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El cielo abierto (Qué bonito es salir a pasear y que ocurran cosas capítulo 2)




[Fotografía: no es el cielo de hoy sino uno de un tiempo pretérito cuando aún tenía ganas de llevar la cámara conmigo a todos lados]

En esta Nueva Normalidad™ en la que ya estamos sigo con la cabeza centrifugando, con la capacidad de concentración de una zapatilla y con la vida atolondrada. Si bien tengo que reconocer que nunca fui un prodigio en cuanto a capacidad de concentración y que si llego a nacer 10 años más tarde me habrían diagnosticado un trastorno de déficit de atención e hiperactividad*, lo de esta temporada es exagerado hasta para mí. Vamos, que sigo viviendo porque no tengo que concentrarme para respirar, que si no...
Como ejemplo de lo que digo, este párrafo que acabo de escribir.
Creo que he batido algún record Guinness
en cuanto al uso de la palabra concentración en un mismo texto.
Salgo a dar largos paseos todos los días, para ver si se me aclara la mente, pero de momento lo único que he conseguido es que me salga una ampolla en el dedo meñique del pie derecho. Debe ser de los calcetines, porque el calzado que llevo tiene más años que el hilo negro y está perfectamente amoldado a mis pies... o eso, o que como me dice mi padre siempre, "es que estás mal hecha".
A ver, al grano, que me lío.
El caso es que hoy yendo Tan Tranquila Sin Meterme con nadie por una de las calles de esta aldea urbanizada/urbe rural/Lugo, me ha parado una señora cogiéndome del brazo.
SEÑORAQUENOMETOQUEQUEHAYQUEMANTENERLADISTANCIAHOSTIAS
Era el prototipo de abuela entrañable, de esas que parecen sacadas de la portada de un libro de recetas de cocina caseras. Pequeñita, redondita, con el pelo blanco inmaculado, con sus gafitas de nácar y sus perlitas en las orejas, de esas que evocan olor a jabón de lagarto y polvos de talco.
Una señora típica tópica.
Sin soltarme el brazo** achinó los ojos (creo que sonreía, pero con la mascarilla quién sabe) y me dijo:

- Tienes el cielo abierto.

Tras mirarme unos segundos con los ojitos aún achinados, siguió su camino.
La contemplé mientras se iba con sus pasitos de señora típica a sus quehaceres de señora tópica con una ceja levantada y la boca abierta. Tengo un don para toparme con desequilibrados mentales cuando voy tan tranquila por la vida sin meterme con nadie, así que no le di mucha más importancia y seguí mi camino, pensando en cómo están las cabezas y que hay que ver cómo se nos va.
Fui a la frutería.
Fui a la farmacia.
Fui al estanco.
Me paré en la calle con una conocida y estuvimos de conversación un buen rato.
Volví al estanco porque me llamó mi padre para que le cogiera tabaco a pesar de que un par de horas antes cuando le pregunté si quería algo me dijo que no, ejem, ejem...

Un buen rato después, llegué a casa.
Al mirarme en el espejo del ascensor, tuve una epifanía, y entendí las palabras de la señora.
Y comprendí que aún queda poesía en el mundo.


Tenía la cremallera del pantalón bajada.




* Hiperactiva ya os digo yo que no soy, que uno de mis superpoderes es el de poder yacer en el sofá durante horas sin moverme.
** Fernando Simón, lo siento: yo hago lo que puedo, pero la gente tiene la manía de tocar al prójimo.


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