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La relación entre autoestima, competitividad y poder en la educación contemporánea

De acuerdo con Maurizio Lazzarato (2014), el sistema contemporáneo produce, a través de complejas gramáticas de representación y significación, semióticas de poder encargadas de distribuir roles y funciones sociales. De esa forma, las estructuras hegemónicas, a la par que circulan en intrincadas cadenas de significación, alcanzan sígnicamente a los niños y niñas y a los adolescentes que hoy se están formando. Dichas cadenas de significación traen consigo emociones y afectos, sensaciones y conocimientos, y con ellos valores como el de la Competitividad. A ese respecto, en este artículo se plantea la importancia de relacionar la hegemonía que circula en forma de significación, y de servidumbre maquínica, en términos de Félix Guattari (1993), con la formación Misma de los estudiantes. Más exactamente con la forma en que las intervenciones hegemónicas afectan el autoestima y la construcción misma de integración social de las personas que hoy se están formando en pro de un mañana mejor.

Autoestima, sociedad y educación

La autoestima propia es un elemento psíquico primordial en la esfera personal y social de cada ser humano (Roa, 2013). Junto con el autoconcepto (o concepto de sí mismo que tenga un determinado individuo), esta conforma el núcleo central de la personalidad humana que tanto a corto como a largo plazo afectará cada aspecto del comportamiento y el aprendizaje del individuo (Manterola, 1998). La autoestima, por otra parte, de acuerdo con Itzel Silva-Escorcia y Omar Mejía-Pérez (2015), en niños y niñas y en personas jóvenes, tiene un triple componente de gran importancia. En primer lugar la autoestima, tal y como ya ha sido mencionado, es fundamental para la persona en sí misma, en segundo lugar es importante para el proceso educativo de los estudiantes y, en tercer lugar, es importante para formar individuos que serán no sólo productivos, sino cooperativos en el seno mismo de la sociedad y sus matrices en menor o mayor grado democráticas (cabe recordar que para autores como Helio Gallardo (2010), el neoliberalismo es incompatible con la esencia, o más bien con la ontología relacional misma de los derechos humanos, y, en esa misma medida, bien podría afirmase que una región como la latinoamericana actualmente carece de democracias efectivas (Borón, 2009; Soltonovich, 2010)).

La autoestima, como puede apreciarse, y  como se profundizará más adelante en líneas consecutivas, es neurálgica y en sí misma sumamente crucial dentro de los procesos educativos. Sin embargo, los fenómenos sociales del mundo contemporáneo pueden menoscabar en un grado bastante considerable dicha importancia con sus propias dinámicas, centradas ellas, por ejemplo, en los valores de la competitividad (Guerrero, 2013). En efecto, hoy en día se educa y se vive y se piensa en ser competitivo, en tener un rendimiento competitivo en cuanto a lo que a la educación superior se refiere, en tener una empresa competitiva, unos recursos competitivos, un personal competitivo, entre otros factores, y la cuestión de fondo es que una gran parte de los valores contemporáneos se desprenden de allí, es Decir, de la competitividad y no propiamente de la cooperación social (Guerrero, 2013). Por otra parte, nos dice Maurizio Lazzarato (2014) que al indagar en las entretelas discursivas propias de las construcciones teorías de un autor como Félix Guattari (1993; 2004), encontraremos que un fenómeno como el capital es mucho más que una categoría ante la cual se presentan, en un plano social dinámico e intersubjetivo, cuestiones como la circulación y la producción.  De hecho, más que un sistema el capitalismo es considerado hoy como un conjunto de dispositivos de producción y distribución sígnica (Lazzarato, 2014), y en esa medida, bien podríamos arriesgarnos a formular la idea de que es precisamente el capital (en sus aspectos de su circulación semiótica) el entramado de significación que ha impuesto la competitividad como valor principal en la sociedades contemporáneas.

Y es así como con la vida supeditada bajo los dominios hoy semióticamente omnipresentes de aquel operador del universo de los significantes que llamamos el capital, la autoestima se ve relegada a un segundo plano para darle cabida a unos valores de competitividad destinadas a realzar semióticas como la del dinero o los títulos académicos. Con la autoestima afectada a lo largo y ancho de sus distintas dimensiones, se afectan, por tanto, los procesos de aprendizaje y de construcción en sí misma de la persona. Y partiendo de allí se afecta, de igual manera, el interés de los individuos por querer construir otredad, puesto que la educación occidental basada en competitividad se centra en exceso en el individuo. Es así como la autoestima advendrá al individuo concreto no por una construcción relacional-constructiva del mismo con los demás, sino que esta estará hoy derivada de los proyectos competitivos o de los títulos académicos que se logre obtener, entre otros factores. En torno a ello, y en general a todo lo dicho hasta este punto, el objetivo principal de este texto consistirá en relacionar teóricamente las teorías de Félix Guattari (2004) y Mauricio Lazzarato (2014), centradas ellas en la construcción del individuo a través de unas matrices semióticas y sociales, para este caso de competitividad, con la importancia de la educación de las personas en cuanto a autoestima. Una autoestima, o en otras palabras un elemento psíquico primordial, del cual, se dirá más adelante, procede el reconocimiento de la otredad. Cabe decir, que con el objetivo de ampliar dicha idea se expondrá, de igual forma, la idea de que la construcción de la otredad es vital para el reconocimiento propio y el reconocimiento/integración de los demás no en un mundo altamente competitivo, sino en una esfera global solidaria y cooperativa.

Producción de signos, educación y el juego de lo social competitivo

La competitividad es un valor altamente valorado en la sociedad contemporánea, y seguramente hay que aceptar que para cuestiones como la innovación y la productividad ella puede resultar bastante beneficiosa (Serrano, 2005; Guerrero, 2013). La sociología del trabajo da cuenta del hecho, por ejemplo, que desde hace un buen lapso temporal (podríamos arriesgarnos a decir que desde los inicios mismos de la era industrial) valores sociales como los del emprendedor o los de los empresarios que hacen patria, por ejemplo, poseen una valoración social altamente positiva, más aún en las épocas en las cuales los aparatos político-gubernamentales necesitaban industrializarse (Mayor Mora, 1984). Ello, desde luego, nos lleva a preguntarnos dónde quedan los valores centrados en el reconocimiento de la otredad, es decir, de aquel otro ante el cual muchas veces se impone ideológicamente un constructo de significantes, siendo dicha imposición, de acuerdo con Emmanuel Levinas (2000), el mayor acto de barbarie tanto de las estructuras societales de antaño como de las contemporáneas, puesto que dicha imposición sígnica implica la difuminación y con ella la supresión o desaparición del Otro.

De esa forma, bien se puede llegar a señalar que el problema de la educación en el mundo de hoy radica en el hecho de que la competitividad tiene tanta importancia, que el proceso de aprendizaje de las personas se halla mucho más fundamentado en la realidad laboral del mañana que en la formación en el hoy en valores que reconozcan cabalmente la otredad, y que ayuden incluso a construirla y a compartirla. La competitividad, es necesario anotar, tiene como campo privilegiado la esfera del trabajo, que es la esfera en la cual se obtiene la plusvalía (Marx, 1995), y la esfera que hoy por hoy, de acuerdo con el sociólogo Oskar Negt (1984), determina la misma realidad de la persona. Es decir, de acuerdo con Negt, la pérdida repentina del empleo representa en el entorno global contemporáneo una pérdida total de la realidad, originando ello ansiedades e incluso una violencia que puede terminar volviéndose en contra de la misma persona o de un chivo expiatorio en la familia o en la universidad, entre otros lugares institucionales situados en la esfera de la existencia.

La realidad fundamentada en la semiótica del empleo hace por tanto que la construcción misma de la persona dependa de las significaciones ligadas a dicho campo y no al ámbito mismo de los valores de cercanía y compresión intersubjetiva. Tanta importancia tiene el factor empleo que hoy día no se piensa la motivación en términos de mejoramiento relacional de la persona sino como foco de la organización y esquematización competitiva y, por esa vía, en términos de dirección y persistencia (Mackenzie et al, 2014). El objetivo, desde luego, es la maximización del valor, y para ello, la importancia psicológica de las personas estriba en averiguar sus propios deseos personales (la mayor parte de ellos centrados en el mismo ego competitivo del individuo) para tenerlos en cuenta y poder generar así estructuras e incentivos por los cuales los agentes deseen la consecución de un determinado objetivo competitivo (Jensen y Meckling, 1994; Terense, 1997, Mackenzie et al, 2014). Ello no solo en el ámbito de mercadeo de las empresas, ya que las políticas estatales para generar ciencia también se hallan enmarcadas dentro de esquemas de competitividad, razón por la cual los sociólogos Francis Chateauraynaud y Christian Bessy (2015), afirman que en el mundo de hoy existen lógicas de depredación académica dentro del enmarañado ámbito de la circulación del saber y de las investigaciones.

La práctica pedagógica en sí misma se halla inserta en dichas matrices, puesto que hay que educar individuos que sean laboralmente competitivos y que destinen toda su realidad a la esfera del empleo, y más exactamente a la competitividad, es decir, al juego de lo social competitivo. De hecho, el mismo proceso de socialización del individuo, tanto el primario en el seno de la familia donde la madre con su crianza, por ejemplo, trasmite las patrones dominantes, como el proceso secundario, que es el que tiene lugar en la escuela, de acuerdo con las psicólogas Gladys Brites de Vila y Marina Müller (2007), trasmite las estructuras sociales y las culturas hegemónicas, consagradas como legítimas, y haciéndolas aceptar sin cuestionamientos de una generación a otra. De esa forma, nos dice Stephen y Timothy (2009), la teoría de la evaluación cognitiva de Charms, es una buena herramienta para dar cuenta del hecho de que las personas prefieren mucho más las recompensas intrínsecas en su entorno laboral (aquello que colabore a la consecución de sus proyectos personales, como tener pareja, o un auto propio), que las recompensas extrínsecas como el aumento de salario por sí solo o las felicitaciones o recompensas verbales o el saber que el trabajo hecho en verdad se está realizando de la forma adecuada.

Los valores competitivos, cabe decir, no son en sí mismos negativos, sin embargo, de acuerdo con Maurizio Lazzarato (2014), la máquina semiótica del capital posee una serie de piezas mediante las cuales se crea tanto una servidumbre maquínica como una sujeción social, responsables ellas de producir significaciones y acciones orientadas por un determinado rango de emociones y sentires, como bien lo pueden ser la envidia, el recelo o el deseo de imponerse propio de una modernidad que es en sí misma colonial (Mignolo, 2007), entre otros sentires guiados por un registro maquínico donde la moneda y el valor tienen una gran importancia. Para profundizar en esta cuestión, se debe tener en cuenta que, de acuerdo con los análisis que Lazzarato (20114) hace de las teorías guattarianas, el capital posee su propia semiótica, ya que para Félix Guattari (1983; 2004) el capital no solo es un fenómeno de producción o circulación sino de significación y de trazos moleculares (es decir, emocionales y afectivos)). De esa forma, la semiótica del capital, nos dice Lazzarato (2014), posee un doble registro. El primero es el registro de la significación, en el cual se encuentra la lengua, responsable ella de la misma configuración de los patrones culturales que producen al sujeto, mientras que el segundo registro, es el registro maquínico organizado por semióticas asignificantes tales como el dinero, las máquinas analógicas o digitales de producción de imágenes, sonidos e informaciones, entre otras, y orientado, este último registro, a mover o manipular la dimensión molecular del individuo compuesta ella por los sentires y las emociones (Lazzarato, 2014).

Carbía preguntarse si en verdad el registro de lo maquínico es asignificante y participa activamente de la formación del sujeto, como sostiene Guattari (2004), aunque ello es un debate que escapa al objetivo de las presentes líneas. Lo importante a considerar es que las semióticas del capital del primer registro mencionado (el de la lengua) produce y distribuye roles y funciones sociales, es decir, “nos equipa con una subjetividad y nos asigna una individuación (identidad, sexo, profesión, nacionalidad, etc.), de manera que todo el mundo está apresado en una trampa semiótica significante y representativa” (Lazzarato, 2014: 1). Ello mientras las semióticas maquínicas nos instan a actuar de determinadas formar al operar con sus gramáticas semióticas “asignificantes” directamente sobre los sentires, los deseos y las emociones. En otras palabras, el capital como conformador semiótico de toda la existencia, al colocar al empleo y la profesión como realidades últimas constitutivas del individuo (sin decir con ello que el empleo no tenga una gran importancia para la persona), enfocado desde unas matrices neoliberales, coloca al valor de la competitividad como el valor principal, y desde allí se asignan roles y funciones, se asignan identidades y con ellas construcciones determinadas de una otredad que se debe colonizar en pro de los mismos valores sígnicos del capital y sus estructuras maquínicas.

Luego, en la dimensión molecular, encontraremos que el valor de la competitividad se expresa, en el plano de los sentires, en forma de envidia cuando algo no se consigue y otros sí lo tienen, o en forma también de envidia (la otra cara de la misma, de hecho) cuando se quiere presumir de lo que se posee ante otros que no lo tienen, ello por la envidia misma de la felicidad de los demás no ligada a lo que socialmente debe ser, esto es, la consecución de expresiones materiales de cultura neoliberal que den cuenta que se participa del juego de lo social competitivo. Como resultado de ello, bien se puede afirmar que educar jóvenes para un mundo competitivo, es educarlos para que en su dimensión molecular expresen una determinada gama de emociones y sentires no ligados a la cooperación entre todos y a la construcción de la otredad mediante la conservación de la historia misma y la de los demás, sino ligados al valor de la competitividad, del cual se desprenden sentires negativos como la envidia y la desconfianza. Valores que, en general, darán lugar a sintomatologías sociales comúnmente aceptadas por la misma sociedad.

Sintomatologías como las que nos dice Carlos E. Climent (2014) están cimentadas en la figura del antisocial y que tienen su razón de ser básicamente en conductas como las de una falta de consideración hacia otros o la violación sutil de los derechos de una determinada persona, ejemplos representativos de ello bien pueden ser el conductor irresponsable, para quien el tránsito está regido por “la ley de la selva”, o los vecinos abusivos, caso este ultimo de diario acontecer, nos dice Climent (2014), representado por aquellas personas que no respetan las normas de convivencia, pero se ofenden si alguien les llama la atención por razón de sus arbitrariedades. También puede aparecer por la misma producción de signos de la semiótica del capital, centrados ellos en la competitividad, e internalizados en la educación tanto primaria como secundaria, la personalidad narcisista, que es aquella por la cual la persona adquiere una sensación sobrevalorada de sus propia importancia, una preocupación con fantasías de éxito ilimitado (poder, inteligencia, belleza, amor ideal), alguien que se cree con derecho a las cosas sin merecerlas, que es arrogante, que no siente empatía por los demás y que necesita altas dosis de admiración (American Psychiatric Association, 1994; Gabbard, 2002; Climent, 2014).

Todo lo dicho hasta este punto tiene una muy estrecha relación con la pedagogía, puesto que los profesores, elementos clave y sumamente importantes de la socialización secundaria, también se hallan inscritos en las lógicas de la semiótica del capital contemporáneo, razón por la cual ellos muchas veces reproducen las gramáticas y matrices de hegemonía. Recordemos junto a Marta Manterola Pacheco (1998), que “la forma como el profesor realice su función específica en la situación real frente al grupo, va a depender de su orientación personal respecto a su visión del hombre” (Manterola, 1998: 29), y, en general, de la estructura semiótica que conforma dicha visión.

Educación más allá de la cadena semiótica del capital

Como se decía líneas atrás, las gramáticas de la competitiviad e incluso la importancia de la dimensión empleo en la constitución de la persona, puede que no sean por sí mismas algo negativo, sin embargo, bajo las semióticas del capital neoliberal contemporáneo dichas gramáticas tienden a producir expulsiones. Tanto así que, de acuerdo con la socióloga Saskia Sassen (2015), el crecimiento mismo de la economía capitalista gira a la par con una gran serie de expulsiones sistémicas que se expresan fundamentalmente en aquellos que son sacados de su trabajo o de su hogar. De hecho, las formas complejas de conocimiento que tanto admiramos, nos dice Sassen (2015) entran en juego en muchas de aquellas expulsiones, no sólo en la figura del título académico que no es accesible al grueso de la población, sino porque el mismo conocimiento que se tecnifica en exceso excluye a aquellos que se hallan por fuera del amito metodológico y epistemológico del mismo. De esa forma, existe una competitividad que según se dice incentiva la innovación, pero, de igual forma, también existe, por ejemplo, una informalidad laboral. La informalidad conforma un tema que, cabe decir, de acuerdo con Gustavo Sandoval Bentacour (2014), es, a pesar de lo extendido que siempre ha estado a lo largo y ancho del mundo como fenómeno, relativamente nuevo en la literatura económica. La informalidad, o más bien la falta de realidad y estabilidad relativa que brinda el empleo es, sin duda, una problemática social contemporánea bastante aguda, y en sí misma un sector de la economía que se ha convertido en un preconcepto en busca de teoría (Fortuna y Partes, 1990; Sandoval, 2014).

Pero la cuestión de fondo radica en que estas expulsiones comienzan a fabricarse desde la misma internalización de saberes y experiencias que tienen lugar tanto en la socialización primaria como en la secundaria. De hecho, nos dice Gladys Brites de Vila y Marina Müller (2007) que en la educación, tanto la familia como la escuela emplean formas invisibles de violencia que son vistas como “natural” y necesarias” para el proceso de socialización. Se trata de formas de violencia moderadas que en sí mismas pueden ser altamente positivas. Por ejemplo, en el ámbito de la violencia primaria, es decir, en el seno del hogar, estas violencias sutiles y necesarias pueden presentarse en la forma de imposición de límites por parte de los padres hacia los hijos. Mediante dicha socialización, cabe agregar, se adquiere la diferenciación entre lo que se lleva por dentro en forma de instintos y sentires y lo que se encuentra por fuera en la forma de otros seres humanos y en general de la sociedad en sí misma. Una diferenciación sumamente crucial, puesto que para un gran número realmente enorme e indeterminado de psicólogos, “la tarea continua y difícil de todo ser humano, a partir de su nacimiento, consiste en diferenciar y a su vez interrelacionar, el mundo interno respecto del mundo externo, los límites entre el “adentro” y el “afuera” (Brites de Vila y Muller, 2007: 21).

Aquellos límites no obstante se hacen especialmente brumosos y difusos en el fenómeno de la significación, puesto que la lengua, por el ejemplo, correspondiente ella al primer registro guattariano atrás mencionado, que es el encargado de la formación subjetiva del individuo y sus patrones culturales (Lazzarato, 2014), posee, o más bien lleva en sus estructuras afectos y sentires que la acompañan en virtud del hecho de que las significaciones se hallan, de acuerdo con la teoría psicoanalítica de la tradición freudolacaniana, revestidas de energía libidinal, ya sea en forma de pulsión de muerte (fantasía cósmica tanática) destinada esta a la destrucción o de pulsión de vida (fantasía cósmica erótica) destinada esta última a la construcción (Castro, 2011). El hecho de fondo es que los significantes que conforman la lengua como un texto o como un conjunto de códigos culturales (Geertz, 1987), no pueden tener lugar en el mundo social de la significación por sí solos, ya que un significante siempre requiere por lo menos de otro significante (un par significante, (Lacan, 2005)) para que pueda tener una existencia como tal valida (es decir, para saber qué es una nube, se tiene que tener relacionada a ella la noción de cielo e incluso de brisa). De hecho, los significantes, de acuerdo con lo que se ha dicho, tienen existencia en cadenas. Existen, por tanto cadenas de significación, cargadas ellas de emociones, o de un registro maquínico que impulsa a determinadas formas de acción.

En lo que atañe al ámbito educativo, las cadenas de significación adscritas al capitalismo maquínico actúan en el aprendizaje educativo que, cabe decir, se diferencia del aprendizaje por sí mismo en el hecho de que este último es un proceso mental y del individuo cognoscente (una persona, por ejemplo, aprende a amar, a construir o a destruir desde sus pulsiones eróticas o tanáticas), mientras que el aprendizaje educativo encierra dentro de sus esquemas un ideal concreto de ser humano. En las matrices epistémicas del capitalismo maquínico el perfil del ser humano deseable es el de la persona competitiva, trasformada ella, a su vez, en virtud de las gramáticas neoliberales, y de acuerdo con  Sylvio de Sousa Gadelha (2009), en capital humano. De acuerdo con André Antunes Martins (2016), las cadenas de significación adscritas al capital maquínico, se valen del Estado como entidad de territorialización y productor de los flujos vinculados a la sociedad de control. En ese contexto, nos dice Antunes (2016), el campo educacional, en sus aspectos organizativos y formativos, se halla atravesado por dicho control y por la misma racionalidad económica que ha desterritorializado al ente que territorializa en función de la homogeneidad cultural (Mendoza y Barragán, 2005), esto es, el Estado.

En su función territorializadora subsumida por la racionalidad económica el Estado hoy por hoy ejerce como ente de control y codifica y avala títulos académicos para que estos puedan entrar al mercado (Antunes, 2016), las anacronías y representaciones simbólicas que actúan como línea de fuga, simplemente las expulsa, como habíamos dicho, a través de sus distintas tácticas y dispositivos de ablución codificante. Así visto, la educación es hoy un proyecto maquínico impulsado por el registro asignificante de la época contemporánea. En otras palabras, lo que impulsa a educar en un ideal de persona competitiva, son los registros maquínicos (aquellos que operan directamente en el deseo y la emoción) del dinero, la fama, y, en general, del ansia del consumo. Todo lo dicho hasta el momento genera dos fenómenos: el primero, que la educación sea un ideal universal, pero que exista la contradicción de que de universal tiene poco, ya que no llega por igual a todas las personas debido a las diferencias de clase, por ejemplo (Rancière, 2014). El segundo fenómeno atañe al hecho de que en las cadenas de significación y asignificación mediante las cuales el capital se impone como realidad absoluta, la educación es permeada por las sensaciones (como la envidia y el recelo) que el registro maquínico de la producción semiótica desea despertar. Es decir, las significaciones al establecer cadenas conforman a su vez un tejido sin punto de partida ni punto de llegada (Derrida, 1967), razón por la cual, de acuerdo con Higinio Marin (2007), la cultura trasciende en sí mismo lo subjetivo, y como se mencionó líneas atrás, la lengua, soporte de la cultura, está cargada con afectos y emociones, por lo cual, un sistema educativo que apueste por la competitividad como valor social principal, como el de las matrices globales de hoy, traerá en sus cadenas de significantes, sentires asociados con el amor por el lucro más que por el prójimo, de lo cual se desprende una amplia gama de sentires negativos.

No es de extrañar que un autor como Luigi Zoja (2015) hacha dicho que para los tiempos contemporáneos el prójimo ha muerto (claro está que tanto dicha afirmación como los relacionamientos teóricos que se presentan en este artículo, se esbozan todo ellos de manera general, y no situacional, puesto que la realidad humana es altamente compleja). El prójimo ha muerto pero el fetiche de la mercancía vive en la demoníaca circulación / adaptación / sujeción de los hombres a las cosas, en términos de María Eugenia Boito (2015).  La esfera de la competitividad / emociones negativas / formación / consumo, traza, cabe decir, un círculo maquínico realmente complejo donde los insoslayables arpegios de lo sensitivo, es decir, los afectos y las emociones, se encuentran continuamente con elementos asignificantes como la moneda, los cuales, como ya se ha mencionado, intervienen en la acción humana. La cadena semiótica del capital, bien se puede decir, forma la subjetividad en todos sus niveles (tanto maquínicos como representativos, a diferencia de Guattari (1983), para quien sólo forman en el nivel representativo), razón por la cual, más allá de dichas semióticas encontramos individuos con antivalores bastante remarcados pero muchos de ellos aceptados socialmente, o incluso bien enmascarados ante la sociedad en la cual se exhibe un guion dramatúrgico determinado con el objetivo de alcanzar una eficaz competitividad.

Bien se puede concluir hasta este punto, por tanto, que si las dinámicas de consumo constituyen “una forma de identificación socio-comunicativa hegemónica en formaciones donde se ha desarrollado la religiosidad del capitalismo, en este tiempo de su despliegue a escala planetaria los procesos de mercantilización subsumen las más diversas expresiones de la experiencia social” (Boito, 2015: 244), e incluso subsumen el aprendizaje y en general la formación educativa contemporánea. Como bien lo dijo Lyotard (1979) en su momento, ya no se estudia tanto (en un sentido general), para formar el espíritu como en antaño, y para fomentar la cooperación entre todos, sino por el ansia del título académico que permitirá la entrada a la realidad laboral donde las matrices internas del deseo se deslizan sobre la existencia en forma de logros visibles concretos. Es decir, el mismo saber ha sufrido un cambio de status en las matrices de lo social contemporáneo.

Reabsorber el registro de lo maquínico y anularlo a través de una autoestima basada en la construcción de la otredad

De acuerdo con Manterola (1998), es ampliamente aceptado en la literatura académica experta, que la afectividad y la emocionalidad humana juegan un papel crucial en el aprendizaje, constituyéndose incluso como un motor que mueve a las personas a la acción. En esa medida, el concepto de sí mismo que tenga un estudiante en formación, juega un rol de primer nivel, ya que hace alusión a lo que él ve, siente y piensa. El concepto de sí mismo y la misma autoestima abarcan un conjunto realmente amplio de representaciones sociales, sin embargo bien podemos enfocar esta problemática desde el punto de vista de la satisfacción vital, entendida esta como el juicio global que una persona hace de su propia calidad de vida, de acuerdo a criterios escogidos por ella misma (Shin y Johnson, 1978; Murillo y Molero, 2015). Al respecto, la idea que se plasma en este texto, al menos como hipótesis teórica y relacional, estriba en el hecho de que una persona que reciba una educción que la haga sentirse bien consigo misma, es decir, una educación orientada a incrementar la autoestima de los seres formantes, hará que dicha persona al sentirse bien consigo misma sea menos influenciable por las semióticas asignificantes del capital como lo es el dinero.

Como menciona Laura Gómez “enfrentar el conflicto capital-vida implica no solo responder a las urgencias, ni solo resistir o regularlo, sino disputar saberes, recursos, espacios y formas de hacer al capital para ponerlos a funcionar en otra lógica” (Gómez, 2015: 147), y bien podríamos decir que también involucra la dimensión molecular humana, tal y como la llama Félix Guattari (2004), es decir, los afectos y las emociones. De hecho, de acuerdo con la autora mencionada el ámbito de la socialización secundaria que es el ámbito de la escuela es un ámbito privilegiado para construir dichas resistencias, y dichas resistencias se pueden construir, a su vez, mediante el fomento en los estudiantes de un espíritu verdaderamente crítico, por el cual se haga ver, por ejemplo, que un verdadero acto emancipatorio y revolucionario es amar y aceptar a otros.

Pero hay que tener en cuenta que la misma autoestima y el concepto de sí se encuentran hoy encuadrados en las lógicas y en las gramáticas semióticas del capital y, por tanto, ambas nociones se hallan enormemente influidas por los operadores semióticos del poder como lo es, por ejemplo, el dinero. De hecho, para la misma valoración de la satisfacción vital, la persona toma en cuenta diferentes aspectos de la vida los cuales se comparan con los estándares y expectativas que el agente había construido previamente (Diener, et al, 1985), mediante, por supuesto, la misma influencia de la socialización primaria y secundaria. Es decir, la autoestima tiene en sí misma una configuración social determinada, por ello mismo, se plantea en este texto que la apuesta bien podría ser por una configuración de autoestima propia lejana a los patrones de colonialidad propios de la modernidad. Es decir, apostar por una autoestima que no necesite engrandecer el ego mediante la consecución de determinados objetos y, peor aún, mediante la victoria competitiva sobre otros ante los cuales se ve no un ser reciproco de reconocimiento mutuo, sino alguien que puede ejercer sobre nosotros o ante quien se puede ejercer un poder determinado, ello, en medio del juego de lo social competitivo.

La idea estriba, en consecuencia, en que la persona que se sienta bien consigo misma no necesitará entrar al juego alienante donde los sentires son manipulados por el registro asignificante de la semiótica del capital. Ese sentirse bien consigo mismo, debe construirse desde una ética como filosofía primera, en términos de Levinas (2000), mediante la cual se aprecie que la imposiscion discursiva sobre el Otro es un acto de anulación mientras que el viaje de lo Mismo del Ser hacia lo Otro, permite, por su parte, construir el discurso ajeno ante el cual uno mismo se construye como ser relacional. De esa forma, saber que el Otro está bien contribuye incluso a la autoestima propia. Tal modo de pensar desanimaría sin duda la competitividad en sus aspectos negativos y los valores también negativos que ella acarrea. Desanimaría el consumo ya que el ámbito laboral no fomentaría la competitividad exacerbada y el actual estado de cosas donde la persona misma se ha vuelto su propio amo y su propio esclavo en una sociedad del rendimiento.

Ello puede lograrse, como se ha venido esbozando, a través de la socialización secundaria. Es decir, en el ámbito de la escuela, puesto que autores como Pablo J. Castro y Mariane Krause (2015) sostienen que allí es posible el cambio subjetivo basado en valores. Muchos estudios, por ejemplo, afirman que “al respecto a las nuevas creencias generales sobre la educación en valores, algunos docentes plantean que parte de su cambio consistió en el convencimiento de que la educación transversal es “más importante” que la enseñanza de contenidos instrumentales” (Castro, et al 2015: 376).

A modo de conclusión:

Las semióticas del capital no solo construyen y distribuyen roles y funciones, y en general identidades sociales, sino que, además de ello, influyen a través de su registro maquínico que es el registro asignificante que actúa sobre los afectos y sentires de las personas, con el objetivo de orientar la acción humana. En el estado de cosas actual, la acción es orientada de hecho hacia un modelo global de competitividad que fomenta la continua creación de productos con tiempo de vida corta, lo cual incentiva el consumo y en esa misma vía la competitividad global enfocada en un proyecto de vida destinada a demostrar que se es exitoso en la esfera del consumo. Los valores que de allí se desprenden no fomentan necesariamente la cooperación y mucho menos el reconocimiento de la Otredad como igualdad, sino como una gramática jerárquicamente mayor o menos que puede influir sobre nosotros un determinado poder o sobre la que podemos ejercer, de igual forma, un poder dado. Fomentar la autoestima propia, bien podría colaborar a que se borren esas matrices de valores competitivos (y sus emociones negativas), ya que al estar bien uno consigo mismo, no necesita imponerse sobre los demás, por una parte. Por la otra, una educación basada en la autoestima de la persona, generará una sociedad que para el día de mañana, contará con menos trastornos de personalidad bien disimulados y enmascarados e incluso aceptados, como el de los antisociales o los narcisistas.

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-Miguel Ángel Guerrero Ramos




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La relación entre autoestima, competitividad y poder en la educación contemporánea

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