poco más de empatía.

Con ese sentimiento en el alma seguí mis actividades diarias hasta que en la noche, antes de acostarme, me puse a leer la lectura bíblica que me tocaba: Apocalipsis capítulo 10. A medida que iba leyendo sentí que el Señor me habló a través de su Palabra. Por favor, lee conmigo esta porción:

Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. Tenía en su mano un librito abierto… La voz que oí del cielo habló otra vez conmigo, y dijo: Ve y toma el librito que está abierto en la mano del ángel que está en pie sobre el mar y sobre la tierra. Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito. Y él me dijo: Toma, y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel. Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre. Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”. Apocalipsis 10:1-2, 8-11.

A medida que iba leyendo sentí que el Señor me decía al corazón:

“Noel, predicar y enseñar a otros la Escritura produce un sabor dulce en el paladar. Tú lo sabes, mi Palabra es más dulce que la miel. Es un deleite, es placentera y es emocionante proclamarla. Sin embargo, el ministerio de la predicación también produce amargura en el interior. ¡Como Juan comiendo el librito! En su boca le supo dulce, pero en su estómago le supo amargo. Esta amargura es el rechazo que experimentan quienes proclaman fielmente la verdad”.

No sabes lo especial que fue para mí leer este texto y sentir que Dios me decía eso a través esta porción. Fue muy clarificador para mi mente y emociones, además de que me consoló después de lo que me había pasado con mi amigo. Pero ¿sabes qué? A mí no me gusta perder amigos por deporte ni tampoco disfruto que me acusen de malo cuando he hecho algo bueno, así que esa noche fue como experimentar una palmadita en la espalda de mi alma de parte del Señor. Dios fue muy generoso conmigo al otorgarme esos pensamientos que, por lo menos yo, suelo olvidar porque en el fondo me gustaría caerle bien a todos. Y es que si te pones a pensar, quienes sienten un inmenso deseo por predicar la Palabra lo disfrutan como ninguna otra cosa. El deleite que les produce exponer a otros los pensamientos de Dios es una de las cosas más gratificantes que hay. Claro, si realmente sabes que el Señor te ha llamado a esta obra. El asunto es que no todo en esta extraordinaria labor es dulzor y delicia, también el ministerio de la predicación tiene su lado agrio. Esto es lo que yo llamo: la agridulce Palabra de Dios.

Si tú estás comprometido con predicar la verdad, te van a rechazar. No porque les hables ásperamente, porque les grites en la cara o porque los agarres a bibliazos. No, me refiero a que la proclamación de la verdad producirá que te rechacen, que juzguen equivocadamente tus intenciones y hasta te abandonen por considerarte demasiado radical.

Volvamos al caso que me ha ocupado en las últimas semanas: el proceso que atravesó Julio Melgar. Mientras yo estaba motivando a través de redes sociales a que leyeran la serie, un ex-músico de Julio comentó ácidamente debajo de uno de mis posts. Él quizá cree que yo no vi su comentario, pero si tú hubieras leído lo que puso hubieras sentido la punzada. Me acusaba de ser irrespetuoso y de querer usar el nombre de su “amadísimo Julio Melgar” — escribió él — para mi beneficio. Francamente, yo no estaba conectado a Internet cuando él comentó, fue un amigo que me avisó de dicho comentario y me recomendó que lo revisara. Cuando lo leí… ¡wow!… sentí la estocada. Él estaba furioso por algo que yo había escrito y que no le pareció. Cuando terminé de leer su comentario, me propuse escribir con mucho tacto para que mi respuesta no levantara más chispas. Tardé unos 10 minutos en redactar un pequeño párrafo y cuando di “enviar”, Facebook no me dejó. ¡El músico había borrado el comentario!

De inmediato me cayó una notificación en Facebook de alguien que me había etiquetado en una publicación y me dirigí a leerlo. Era el mismo músico que ahora cuestionaba mis motivaciones detrás de mi escrito, pero ahora desde su propio muro. Él tomó parte de lo que ya había comentado en el mío (y que borró) y le preguntaba a sus contactos si yo no había irrespetado la memoria de Julio Melgar. Obvio que la pregunta era tendenciosa y los primeros comentarios que leí me tiraban piedras. De allí ya no quise seguir leyendo para guardar mi corazón. El asunto es que su post estuvo en Facebook bastantes minutos hasta que un par de horas después, dos amigos —uno de El Salvador y otro de Guatemala — me escribieron para contarme que el músico había borrado el post. ¿El motivo? No lo sé. Supongo que alguien le dijo que lo quitara o simplemente su conciencia le advirtió que lo hiciera. Eso sí, si este músico está leyendo esta entrada, le digo de todo mi corazón que jamás fue mi intención ofender la memoria de Julio Melgar ni vulnerar tu sensibilidad. Al contrario, mi aprecio y respeto por ti siguen intactos y ni se diga por quienes sufrieron más intensamente la pérdida de Julio.

Mi punto es que hablar del caso de Julio Melgar me ha acarreado rechazos, ataques y comentarios punzantes. ¿La razón? Haber dicho la verdad sobre un proceso que, si bien fue ejemplar en cuanto a acompañamiento presencial, respaldo de oración y apoyo económico, no lo fue en cuanto a confesiones, declaraciones y promesas de sanidad hacia un enfermo terminal.

Alguien me podría preguntar: “si tú hubieras sabido que algunos se iban a disgustar y que te iban a censurar por decir la verdad, ¿hubieras publicado la serie?”, yo le respondería con un rotundo: ¡sí! ¡Sí lo hubiera publicado! ¿Por qué? Porque sé que hay un precio que pagar, además de que todo cuanto escribí lo hice fundamentado en la verdad de la Palabra y con una correcta intención. ¿Y sabes? La serie Julio Melgar, la enfermedad y las voces de sanidad fue revisada previamente por un grupo de amigos pastores y teólogos maduros que leyeron el manuscrito total de forma anticipada. Fue hasta después de haber recibido su aval que me sugirieron publicarlo tres semanas después de la muerte de Julio, no antes. Cosa que hice tal cual ellos me aconsejaron.

¿Me gusta que me rechacen? No, no me gusta. ¿Me gusta que me critiquen? Tampoco. ¿Me gusta que hablen mal de mí? ¡Menos! ¿Me gusta que malinterpreten mis intenciones? ¡Para nada! ¿Me gusta que me censuren? ¡Peor! A nadie le gusta experimentar todo eso. ¿Cómo entonces he sabido sobre llevar ese rechazo de algunos que me siguen en mis redes sociales y de amigos que hasta ese entonces eran cercanos? Ah, porque esto es una cuestión de llamado. En este caso, el llamado de denunciar una doctrina equivocada que salió a relucir a través del dolorosísimo proceso de un cantante muy querido. La cuestión es que no creas que este llamado es solo para mí. Tú también estás llamando a predicar la verdad de la Palabra de Dios. No solo tus pastores o predicadores favoritos, ¡tú también estás llamado a proclamar la verdad! Pero debes saber algo: esta labor te sabrá dulce a tu paladar, te causará grandes sensaciones en las fisuras de tus labios y un dulzor en tu cavidad bucal incomparable; sin embargo, también experimentarás dolor en la boca del estómago, pesar dentro de tus entrañas y agruras por culpa de la incomprensión.

¿Estás dispuesto a comer el librito que le dieron a Juan? ¿Estás dispuesto a soportar el amargor interior? ¿Estás dispuesto a sufrir por ser fiel a la verdad? Entonces “es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (Apocalipsis 10:11).

Noel Navas.



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