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Lo que la ventana contempla

–Asqueada. Estoy asqueada. Asco. Tengo asco ¿entendés? Asco asco asco. Estoy llena. Empachada. Como cuando comés tomando coca-cola y quedás hinchada de líquido oscuro y gaseoso sin poder moverte.
–Pero la coca es rica…
–Sí, justamente. La coca es rica. Te atrae. La ves y te resulta irresistible, simplemente irresistible. Y decís ¿por qué no? Y ahí es cuando cometés el error garrafal: sabiendo que te hincha, comés, con coca cola, porque es rica. Eso me pasa ¿ves? Sigo encontrándome con tipos que me empachan. Sigo tomando coca.

–Susana, el mozo te pregunta qué vas a tomar – le dice Sergio forzando amabilidad en el tono exasperado. Susana deja de mirar la mesa de la ventana.
–Ah, sí… una sevená lai – y vuelve a mirar al frente apurada, como si se hubiera perdido una parte. Sergio la mira alternando con la pared. La ve sonreírse o poner cara seria, absorta en la conversación de las chicas que conversan cerca de la ventana. ¿Cuándo fue que empezó a mirar para otro lado? Susana, ¿no? A reírse o disfrutar, a estar triste a través de otros, Sergio no se acuerda. Sí que antes eran ellos los mirados por reírse fuerte o charlar a los gritos o darse besos apasionados. Ahora son los que miran. Aunque en realidad él se limite a mirar a Susana mirando a otros.

–Como cuando un pantalón que encontraste olvidado en el ropero, de repente te queda fantástico. Por qué no lo usabas, no importa. Salís chocha con tu pantalón reciclado, apretado. Tan apretado que en la mitad de la noche dejás de respirar. La bragueta se desliza, se abre una y otra vez por más que la subas. Y te acordás. Te acordás por qué dejaste de usarlo… La gente no cambia. 

Susana larga la risa de delfín. A Sergio le sorprendía la habilidad que había desarrollado su esposa en escuchar conversaciones ajenas o simplemente imaginarse toda la historia que estaba atrás de dos personas que miraban vidrieras, declarando un “son amantes” o “es la primera vez que salen juntos”, tan segura, que Sergio dudaba. Ella parecía sentirse mirando una película hasta que, creyéndose invisible en la sala oscura o detrás del televisor, algo la delataba y los observados se iban fuera de su campo visual. Sergio optó por adaptarse. Era eso o matarla. O matarse. Y ser protagonista.


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