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Vuelta (y revuelta)



[Imagen: Undermilano Project]
He vuelto a casa, después de dos meses y pico.

Tuve la suerte de pasar el confinamiento en mi aldea, un pequeño núcleo en lo más recóndito de los Ancares lucenses.
10 vecinos (media de edad, contándome a mí, 70,8 años).
Unas 37 gallinas, 27 vacas y 6 perros.
0 bares.
0 wifi.

He estado bien, o todo lo bien que se puede estar cuando de repente la realidad en la que llevo viviendo toda mi vida se para en seco.
He podido pasear y respirar aire puro, maravillarme del resurgimiento de la naturaleza tras el invierno, ver como los cerezos se cubrían de flores y luego de cerezas.
Han estado mucho más rápidos los pájaros que yo,
y no he podido ni probarlas aún.
He tenido más video-cañas con los amigos de las que pensé poder tener en mi vida y, aunque no es lo mismo, me han servido de consuelo muchas veces.
He leído un montón (pero en serio, una auténtica animalada).
He recuperado horas de sueño acumuladas desde hacía años.
He organizado los armarios.
He limpiado a fondo.
He intentado limpiar y organizar mi cabeza pero en eso, como siempre, he fracasado.

He vuelto a casa.

Estos días Estoy paseando muchísimo, reencontrándome con la ciudad. Todo parece igual, y todo es distinto.

Hoy, paseando aprovechando los rayos que sol que nos quede antes de que venga de nuevo el invierno (o eso parece, según las predicciones) me he encontrado con un conocido al que hacía tiempo que no veía.
Lo de sonreír a través de una mascarilla es de las cosas más difíciles que he tenido que hacer últimamente.
Charleta de rigor holaquétalcómoerstánquétaltodoquévidamásrara.
Me dice que el confinamiento me ha sentado bien, que estoy muy guapa.
Me lo han dicho mucho estos días...
...creo que las mascarillas son un boost de belleza para los cardos como yo.
Que si tengo tiempo para un café un día de estos.
Que hace mucho que no quedamos.

Y de repente, flashback en mi mente que llevaba reteniendo desde el principio de la conversación.
Recuerdo una noche en la que coincidimos en un pub.
Hubo muchas cervezas, un beso robado, una declaración de amor formal y un momento muy incómodo.
Mi expresión, a pesar de la mascarilla debe delatarme, porque sonríe.
Y así, a bocajarro, me dice directamente que promete no volver a besarme.
Que sabe que yo no soy para él.
Que ha aprendido a quererme sin esperanzas.
Que le basta con tomarnos un día un simple café, sin más.

Nunca podré tomarme ese café con él.
Nunca podré tener una conversación cómoda con él.
Porque nunca podré superar la sensación de culpabilidad que siento cuando pienso en que nunca le podré querer.
Y, sinceramente, estoy hasta las narices de sentirme como una mierda y de ir dejando cadáveres a mi paso.

Creo que me voy a volver a mi aldea.
Con mis 10 vecinos, las 27 vacas y la rutina sin amores no correspondidos.



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