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Aspectos del problema social en el Perú.- Releyendo a Haya de la Torre para retomar el aprismo original.- Lucha del PAP es contra explotación del hombre por el hombre y por la justicia social

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ASPECTOS DEL Problema Social EN EL PERÚ
Víctor Raúl Haya de la Torre
(1927, 39-47)

Del discurso a los estudiantes de la Universidad Popular José Martí pronunciado el 9 de noviembre de 1923, en la sala de actos de la Universidad de La Habana (1).

Geografía, pobreza y riqueza en el Perú

Con cierta razón, un viajero norteamericano –diestro conocedor de nuestro idioma– me decía alguna vez que al navegar a lo largo de la Costa peruana, en un barco de la línea del Pacífico, se había convencido de la inexactitud de aquella frase tan arraigadamente española, que para significar riqueza, abundancia u opulencia, dice: ¡vale un Perú! La desolada aridez de nuestros desiertos costaneros, apenas interrumpidos por valles estrechos a las márgenes de ríos menores, produce una impresión de pobreza y abandono totales. Aquella faja longitudinal seca, arenosa y ardiente, no ofrece amparo de vida alguno. Tras de ella, empinada y sinuosa, cruza, paralela al mar, la muralla vigilante de nuestros Andes occidentales. Yo atiné a responder a aquel viajero que más allá de aquella barrera gigantesca se escondía el prodigio de la riqueza peruana, varia y magnífica.

Tres regiones naturales

La faja de tierra que el viajero divisa desde el mar del Perú, calcinada de sol, abandonada y sedienta, es nuestra costa, una de las tres grandes divisiones naturales del Perú geográficamente admitidas. Valles proporcionalmente minúsculos rompen su monotonía de desierto africano. El cielo jamás le da agua. Nuestros antepasados autóctonos la hicieron fecunda con sistemas maravillosos de regadío y de represa, que los dirigentes de hoy y del inmediato ayer no supieron ni conservar ni imitar. Sobre la nudosa y elevada cordillera andina, madre de los grandes ríos que descienden por la selva al Brasil, está nuestra sierra, ubérrima y maravillosa, ancha y accidentada. Tras de ella, la región de los bosques vírgenes y las selvas inextricables, en donde mora el salvaje montaraz, de plumas y flechas, que a las veces en el extranjero ha servido para representar al hombre genuino del Perú.



Peruano de la selva amazónica


Ciudades españolas y ciudades peruanas

Esta división formidable en tres secciones geográficas diferentes, marca el principio necesario a todo estudio del problema social peruano. En la costa, siempre cercanas a los contados ríos que bajan por ella al Pacífico, se hallan las ciudades españolas: Piura, Chiclayo, Trujillo, Lima, Ica, para señalar las principales. Su proximidad al mar favoreció las industrias mayores derivadas de los productos de su situación y clima: al norte el petróleo, y en toda su extensión el azúcar y el algodón, y, sumadas a ellas, otras actividades industriales subalternas (factorías, textiles, mecánica, etc.). En la sierra donde surgió y floreció aquella imponderable civilización incaica, duermen aisladas las ciudades peruanas: Cajamarca, Huaraz, Ayacucho, Arequipa y Cusco, entre otras. Una industria relativamente apreciable de minería rompe la fisonomía económico-social de esa región, netamente agraria. En la selva o montaña, sólo hay un puerto fluvial importante sobre el gran Amazonas: Iquitos. Toda aquella inmensa porción del territorio peruano confinante con el Brasil se halla inconquistada y poco conocida.


Proletariado de costa y sierra


Nuestro problema social radica, pues, en la costa y en la sierra. El obrero costeño es o de raza yunga (indio regional), o negro, o chino, o blanco, o de la mezcla de estos tipos: mestizo, injerto o mulato. El obrero de la sierra es el indígena, algo cruzado con el blanco, en el norte, y quechua o aimara puro, en el sur.

Tenemos, pues, en la costa un problema industrial incomparablemente inferior a nuestro vasto y característico problema agrario de las sierras.


Obrero de la costa peruana

El obrero costeño es del tipo de trabajador de fábrica de todas partes, lo mismo que el peón de campo. Sus condiciones actuales, sobre todo tratándose del campesino, son verdaderamente malas (2). Nuestras legislaciones amparadoras han dicho mucho pero han mentido en ecuación. Lo que el obrero peruano de la costa ha alcanzado, lo debe a sus poderosas organizaciones y a sus actitudes de protesta. La solidaridad de los trabajadores se ha hecho cada vez más fuerte en el Perú, en nombre de las justas ventajas de la acción directa sindical y de las sangrientas represiones con que frecuentemente ha respondido la clase capitalista al menor reclamo del proletariado. Hay muchos centenares de mártires desconocidos por la causa de la reivindicación de los derechos sociales y humanos en la historia reciente de mi país.


Miseria del campesino serrano

El obrero de la sierra, el campesino sobre todo, significa, por la categoría de su vida, por el horror de su miseria, por la inmensa proporción de su analfabetismo y abandono, la verdadera tragedia histórico-social del Perú (3). Alguna vez un estudiante de la Sorbona de París, que recorrió conmigo la Argentina, Bolivia y la sierra peruana, me dijo, al término del viaje, que los pavorosos relatos de la opresión turca sobre los cristianos de Armenia no tenían paralelo con la lenta y cruel agonía de nuestra raza quechua, víctima cuatro veces secular de un feudalismo bárbaro.

Rebelión frente al abuso


Salvo la acción, todavía esporádica, de algunos de los misioneros protestantes, los indígenas peruanos, muy especialmente los de la sierra central y meridional, no tienen más apoyo o más recurso para su dolor que la rebelión. Constantemente, sobre todo en los últimos cinco años, en que la vida del indio ha llegado al máximo del sufrimiento, se registran grandes insurrecciones indígenas. La metralla militar los ahoga siempre en sangre.

No es posible alcanzar para ellos apoyo jurídico alguno: las cámaras legislativas del Perú cuentan en su seno con la gran mayoría de los terratenientes o gamonales (4). El único diputado que en ellas alzaba su voz por los desventurados descendientes del gran pueblo imperial y comunista de los Incas –el doctor Encinas–, ha sido desterrado.

Explotación y represión del campesino de la sierra

Yo no puedo recordar al indio del Perú sin decir mi palabra de protesta y de acusación. Quien haya llegado hasta nuestras soledades andinas, habrá visto a aquellas grandes masas de campesinos, tristes, haraposos y cabizbajos, que llevan sobre sus hombros la carga de cuatro siglos de siniestra esclavitud y no podrá desmentirme. El hacendado o el minero, nacional o extranjero, peruano, inglés, español o yanqui, pierde ante el indio todo sentido de humanidad. El cura católico, aliado y partícipe de la explotación, coadyuva a este implacable retorcimiento de la vida de tres millones de hombres, ofreciendo las llamas del infierno a los insumisos y las venturas del cielo a los genuflexos.

Cuando alguno lanza un alarido de dolor y de rebeldía, cae sobre él la inquisición de los suplicios. En mayo de 1922 estuvo colgado por varios días, en la iglesia de Yauri, capital de la provincia de Espinar perteneciente al Cusco, el cadáver mutilado de un indio que sufrió, ante la impasibilidad de las autoridades políticas y judiciales y con anuencia del párroco, la tortura y la muerte por el delito de encabezar una insurrección contra los terratenientes que incendiaban las chozas y robaban las mujeres de los indígenas de la región. En los meses de agosto y setiembre últimos, regimientos del ejército peruano sofocaron, a costa de cien y más víctimas, una acción de protesta de los indígenas de Ayacucho, teatro famoso de aquella batalla que hace un siglo diera la libertad a los sudamericanos.

Estas noticias no llegan al extranjero; en el Perú mismo no se publican. Los diarios de la costa, sobre todo los de Lima, tienen que callar. Además, muchos intelectuales de las ciudades españolas creen que el indio peruano debe ser considerado como un irracional, que en cuanto no rinda el máximo de su producto debe morir. Esto ha sido sostenido hasta en tesis universitarias (5). Justifican su afirmación en el caso tan distinto y tan exageradamente presentado por los comerciantes en películas de cinematógrafo, de la extinción de los pieles rojas en los Estados Unidos. Pero olvidan que así fuera cierto todo lo que novelescamente se dice de aquello, un hecho malo no justifica otro, y jamás el piel roja, huraño, aguerrido y hostil, fue lo que nuestro indio, cuya tradición civilizadora, cuya historia como pueblo organizado, fuerte y capaz, basta para apreciarse en los vestigios maravillosos de su gran imperio comunista, destruido por los buscadores de oro que vinieron de España con la cruz y con la espada.

¡Un dato, sólo un dato, servirá para ofrecer testimonio de la condición actual del indio peruano: gana, por un trabajo brutal, diez y veinte centavos de sol peruano, es decir, cinco y diez centavos de dólar diarios!

Dos alternativas de acción

Ante el problema social del Perú hay dos categorías de apreciación: la de los hombres de ayer, la de los viejos, educados por la falsa ciencia del civilismo, arraigadamente españolizantes, con mentalidad extranjera y antindígena, que ven en el hombre de la clase explotada al esclavo tácito, la víctima necesaria, histórica y obligada; y el concepto nuevo de los jóvenes, de los estudiantes, de los trabajadores manuales e intelectuales que desde hace tres años hemos agitado la voz de admonición.

Lima, expresión del Perú falso

Bolívar tuvo para el Perú palabras duras pero ciertas, y para Lima anatemas merecidos (6). Todo el brillo y la sensualidad agradables que aprecian y ponderan los visitantes burgueses de nuestra ciudad capitalina –brillo de palacio antiguo y sensualidad de francesismo cortesano–, significa retraso, dolor e injusticia. Lima aristocrática es el vértice de una pesada pirámide cuya base está formada por las espaldas del pueblo peruano. Sobre ellas se ha levantado una arquitectura político-social sin equilibrio ni proporción, en la que todo concurre a la elevación del vértice. “Lima es la inmensa ventosa que chupa la sangre de toda la nación”, dijo nuestro apóstol civil González Prada. Tuvo razón y autoridad para decirlo quien fue su primer ciudadano. Pero Lima es al Perú, auténtico, histórico y nacional, en sentido etimológico del vocablo, una ciudad conquistadora y extranjera que no ha perdido hasta hoy su primitivo carácter. Desde ella y para ella se legisla y se gobierna. El Perú provinciano y sobre todo el Perú serrano –el Perú verdadero– es, prácticamente otro país y permanece alejado y desconocido por los hombres metropolitanos que lo usufructúan.

Beligerancia del proletariado

Decía que ante el problema social peruano los trabajadores manuales e intelectuales de la nueva generación han asumido una actitud combativa y renovadora. Cuánto vale esa opinión y cómo, por la nobleza de sus fines, ha alcanzado vigor admirable, puede apreciarse conociendo la actitud de todo el Perú proletario y estudiantil, ante la pretendida consagración oficial de la república a la efigie del Corazón de Jesús, en mayo último, que a costa de sangre fresca de trabajadores y estudiantes fue impedida.

El centro de aquel movimiento, que llegó a contar con más de treinta mil adherentes militantes, fue nuestra Universidad Popular González Prada, institución de cultura para el pueblo, sostenida por los estudiantes de vanguardia del Perú y que cuenta con seis focos de actividades en el país.

Como nuestro programa de trabajo va directamente encaminado a extinguir el analfabetismo, la política y el alto clero nos combaten. Un esclavo ilustrado es un peligro, dicen; por eso se considera honroso haber celebrado pomposamente el primer centenario de nuestra independencia política con cuatro millones de hombres que no saben leer ni escribir su propio nombre, sobre una población de cinco y medio o seis. Fácil es derivar que en el problema social peruano concurre el factor educación como determinante.

Contra la explotación, por la justicia social


La oposición de las generaciones, de que habla Ortega y Gasset en su reciente libro El tema de nuestro tiempo, se cumple en el Perú actual, beligerante y enérgico. Los que de nuestras filas murieron o hemos salido al destierro, dejamos a los que sostienen en esa región querida de la América del Sur los principios de nuestras vanguardias, mucho por hacer aún. La libertad política del Perú –por ser el centro de la dominación española– consumó la independencia republicana de nuestra raza. También su libertad económica y social –por ser hoy centro de problemas graves de esclavitud– derivará, para los que seguimos los nuevos postulados de justicia humana, la realización continental de nuestros santos ensueños.

La conciencia del mundo va perfilando ya la línea de su rumbo hacia la solución de sus hondas cuestiones sociales. El crepúsculo de la Europa capitalista lleva palpitante una lección histórica: la vieja organización política y social muere sedienta de justicia. Ayudándonos los unos a los otros podremos infundir a nuestro Mundo Nuevo el ansia de una vida nueva también, libre y propia. Necesitamos conocernos para comprendernos, pero conocernos sobre todo en el dolor que crea las hondas solidaridades y las más vigorosas esperanzas.

Arrojemos el guante blanco de los diplomáticos y enseñemos la mano que sangra de las heridas del pueblo. El amor, y el dolor, como todos los anhelos eternos, no conocen fronteras. Sobre ellas nos poseen y nos impulsan hacia los grandes dinamismos fecundos. Sólo hay, con excepción quizá, una limitación de capacidad para los grandes estremecimientos: el egoísmo de los viejos o de los envejecidos y la avaricia de las clases dominantes. Nuestro deber de juventud es atesorar el oro vivo de nuestra generosidad encendida. Yo creo, por eso, que González Prada dijo para América Latina aquella invocación terminante y viril: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”.


Notas

(1) Fue publicada esta versión en La Nueva Democracia, de Nueva York (marzo de 1924) y reproducida por muchísimos órganos de la prensa latinoamericana. (Ed.)

(2) Es preciso hacer notar que en las industrias extractivas tropicales hay un tipo de trabajador que no puede llamarse ni campesino ni obrero, de acuerdo con las calificaciones europeas, porque tiene las características de ambos. Los trabajadores de la caña de azúcar, tabaco, algodón, campos de petróleo, etc., pertenecen más o menos a este tipo de trabajador, proletario por las condiciones económicas de su relación con la industria que le paga un salario, pero a la vez un poco campesino por las condiciones del trabajo mismo y por las características individuales en que es realizado, condiciones que si se analiza detenidamente son quizá más aparentes que reales.

(3) La única industria apreciable de la sierra peruana es la de la minería. En el sur del Perú, especialmente en el departamento del Cusco, hay algunas fábricas de tejidos en las que las condiciones del obrero son lamentables. Comúnmente se llama obrero en las ciudades serranas al artesano o pequeño industrial (zapateros, carpinteros, sastres, mecánicos, etc.).

(4) He escrito en otras oportunidades que la clase de los terratenientes o gamonales es la clase dominante en el Perú y constituye la raíz económica del llamado civilismo. Todos los líderes de las diversas fracciones civilistas son gamonales de la sierra o de la costa, señores feudales, culpables de todos los crímenes inauditos de la explotación de los trabajadores peruanos.

Los gamonales de la costa, como los más poderosos, son los que tienen en sus manos la dirección del poder político, pero con la decidida cooperación de los gamonales de la sierra, listos a cualquier servidumbre política a condición de que se les garantice el poder de vida y haciendas en los vastos dominios en donde impera su brutalidad sanguinaria.

Los presidentes de la república, del Partido Civil, órgano político de la clase privilegiada, han sido en los últimos años gamonales del azúcar y del algodón, y aunque hayan disputado entre ellos por el poder mismo se han defendido unos a otros los derechos económicos de clase que ellos se han dado por la fuerza. La oligarquía del civilismo leguiísta, como la del civilismo pardista (fracciones de los presidentes Pardo y Leguía), es oligarquía de terratenientes gamonales del azúcar y el algodón con la ayuda más decidida del gamonalismo serrano.

(5) Don Clemente Palma, hijo del tradicionalista y diputado incondicional del civilismo leguiísta, sostuvo esta teoría al doctorarse en Filosofía y Letras.

(6) “Se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas serían aplicables a toda América, creo que con más justicia las merece Lima.” Simón Bolívar.

Fuente

Haya de la Torre, Víctor Raúl. 1927. Por la emancipación de América Latina: Artículos, mensajes, discursos (1923 - 1927), M. Gleizer Editor, Buenos Aires, Argentina.

Abril 10, 2010


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