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Covid-19 y abuso de cocaína

Avanza la agobiante mañana en el Hospital Clínico de San Carlos, en Madrid. Los Pacientes se amontonan en los pasillos de la Planta Baja, totalmente saturados de infectados por la pandemia. Un dantesco espectáculo de camas que se une a innumerables personas, apoltronadas, de mala manera, en sillas que momentáneamente sirven para poder atenderlos. Fiebre alta y dificultad respiratoria, son los elementos predominantes de esta horrorosa escena. Los sonidos del dolor, de la angustia, de la espantosa zozobra respiratoria, son el denominador común de este siniestro lugar.

Solos, sin el calor de ningún familiar cercano, se van apilando, tarjeta de la seguridad social en mano, cada vez más pacientes en la confianza de que podremos ayudarlos.

Nuestro incesante ir y venir, incrementa la angustia de los que esperan a ser atendidos. Sus manos se alargan, a nuestro paso, en el vano intento de pedir ayuda, sujetándonos de las batas, y mirándonos a los ojos, suplicando una atención que no alcanzamos a darles. El agobio se ve marcadamente en sus rostros desencajados. Pero, aunque queramos, no podemos pararnos, Tenemos que seleccionar aquellos casos que nos parezcan, a ojo, los mas graves, como hicieron nuestros padres en época de guerra. Decidir, quién vive y quien muere, a ojo, por intuición, hija predilecta de la experiencia´.¡ Tanta tecnología, para terminar haciendo esto!

Soy Médico, neumólogo, de 63 años años, soy el Jefe de Servicio, con treinta y cinco años de experiencia y he vuelto a primera línea de batalla,. Aquí estoy, como cuando empezaba mi vida profesional, otra vez me veo en urgencias.

El personal recorre, a toda prisa, los interminables pasillos, repletos de enfermos, angustia, dolor tristeza y desesperación…¡Jamás, en toda mi vida profesional, había asistido a tanta desesperación en forma colectiva!.

Recuerdo que cuando nuestros antiguos maestros nos hablaban de las epidemias y sus consecuencias, nosotros escuchábamos atentos aquellas épicas historias, y finalmente, pensábamos en nuestra prepotente ignorancia juvenil, que eran historias del pasado. Que hoy, con toda nuestras máquinas y pruebas, esas cosas nunca volverían a pasar.

Abrumado por la escena, alcancé a ver, entre la angustiada multitud, lo que parecía un hombre joven, detrás de una mascarilla, que embozaba parcamente su rostro. Su dificultad respiratoria, sobresalía, con mucho, del resto de los pacientes que le rodeaban, su desesperación se hacía mas que evidente, y se hacía notar, de forma singular, entre el resto de los desconsolados enfermos que le rodeaban.

Me acerqué, y cogiendo su trémula mano, intenté tranquilizarlo, prometiéndole, una rápida intervención. Él, dentro de su inmensa zozobra, me miró esperanzado. Un coro, de voces cercanas, de pacientes que me escucharon, suplicó al unísono, la misma atención inmediata. Todos los pelos de cuerpo se me erizaron, y un relámpago de ansiedad recorrió todo mi cuerpo. Había tenido que decidir. Sentí clavarse en mi alma la mirada de los desafortunados compañeros de viaje del muchacho, suplicando el mismo trato. Había tenido que decidir, no tenía más remedio.

Inmediatamente ordené su traslado a la UCI. Tuvo “suerte”; en ese momento, había fallecido otro paciente en la Unidad. El tiempo justo de cambiar las sabanas, cambiar casi todo el equipo de respiración asistida para su inmediata desinfección.

Llegó agonizante, procedimos a la conexión del electrocardiógrafo y le instalamos en un dedo el pulsómetro, que rápidamente nos indicó una severísima bradicardia, con una alarmante saturación de oxigeno del 56%.

Di orden inmediata para proceder a la intubación y conexión al respirador mecánico que ya habían conseguido traer.

Al cabo de un rato comprobamos nuevamente su saturación de oxígeno, y aunque había mejorado algo, todavía se encontraba en valores de máximo riesgo.

Procedí a instaurar la medicación, que en esta corta pero intensa experiencia, hablamos adquirido: bolos de corticoides y anticoagulantes. El Covid-19, había demostrado su capacidad para formas trombos e incluso para terminar con la vida del paciente mediante un proceso de Coagulación Intravascular Diseminada (CID). Síndrome que consiste en la formación de pequeños trombos diseminados por todo el organismo, lo que consigue agotar los factores de coagulación, y provoca, final y paradójicamente, hemorragias por la disminución en la cantidad de estos pegamentos biológicos. Una catástrofe más, que produce este maldito virus, y que agrava enormemente el curso de esta enfermedad.

A la mañana, siguiente, nuestro joven amigo, de 24 años y de nombre Javier, no había mejorado lo que esperábamos; su saturación de oxígeno se mantenía muy baja, y la fiebre seguía siendo demasiado alta. No habíamos tenido la oportunidad de hacer una buena historia clínica de sus antecedentes médicos, él no tenía fuerzas para hablar y ahora menos, estaba entubado.

Di orden inmediata para que se me facilitara el teléfono de contacto de los familiares mas cercanos. Llamé y una angustiada mujer me contestó, entre lágrimas, que se trataba de su único hijo. La intenté calmar y le pedí que contestara a mis preguntas lo mas minuciosamente posible. Una historia clínica indirecta; una forma no muy ortodoxa de conseguir información, ya que nadie sabe realmente, mas que le propio interesado, cuales son sus verdaderas costumbres. Le pedí, concreción y minuciosidad, no podíamos perder el tiempo, el chico se encontraba muy mal y además yo tenía muchos mas pacientes que atender, no solo a él. Era así de terrible, no podía perder el tiempo en consolarla, dándole explicaciones demasiado precisas, como era mi costumbre, porque el tiempo apremiaba.

La madre, finalmente, se calmó y contestó lo mas precisamente que pudo. Terminada la historia clínica, resultó totalmente anodina: chico joven, no muy buen estudiante, que no había padecido, ni padecía, ninguna enfermedad que justificara tan gravísimos síntomas. En nuestra cortísima experiencia con este virus, sí habíamos visto que los jóvenes de su edad no enfermaban de forma grave fácilmente, y los que lo hacían, siempre tenían enfermedades previas: Enfermedades Cardiovasculares, inmunodeficiencias de todo tipo, diabetes, asma, enfermedades autoinmunes, por ejemplo. En nuestro caso, nada, una historia clínica totalmente normal; un joven previamente sano y deportista.

Mientras atendía otros casos, no podía quitarme de la cabeza a mi joven amigo. ¿Qué le pasaba, por qué no respondía al tratamiento?.

Estaba enfrascado en ese pensamiento, cuando sonaron todas las alarmas de su box. Un enjambre de personal de UCI corrió, literalmente, hasta su lado, y una angustiante voz resonó en todo el habitáculo. ¡Está en parada!, ¡carro de parada!, ¡carro de parada!. Una enfermera se apresuró a llevarlo, y se le practicó de inmediato el procedimiento. A la primera descarga, nada. La segunda tampoco tuvo éxito; todos nos miramos angustiados. Milagrosamente, a la tercera su joven corazón decidió arrancar. Un suspiro de alivio recorrió todos nuestros cuerpos.

Pasado el tremendo susto, procedimos a su estabilización y poco después recomenzamos las tareas con el resto de los asustadísimos pacientes.

Reanudamos nuestra rutina, ganas de llamarle rutina, cuando, se me acercó uno de los improvisados médicos del equipo. Un hombre, con gafas redondas, mas o menos de mi edad, entre sesenta y sesenta y cinco años, que se había apuntado de voluntario, y dirigiéndose a mi, me dijo; Dr., yo conozco a ese muchacho.

Una luz de esperanza, se abrió ante mí, alguien que podría proporcionarme algún dato que pudiera explicar la gravedad de aquel chico y así poderle ayudar.

  • Yo lo atendí en mí consulta hace unos meses: No lo había reconocido hasta ahora. Se presentó acompañado de su padre, separado de su madre cuando él aún era pequeño, para empezar tratamiento por abuso de Cocaína y Alcohol. No aceptó finalmente ser tratado de su adicción por nosotros, y me consta, por su padre, que tampoco empezó en ningún otro centro.
  • Creo que el estado previo de sus pulmones, debido a la acción del uso de cocaína de forma crónica, podría, en mi humilde opinión, tener mucho que ver, en la mala respuesta al tratamiento.

Le pregunté, según su experiencia, qué podría estar pasando. Me Contó, que el uso crónico de cocaína, es especialmente tóxico para el pulmón, además de provocar graves problemas cardiovasculares a medio y largo plazo.

Especialmente, en el pulmón, el paciente desarrolla lesiones en el parenquima pulmonar, esto es, en los alveolos pulmonares, donde produce daño alveolar difuso, bronquiolitis obliterante, consecuencia, como sabes, me dijo, de la acción tóxica de la droga. Seguramente, parte de las lesiones observadas, en la radiografía del pulmón del muchacho, ya estaban presentes antes de que contrajera el coronavirus, y es casi seguro que el virus ha “aprovechado” esas lesiones previas parra conseguir una mejor puerta de entrada y agravar enormemente la infección.

Mi compañero, me dio todo género de detalles y también me recomendó la lectura de algunos casos clínicos de muchísimo interés. Aquella noche me empollé toda la documentación que mi colega me había facilitado. Aprendí mucho sobre la neumonía por cocaína y como en las imágenes de las radiografías se observaban típicas áreas de consolidación, propias de la neumonía por otras causas.

Cabía esperar, que la especial gravedad, de nuestro común paciente, pudiera estar relacionada con su abuso de la cocaína.

¿Pero qué hacer?, nos enfrentábamos a algo nuevo, ¿ cómo tratarlo?

Buscando exhaustivamente, la literatura publicada, otros caso de adictos a la cocaína y neumonía vírica, no encontramos gran cosa.

Hablé, de nuevo, con mi colega, especialista en adicciones, y entre los dos diseñamos un tratamiento de prueba, cuyo resultado, como toda novedad, era muy incierto. Pero aquél muchacho, claramente se moría. ¡ No teníamos nada que perder, y sí mucho que ganar!

Aumentamos la dosis de corticoides. Mi amigo me indicó, que parte del cuadro de ansiedad que presentaba el chico, podría deberse al síndrome de abstinencia que sufren estos pacientes adictos cuando no tienen acceso a la droga que necesitan.

Lo sedamos totalmente, a pesar de la dificultad respiratoria, y aumentamos el oxígeno a la máxima potencia.

Ya, solo teníamos que esperar: Mi colega y yo estamos expectantes, todo el tiempo que nos permitía el resto del agobiante trabajo con los otros pacientes.

El día siguiente fue dramático; su saturación de oxígeno había empeorado. Nos miramos y los dos decidimos continuar un día más. El único dato a nuestro favor era que la fiebre había remitido. Teníamos que seguir, lo intuíamos.

Pasado el trago, llego el segundo día. Con gran alegría, vimos cómo su saturación había mejorado bastante, dentro de la gravedad. Eso nos tranquilizó, aunque sabíamos que no podíamos lanzar las campanas al vuelo.

Los siguientes días pareció estabilizarse, no mejoraba, pero, por suerte, tampoco empeoraba.

Paso así dos semanas, sin fiebre, con la saturación de oxígeno mejorando progresivamente, ¡y la gran alegría!: su placa de tórax había mejorado claramente.

La cuarta semana, comenzamos a bajar los corticoides cuidadosamente, ya había recibido una altísima dosis.

La semana siguiente decidimos bajar también la sedación, observando que ya no presentaba ninguna ansiedad. Decidimos quitarle la respiración asistida, y con gran alegría, comprobamos que respiraba con total normalidad, manteniendo la presión de oxígeno.

Por primera vez pude hablar con él. Llamé a mi colega, y el le explicó qué todos los daños pulmonares crónicos que tenia por ser consumidor de cocaína, habían abierto la puerta al virus, permitiéndole actuar con especial agresividad.

El muchacho, muy contento, nos expresó su enorme agradecimiento y le prometió a mi compañero ponerse sin falta, inmediatamente en tratamiento, para salir definitivamente de su adicción.

¡Por fin llego la hora del alta!. ¡Habíamos conseguido vencer!



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