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Homo Deus. Breve historia del mañana de Yuval Noah Harari en tres minutos (2)

1. Minuto 1

«Cuando nos disponemos a evaluar las redes de cooperación humana, todo depende de la vara de medir y del punto de vista que adoptemos. El Egipto de los faraones, ¿lo juzgamos en términos de producción, de nutrición o quizá de armonía social? ¿Nos centramos en la aristocracia, los campesinos humildes, o los cerdos? [...] Al examinar la historia de cualquier red humana es recomendable detenerse de cuando en cuando y considerar las cosas desde la perspectiva de alguna entidad real. ¿Cómo sabemos si una entidad es real? Muy sencillo. Bastará con que nos preguntemos: «¿Puede sufrir?» […] Cuando olvidamos que son pura ficción, perdemos el contacto con la realidad. Entonces iniciamos guerras enteras «para ganar mucho dinero para la empresa» o «para proteger el interés nacional». Empresas, dinero y naciones existen únicamente en nuestra imaginación. Los inventamos para que nos sirvieran, ¿cómo es que ahora nos encontramos sacrificando nuestra vida a su servicio» (p, 160-164).

La teoría de la evolución --no la de la relatividad, como algunos científicos creen-- fue la primera en resquebrajar el edificio humanista de Occidente: esta teoría rechaza que mi yo verdadero sea una esencia indivisible, inmutable y potencialmente eterna, al contrario, defiende que todas las entidades biológicas están compuestas de partes más pequeñas y simples que se combinan y se separan sin cesar. Los seres humanos son el resultado de un desarrollo gradual de esa combinación y división entre partes y, en virtud de esa premisa, nos negamos a aceptar que algo que no puede dividirse ni cambiarse (el alma humana) pueda ser el fruto fortuito de la selección natural. Esta idea aterra a un gran número de personas, que prefieren rechazar sin más la teoría de la evolución en su totalidad antes que renunciar a su alma (pp. 98-105). A su favor juega el hecho de que la política y la ética modernas se sustentan en esta premisa humanista del alma como sede de la ética y fuente de experiencias subjetivas; en contra tienen al gremio de científicos, que reman en dirección opuesta.

«De la misma manera que la brecha entre la religión y la ciencia es menor de lo que solemos pensar, la brecha entre la religión y la espiritualidad es mucho mayor. La religión es un pacto, mientras que la espiritualidad es un viaje […] El objetivo de las religiones es cimentar el orden mundano, mientras que el de la espiritualidad es escapar de él. Con mucha frecuencia, la demanda más importante que se hace a los viajeros espirituales es que pongan en duda las creencias y las convenciones de las religiones […] Desde una perspectiva histórica, el viaje espiritual siempre resulta trágico, porque es una senda solitaria adecuada para individuos y no para sociedades enteras. La cooperación humana requiere respuestas firmes y no solo preguntas, y los que se enfurecen contra las estructuras religiosas anquilosadas acaban forjando nuevas estructuras en su lugar […] La ciencia no tiene autoridad ni capacidad para refutar o corroborar los juicios éticos que emiten las religiones. Pero los científicos sí tienen mucho que decir acerca de sus afirmaciones fácticas» (p. 166-175).

De ese pacto entre Religión y Ciencia surgió el Humanismo, que en realidad es una combinación entre un juicio ético y otro de origen religioso --«La vida Humana es sagrada»-- que la ciencia es incapaz de poner a prueba y de la que se derivaría, a su vez, una declaración fáctica: «Todo humano posee un alma eterna», que es una proposición que sí está abierta al debate científico. Pero mientras los sistemas políticos y morales duraban siglos gracias al predominio de la religión, el Humanismo llegó para ponerlo todo patas arriba y convenció a los humanos de que el caos es preferible al orden, que la avaricia es una virtud que se materializa en el crecimiento y que se vive mejor si desmantelamos los milenarios y sagrados frenos a la codicia. Como consecuencia, ahora los sistemas éticos y políticos apenas sobreviven a la generación que los parió. El Humanismo prometió un poder sin precedentes, y esa promesa se ha materializado; a cambio, se espera de nosotros que desistamos a otorgar un significado trascendente --ya no sagrado-- a la existencia. Parece una profecía apocalíptica, pero lo cierto es que hoy en día la humanidad no solo es mucho más poderosa que nunca, sino más pacífica y cooperativa (pp. 201-203).

El Humanismo ha impedido que en un mundo sin Dios nos sintiéramos desamparados, despistados y deprimidos, sustituyendo los planes cósmicos de las religiones por experiencias individuales generadoras de sentido último (aunque no tengan vigencia más allá de una semana): en lugar de sistemas ajenos que nos digan qué sentir y esperar, debemos fiarnos de nuestros propios deseos y sentimientos. La premisa básica del Humanismo es: «Si hace que te sientas bien, hazlo». Las pasiones y los sentimientos ya no se consideran vulgares o fugaces, sino la expresión instintiva de nuestra verdad más íntima (también la que más nos conviene en cada momento). Una visión desde nuestros sentimientos sobre cualquier cosa --la moral, la guerra, los Derechos Humanos, la política-- son la autoridad suprema a la hora de determinar nuestros actos y respuestas, pero también la naturaleza de las ficciones intersubjetivas que utilizamos en el día a día. Tras imponerse en todo Occidente, el Humanismo estableció que cada ser humano es un individuo único con una voz interior distintiva y una serie de experiencias irrepetibles. Y esto se aplica a todos los órdenes de la vida: en política significa que el votante siempre sabe lo que le conviene; en arte que la belleza está en los ojos del espectador (Hume dixit) y en economía que el cliente siempre tiene la razón. Las decisiones libres de votantes, consumidores y clientes nos proporcionan todo el sentido que necesitamos para funcionar. Es así y es muy complicado argumentar en contra...

Sin embargo, la ciencia socava la principal fuente de legitimidad de los sentimientos individuales --su inviolabilidad e infalibilidad-- haciéndolos depender de reacciones en cadena de procesos bioquímicos. Y con eso desaparece nuestra noción de libre albedrío, de rasero válido para dotar de sentido al mundo y de verdad a nuestras decisiones. Cuando los accidentes aleatorios se combinan con procesos deterministas obtenemos resultados probabilistas, lo cual equivale a decir que no tenemos libertad para elegir ni decidir. Esa simple idea resquebraja de arriba abajo el edificio del Humanismo, nos confirma que no es una ideología eterna --como tampoco lo eran las religiones-- y que otro paradigma vendrá a sustituirlo. Ni nuestros sentimientos dan sentido al mundo ni decidimos a partir de una libertad individual inexpugnable. Resulta entonces que el Yo humanista es un relato intersubjetivo de la misma naturaleza falible que Dios, el Capitalismo, el Arte o la Política...


(continuará)


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