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Contadoras de cuentos (MG)


Maria Guilera (Foto: August Sander)

Hubo un tiempo en que viajar por placer era un hecho extraordinario reservado a unos pocos. La odisea solía ser contada y repetida no tan solo por su protagonista, sino por familiares y amigos que, al hacerlo, elevaban su prestigio ante quien los escuchaba y, aunque fuera mínimamente, se consideraban a sí mismos partícipes de la hazaña.

De no ser por el sinfín de poemas, acertijos, cuentos y anécdotas que la memoria de mi abuela acumulaba, las horas inútiles se hubieran apropiado de las tardes de nuestra infancia. Por boca de mi abuela conocimos al tío de Cuba. La narración de su viaje fue repetida muchas veces a petición mía, de mis hermanas y primos. Tenía, como las demás, detalles inamovibles que reconocíamos, pero también escenas añadidas a medida que ella las recordaba, o quizás, imaginaba. Eso sí, el relato empezaba siempre por un principio remoto y había que tener paciencia para llegar a las escenas emocionantes.

El tío de Cuba se llamaba Ramón Arumí, el Ramonet xic. Era el pequeño de seis hermanos y vivía en Arenys de Munt. Cuando a principios de verano llegó al pueblo un señor de capa y sombrero, él, entre los demás niños, siguió al coche de caballos que le llevaba hasta Can Magem. La casa llevaba cerrada muchos años, pero desde hacía un par de meses un trajín de mujeres ventilaba habitaciones, sacudían alfombras y fregaban suelos. En el jardín trabajaban dos hombres podando ramas, arrancando hierbajos y plantando macizos de flores.

Aquí la abuela nos contaba las calles por las que pasó Ramonet corriendo tras el coche, las voces de las mujeres que salían a la puerta de sus casas, es el Cirilo, gritaban, ha tornat el Cirilo de Cuba. La riera seca que atravesó, la alpargata que se quedó atrás y que luego tuvo que buscar hasta encontrarla, por miedo a los gritos de su madre si regresaba sin ella.

Luego ya entraba en la vida del Ramonet xic, hablaba de la escasez de su familia, del trabajo en la viña, de cómo ayudaba a los pescadores de Arenys de Mar cosiendo redes o repintando barcas y de las subidas al monte con su hermano a buscar setas, espárragos o caracoles para poner en el plato.

En este punto, la abuela cambiaba la voz y nos mirábamos unos a otros.  Movíamos la cabeza como diciendo, ahora empieza lo bueno. A ella le brillaban un poco los ojos y continuaba.

“Pero cada uno de los días de aquel verano, hiciera lo que hiciese, el Ramonet xic pasaba por la casa del señor Cirilo Magem y repasaba de arriba abajo las cocheras, el surtidor en medio de jardín, los dos pavos reales que cuando menos lo esperaba abrían la cola y, sobre todo, se encandilaba con un mono pequeño que llevaba una cadena larguísima al cuello y saltaba entre los árboles.

En el balcón del primer piso, sin que él se diera cuenta, el señor Cirilo le observaba mientras daba caladas al cigarro habano. Y un día le llamó. Eh, tú, sube.

Cuando quiso entrar en la casa, salió Dorotea y dijo que ni se le ocurriera hacerlo sin sacudirse el polvo de las alpargatas. En el vestíbulo vio un baúl grande y unas maletas. El amo ya se marcha, pensó, y subió las escaleras de dos en dos.

El señor Cirilo Magem estaba sentado en un sillón de espaldas a la puerta. Se giró como si adivinase que ya había llegado y se quedó mirándole muy serio. Le preguntó cómo se llamaba y cuántos años tenía.

 –Soy el Ramonet de ca l’Arumí, le contestó. Y tengo doce años.

El señor Cirilo se levantó y caminó hasta un extremo de la balconada. Volvió con unas botas sucias de barro y de mierda de caballo y las dejó en el suelo.  

–Pues mira, Ramonet. Si me dejas el calzado limpio, te llevo conmigo a Cuba.

Señaló una caja de madera de la que sobresalían trapos, cepillos y betún y salió de la habitación con el cigarro en la boca.

El niño se pasó la tarde dale que te pego hasta que las vio relucientes. No vio a nadie a quién decírselo, así que las dejó al lado de la puerta y marchó a su casa. Estaban cenando cuando llamaron a la puerta. Era Dorotea.

–De parte del amo que mañana no le pongáis al Ramonet xic un plato en la mesa, porque se lo lleva a Cuba con él”.

Aquí mi abuela hacía una pausa para comprobar el efecto de aquella frase y, aunque la habíamos escuchado muchas veces, todos poníamos ojos como platos. Yo siempre pensaba que mis padres no me hubieran dejado marchar, que el Ramonet xic tenía mucha suerte de que su madre le hubiera preparado un hatillo con un par de mudas y le pusiera una medallita al cuello.

El viaje en barco duraba muchos días y cada dos por tres ocurría algo: les amenazaba una embarcación de piratas, pero lograban escapar. Un marinero enfermaba, moría y le echaban al agua para que fuera comida para los peces. Las olas altísimas de una tempestad cubrían el barco y él creía que iba a morir, no ahogado, sino del tremendo mareo que pasó. Les seguían los delfines, unos animales tan inteligentes que solo les faltaba hablar. Tenéis que saber, decía la abuela, que, si tuvieran manos, los delfines serían los hombres del mar. Así lo contaban los viajeros y ella jamás lo puso en duda.

La máxima emoción llegaba con el episodio del camarote con la puerta cerrada. Nadie le había contado al niño qué o quién había dentro.

“Pero el tío Ramonet –mi abuela bajaba la voz para crear un ambiente de misterio –cuando pasaba por delante de aquella puerta se paraba un rato. Le parecía escuchar sonidos que no sabía si eran de persona o de animal. Tenía tanta curiosidad que una noche se levantó para espiar si alguien salía o entraba de allí”.  

Mi primo, que era cuatro años menor que yo, se arrimaba a su hermano y le cogía de la mano. La habilidad de mi abuela para describir cómo le temblaban las piernas a Ramonet cada vez que escuchaba algo, que a veces le parecía el gruñido de un animal, otras el ronquido de un hombre y otras el chirrido de un pestillo que hacía temer que se abriese la puerta, nos inquietaba a todos. Como si fuera posible que la historia que conocíamos cambiase y, esa vez sí, ocurriera algo terrible.

Hoy el desenlace nos horroriza, pero entonces, cuando el barco en el que viajaba Ramonet llegaba a puerto y descubríamos que veía salir de su encierro a un hombre negro, alto como un gigante y fuerte como Sansón, con grilletes en las muñecas, respirábamos aliviados. Insistíamos en preguntar quién era el negro, quién. Pero eso Ramonet no lo contó porque no lo sabía. Seguramente, habría hecho algo muy malo y lo llevaban preso, aclaraba la abuela.

Ella nunca pronunció la palabra esclavo. Ni hubiera creído a quien le dijera que el Ramonet xic, el protegido del señor Cirilo, sí lo supo un día y le fastidió que la ley le impidiese seguir con el comercio que tanto había enriquecido a su benefactor. Aunque, gracias a otro tipo de negocios no tan indignos, pero tampoco claros, logró enriquecerse hasta convertirse en el pariente de Cuba del que todos esperaban la herencia.

Regresó al pueblo solo una vez, con más de cuarenta años. Saldó la deuda que tenían sus padres con la casa y el huerto y regaló a mis bisabuelos una caja de cigarros habanos y otra de ron.

“A cambio –decía la abuela– siguiendo el ejemplo del señor Cirilo Magem, el Ramonet Xic, a quien todos seguían llamando así, aunque ya había crecido mucho, también se llevó a al Caribe a una niña, mi hermana pequeña. Para eso tuvo que retrasar el viaje y esperar a que cumpliera quince años. Se casaron en la parroquia de Arenys de Mar, con todos los vecinos agolpados dentro y fuera de la iglesia”.

La historia de la boda y el convite era casi tan larga como la del viaje. Por eso, llegado este punto, mi abuela movía la mano como si se sacudiera a los niños de encima. “¡Hala, a correr, que ya os la contaré otro día!”.



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