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«quédate en casa el último día de clase»

«¿Dónde está María? ¿La habéis visto?» No se sabe bien a qué se dedica María L. durante la media hora que dura el recreo. «Está haciendo el Trabajo de fin de curso.» Ningún profesor les ha dicho que tengan que hacer un trabajo de fin de curso. Los profesores no tienen ni idea del asunto y piensan que es una broma. Más tarde, ya de noche, solos en sus despachos, pueden acordarse del tema en algún momento diciéndose que la niña de las rodillas raspadas y los ojos con pupilas como pupilas de animal tal vez haya cambiado. Los alumnos por su parte suponen que debe ser una especie de castigo que María tiene que cumplir. «Voy a seguir con mi trabajo de fin de curso», dice ella todos los días. Ninguno quiere molestarla con eso. 

El año pasado María dejó el colegio. Porque era caro, no aprendía nada y ya le estaban fastidiando. Eso podría haber funcionado si María hubiese cumplido los 16, pero todavía tiene diez años. En cualquier caso, consiguió mantenerse fuera durante unas cuantas semanas, y a lo largo de esas semanas parece que estuvo aprendiendo cosas por su cuenta. Cuando la obligaron a volver su mochila pesaba más de lo normal y el trabajo de fin de curso se había convertido en una prioridad. Una manera de demostrar sus nuevos conocimientos al margen de las instituciones. Lo natural sería que María se encerrara en la biblioteca, pero en realidad no la necesita en absoluto. Ya no. Si alguien le preguntase María contestaría: «He hecho ahí todo lo que tenía que hacer.» También sonreiría porque acaba de descubrir que una sonrisa bien empleada es más útil que una navaja suiza con conexión a internet. Pero nadie le ha preguntado. 

Si alguien la siguiese —algo difícil porque María ha aprendido a tomar precauciones— y dibujase sobre un plano sus movimientos se sorprendería contemplando dibujos extraños. Formas reconocibles aunque sin interpretación aparente. Invocaciones, quién podría asegurarlo. De seguirla alguien, recorrería tras ella las galerías inferiores del colegio. El gimnasio, el aula de tecnología, la sala de calderas. Si alguien lo hiciera inevitablemente escucharía el sonido de algo metálico golpeando suave e insistentemente el hormigón. Un pequeño martillo carcomiendo durante meses los pilares de sujeción del edificio. Un salmo remoto convertido en melodioso susurro infantil. En el improbable caso de que fuese sorprendida, María se retiraría un mechón de la cara y respondería sin apartar la vista de su trabajo: «No deberías estar aquí. Ninguno de los dos deberíamos estar aquí.» Y ya sería demasiado tarde para impedir nada, porque María ha avanzado mucho en su tarea últimamente.


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