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Ludwig Wittgenstein el filósofo multimillonario que renunció a su herencia para vivir humildemente


Hay gente comprometida con sus aficiones, con su carrera científica o artística a tan alto nivel, que todo lo demás le parece un estorbo, un impedimento para alcanzar su objetivo. Cuando hablo de todo lo demás me refiero a lo más básico, tener que pensar en dormir, comer,  en los amigos... Habitualmente pensamos que el dinero es lo que necesitaríamos para dedicarnos sin problemas a aquello que nos apasiona, a aquello a lo que estaríamos dispuestos a consagrar nuestra vida. Sin tener que preocuparnos por el dinero, todo sería más fácil. El filósofo Ludwig Wittgenstein tenía otra creencia.

Nuestro protagonista de hoy nació en Viena en 1889 y, entre otras cosas, fue filósofo y matemático. Su trabajo sobre lógica es uno de los más importantes de la historia. Aunque más tarde se nacionalizó británico, Wittgenstein pertenecía a una familia importante y acaudalada de aquel mítico imperio austrohúngaro que tanto le gustaba a Berlanga. Por lo tanto, tenía resuelta la vida para dedicarse a su mundo filosófico, o a lo que quisiera, sin tener que pensar en trabajos, madrugones, salarios, jefes… Para que se hagan una idea, su padre, Karl, estaría con toda seguridad en esos listados que se hacen en algunas revistas con los hombres más ricos del mundo.

Cuando Karl Wittgenstein, el padre, falleció en 1913, la fortuna se repartió entre sus hijos. Por cierto, uno de ellos, Paul, merece su propia curistoria. Esto convirtió a Ludwig, nuestro filósofo, en un joven de 24 años multimillonario, que ya estaba estudiando en Inglaterra y haciendo aportaciones en el campo de la ingeniería. Fue alumno allí de Bertrand Russell, otro de los pilares de la rama de la filosofía y las matemáticas dedicada a la lógica, y con el paso del tiempo su interés por esta y por la filosofía fue creciendo, conquistando poco a poco su vida.

En 1919 Ludwig Wittgenstein renunció a todo su dinero a favor de sus tres hermanos: dos hermanas y el ya mencionado Paul. La renuncia, para ser honestos, no fue para dedicarse a filosofar, que también, sino que hubo una mezcla de motivaciones, entre las que estaba la religión. Quería llevar una vida sencilla y, según parece, Wittgenstein quería dejar de lado todas las preocupaciones mundanas y todas las ventajas de su posición. El dinero, más que darle tranquilidad y claridad a su mente, le generaba dudas, problemas y distorsiones. Sus asesores y abogados, cuando les comunicó su decisión de empobrecerse hasta el extremo, lo consideraron un loco y trataron de convencerlo de que desistiera, sin éxito. Es más, Wittgenstein insistió en que nunca le devolvieran su parte de la herencia, por mucho que lo pidiera o lo necesitara.

El precio que tuvo que pagar fue la escasez durante el resto de su vida y trabajar como la mayoría de los hombres, él que podía haberse dedicada a la vida contemplativa y a cualquier cosa que hubiera deseado, sin tener que preocuparse por cómo ganarse el pan. De todas formas, sus últimas palabras antes de morir hacían referencia a lo feliz que había sido su vida.


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