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¿Y si lo más innovador en educación fuera no innovar?

Estos últimos días estoy viendo un gran escaparatismo en las redes de la nueva moda educativa del Escape Room. Ya si eso hablamos en otro momento en qué consiste esa adaptación de lo que sucede en películas tipo Saw o Cube al aula. Lo importante es plantearse la necesidad de volver al tocino y dejar la velocidad para otros. De volver a los clásicos, de dejar de Innovar a golpe de mercado o destellos brillantes que se le ocurre a alguien. Quizás lo más innovador en pleno siglo XXI sea no innovar. Lo sé, es contradictorio pero, al igual que la innovación es contradictoria per se, también lo es la no innovación. Toda reforma tiene su contrarreforma. Y tan válida es una cosa como la otra si los motivos que impelen cualquiera de las dos opciones tiene que ver con la mejora. No hablo sólo de mejora educativa porque, quizás, todo va más allá de lo anterior.

Fuente: Fotolia CC

¿Y si para mejorar las habilidades de lectoescritura debemos volver a las lecturas diarias en el aula, a la medición de velocidades lectoras y a un aumento de las pruebas de comprensión lectora? ¿Por qué en lugar de buscar una app que nos solucione el problema no volvemos a lo que les funcionaba a muchos maestros? No es moderno decir lo anterior pero… a pintar uno disfruta y aprende más pringándose con témperas que haciendo diseños con el iPad. Bueno, eso hasta que les introducimos de forma subrepticiamente la necesidad de estar pegados a una pantalla. ¿Es malo usar pantallas para el aprendizaje? Claro que no. El problema es dotarlas de una falsa necesidad y ver si realmente no estamos perdiendo el tiempo haciendo ciertas Cosas que, al final, pueden hacerse a mano de manera mucho más sencilla. La innovación de los pequeños detalles. La innovación como respuesta a un mal concepto de innovación que nos llevan vendiendo demasiado tiempo.

Dar clase ya es innovador. Tener a determinados alumnos delante obliga a innovar. Es igual la herramienta, lo importante es que aprendan, disfruten y, al final, consigan asimilar alguna de esas cosas con las que les bombardeamos a lo largo de los años. A pesar de que algunos hablen de educación bulímica, la verdad es que algo se les queda. A mí, por ejemplo, con un Conector conseguí aprenderme las capitales mundiales. Echando un Trivial con amigos, uno se sociabiliza y aprende muchas cosas de cultura general. Claro que es bueno saber de cultura general. No todos los aprendizajes deben tener su utilidad productiva. Con lo bonito que es poder saber cosas. O, simplemente, saber encontrarlas por si en algún momento las necesitamos. Y para eso no nos sirve Google. Para eso nos sirve la búsqueda que podemos hacer en el medio que, en cada momento, consideremos más oportuno. No hace falta acudir al móvil o al ordenador. Podemos acudir a nuestros compañeros de aula, de trabajo, de fatigas o, simplemente a aquellos familiares a los que deberíamos escuchar más cuendo nos cuentan sus “batallitas”. Cuánto echo de menos lo que me contaban mis abuelos. Cuánto aprendí de cosas que me contaban.

A lo mejor no se trata de blogs, vídeos, robótica, gamificación basada en videojuegos o escape room. Quizás sea todo mucho más sencillo que lo anterior. Innovar lo hacemos a diario. Y, en ocasiones, la mejor innovación es aquella que permite, sin ningún tipo de problema, aislarla de elementos externos. No lo tengo claro pero estoy convencido de que un iPad puede ser tan innovador como una tiza o una simple exposición oral. Quizás es que me estoy plagando de contradicciones. A lo mejor es que la innovación educativa no existe y conviene dejar de hablar del concepto para empezar a hablar de otra cosa. Por suerte, hay vida más allá del discurso.



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