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Alguien tiene que dar clase

Desde hace un tiempo algunos están postulando por crear un cuerpo de directores profesionales cuya única función sea la de gestionar el centro educativo en el cual ejerzan esa función. Una medida que, por cierto, algunos docentes de Aula están también defendiendo porque así, presumiblemente, aumentarían las posibilidades de largarse del aula y dejar de Dar Clase. No, no es una cuestión banal. Hay muchos que, por determinados motivos, deciden libremente huir del aula. Sí, cada vez son más los que quieren ser inspectores, asesores o, simplemente, tener un espacio mediático en el que poder ganarse la vida alejado de las aulas. Una decisión que se toma libremente pero que tiene muchas implicaciones. La primera de ellas y, quizás la más importante, es dejar la hipocresía a un lado para decir claramente que a uno no le gusta dar clase y por ello decide salir del aula. No vale vender milongas acerca de lo vocacional que es uno y lo que le gustan los chavales cuando, a la primera de cambio, uno opta por dedicarse a tareas más burocráticas o, simplemente, a dar charlas ante auditorios de ex compañeros por ser mucho más gratificante para ellos lo anterior.

Fuente: http://mate1britanico.webnode.es

El problema fundamental del asunto es que alguien tiene que dar clase. Si todo el mundo huye de las aulas para sentirse realizado o vender lo bueno que es dar clase una vez has huido permanentemente de ellas o intentas hacerlo, ¿quién va a quedar en las aulas? Son cada vez más los docentes que huyen y quieren huir de ellas -curiosamente, aplaudidos por las orejas en sus magnas disertaciones por parte de quienes siguen estando en ellas- para sentirse realizados. No, no es malo tomar esa decisión pero, por favor, que no nos vengan después esos que se han fugado a disertar acerca de estrategias de aula o hablen de las maravillas que supone dar clase. Que a alguien no le guste dar clase y justifique su alejamiento bajo la necesidad de ayudar a sus compañeros o, simplemente, mejorar el sistema educativo, no se lo cree nadie. Uno se larga, simple y llanamente, porque los alumnos le importan una mierda. O por ello o, en caso de inspección educativa, tener ganas de cambiar las aulas por la burocracia y la sensación de poder que supone pertenecer a ese cuerpo. No, no hay ningún inspector al que le guste dar clase. Si les gustara no se habrían largado del aula porque la diferencia salarial no es tanta como para ser determinante. Lo mismo con los asesores que llevan más de una década fuera de ella asesorando a docentes o gestionando la formación de los mismos que no quieren volver a pisar el aula (sí, ya llevar una década fuera indica muchas cosas y, especialmente, las ganas de perpetuarse en esos despachos gestionando cuestiones muy alejadas del día a día de las aulas), con los liberados sindicales a perpetuidad (algunos llevan más de veinte años) y, cómo no, con aquellos que se dedican a escribir libros sobre pedagogía, dan charlas o, simplemente, se montan un chiringuito para vender sus remedios magistrales que usaron en el cuaternario.

Estoy un poco cansado de esos personajes. No de los que, habiendo decidido huir, no se meten a dar lecciones de moral a los que seguimos dentro. Estoy cansado de todos aquellos que tienen soluciones mágicas que venden desde fuera de ellas o que afirman, sin ningún tipo de sonrojo, que a ellos les encanta la docencia cuando, en el momento que han podido, se han largado de lo anterior.

¿Os imagináis que todos hiciéramos como esos personajes que ofrecen soluciones maravillosas para el aula, diseñan los cursos de formación del profesorado, defienden los derechos laborales o, lidian con un montón de papeles y articulados legislativos saliendo del aula, en muchos casos de forma definitiva, para lo anterior? ¿Alguien se plantea quién quedaría para dar clase? Pues la verdad es que viendo como cada vez más salen por piernas de las aulas para “sentirse realizados profesionalmente” que, de forma más que hipócrita, dicen que les encantan las aulas y los alumnos, uno se teme que cada vez cueste más encontrar a profesionales para que estén en el aula. Por suerte, al disminuir la natalidad, cada vez necesitaremos menos docentes. Eso sí, el problema es cómo vamos a pagar a tantos que quieren vivir del aula sin estar en ella. Y eso sí que va a ser un problema.



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