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Al atardecer en el puerto




Muchos barcos habían partido desde ese Puerto de aguas grises: algunos para no volver, otros para volver tarde. Cada despedida suponía mantener varias decenas de corazones encogidos y pendientes de las noticias que llegaban crepitantes a través de las viejas y oxidadas radios durante semanas.
Nadie recuerda qué barco fue el que causó que durante años una Mujer se acercara cada atardecer al puerto, con el rostro compungido y las manos cruzadas contra el pecho. Todos los días, siempre a la misma hora, la misma mujer se acercaba al mismo punto del puerto, en el que permanecía estática hasta la caída de la noche. Todos los días los vecinos la veían pasar, taciturna y melancólica, aguardando durante horas con la mirada puesta en el horizonte, esperando.
Los viejos del lugar que habían tenido la suerte de marchar y volver se llevaban las manos al sombrero en señal de respeto; las ancianas, recordándose a ellas mismas en otras tardes pasadas a la espera, fruncían las cejas con pena. Los jóvenes la admiraban por la fidelidad de su cariño; las jóvenes suspiraban pensando en la historia de amor tan perfecta que se escondía detrás de aquellas horas de vigilancia.
Nadie la conocía en el pequeño pueblo, no se relacionaba con nadie ni salía más que para acudir a su cita con las tablas del embarcadero donde esperaba, día tras día, durante horas. Las pocas veces que acudía a comprar a las tiendas de la aldea, no hablaba con nadie.
Nunca había existido amante tan abnegada.
Con el paso de los años la gente intentó hacer memoria y descubrir qué barco era el que se había llevado parte de la vida de Aquella Mujer. Por más que se recordaban nombres y tripulantes (¡cómo olvidar alguno, viviendo como vivían por y para el mar!) nadie conseguía establecer una conexión, una ausencia, una explicación a todos aquellos años de espera desesperada.
¿Quién se había marchado para no volver? ¿Quién era el causante de aquel desvelo?
Los más viejos del pueblo remendaban las redes con el ceño fruncido, repitiendo listas de nombres de barcos y de vecinos desaparecidos una y otra vez, hasta convertirlas en un mantra, una lenta letanía que cantar con la voz quebrada por el frío y la humedad.
Año tras año, la mujer seguía yendo todos los días al mismo sitio, a la misma hora, a esperar.
Nadie sabía de qué vivía, qué hacía aquella mujer cuando se encerraba en casa. ¿De dónde sacaba dinero para comprar, si no se le conocía oficio ni beneficio? ¿Por qué no se relacionaba ni con sus vecinos de la puerta de al lado? ¿Por qué no iba a misa, ni a las reuniones en la cofradía, ni a ninguna actividad de la pequeña aldea? No mariscaba con el resto de las mujeres, ni se unía a los corrillos que se reunían por las tardes en las puertas de las casas.
Poco a poco, los habitantes de la aldea fueron mirándola con recelo.
Había más viudas en el pueblo: mujeres que durante meses también habían acudido al puerto, a otear el horizonte con ansiedad, a destrozarse las rodillas rezando en la pequeña y húmeda capilla. Poco a poco habían perdido la esperanza; poco a poco habían vuelto a sus vidas. ¿Por qué aquella mujer no renunciaba, después de tantos años, a toda esperanza y seguía adelante como habían hecho ellas? ¿Acaso pretendía demostrarles que su cariño era más intenso, más puro, más fuerte? ¿Acaso era posible que tuviera tanta arrogancia dentro de su cuerpo?
¡Qué absurda estaba, plantada todos los días allí, como un pasmarote, mirando como una pasmarota al horizonte! ¡Qué imagen tan ridícula, con sus pelos grasientos y sin teñir, con su ropa sucia y mal remendada! ¡Qué imagen tan estrafalaria!
Más años fueron pasando, los más viejos fueron muriendo y los que habían sido jóvenes ya no lo eran tanto y tenían otras cosas de las que preocuparse. Los niños empezaron a contar historias sobre aquella mujer: decían que era bruja, que cocinaba niños y se los comía, que envenenaba la arena para que el marisco muriera, que realizaba extraños encantamientos para que los hombres volvieran de pescar con las redes vacías. Se rumoreaba también que si se cruzaba con una mujer embarazada ésta perdía al bebé de sus entrañas, que las parejas que se cruzaran con ella no se casaban, que partir en barco estando ella en el muelle era signo de muerte.
La aldea empezó a odiarla, a conspirar a sus espaldas. Las madres advertían a sus hijos, los hombres renegaban en voz cada vez más baja cuando ella se acercaba, día tras día, con pasos cada vez más inseguros. Se hablaba de ella en las tabernas y los más jóvenes y bravos escupían en su dirección.
Todo el pueblo la odiaba.
Una tarde, tras semanas de no poder salir a faenar por el mal tiempo y demasiadas jarras de vino ácido, oscuro y tibio de la taberna, una cuadrilla compuesta por los jóvenes más fuertes y osados de la aldea llegó a la conclusión de que la causa de todos sus males era la presencia de aquella anciana en el puerto. No cabía duda de que aquella mujer era bruja: una de las peores que había conocido nunca la historia, y que mientras ella vagara por el puerto ningún barco podría volver a la mar. Habló el vino a través de aquellas gargantas roncas, los ojos vidriosos se llenaron de ira, y antes de lo que se tarda en contarlo, aquellos jóvenes bravos y temerarios llegaron al puerto, golpearon a la mujer y la lanzaron al mar.
Aquella noche hubo vino y canciones en la taberna, y, durante meses, un cuerpo descomponiéndose en el fondo del mar.


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