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El espacio vital estético fue aquel huerto cerrado del Cantar de los Cantares que había profetizado el Arte.


El Renacimiento es la patria del Arte. Porque para entender el Arte es preciso entender el Renacimiento. Sólo así comprenderemos por qué el ser humano quiso crear un entorno estético que hablase por sí mismo, un escenario pictórico que, a diferencia del plano antiguo de los grabados góticos de antes, donde el fondo no era más que un plano sin nada material conocido, Ahora era, sin embargo, un Mundo equilibrado, autosuficiente, cerrado, pleno y lleno de vida; todo un motivo inspirado en un Cantar profético sagrado que había representado ya en verso lo que los pintores llevaron luego al sentido visual más perfecto de un espacio.   ¡Qué hermosa eres, amada mía! ¡Cuán hermosa eres! Tus ojos son palomas detrás de tu velo. Tus cabellos son rebaños de ovejas que van por las montañas. Tus dientes como hatos de ovejas que suben del arroyo... Como cinta de púrpura son tus labios, como mitades de granada son tus mejillas...  Como mellizos de gacela son tus pechos. Eres toda hermosa, amada mía, no hay en ti defecto... Me has arrebatado el corazón con tu mirada. Cuán dulce es tu amor... Miel destilan tus labios... Un huerto cerrado es mi amada, un manantial cerrado, una fuente sellada...  El Cantar de los Cantares describía el lugar metafórico del huerto cerrado, un espacio que hacía referencia al paraíso o al jardín representativo de todas aquellas bondades espirituales del mundo. El Renacimiento expresaría lo sagrado con los alardes modernos de su perspectiva nueva y de su belleza fingida. Así como el Cantar finge un deseo amoroso para expresar una devoción sagrada, así el Renacimiento finge una anunciación sagrada para expresar una pasión visual distinta. Pero la imagen es más delatadora que el verso. Por eso los pintores supieron elegir entonces la perfección estilística renacentista como un motivo sagrado para enaltecer una sutil metáfora originaria. Con ella, con la descripción sagrada del paraíso cerrado del Cantar, expresaron la Anunciación evangélica como el sentido justificativo más armonioso de lo que, para ellos, fuera la Pintura. 

El Arte pictórico debía ser ese huerto cerrado, ese espacio vital que expresara, en un único escenario delimitado, la realidad completa de lo que debiera ser expresado con belleza. En su obra Anunciación del año 1490, el pintor florentino Lorenzo di Credi (1459-1537) llevaría esa forma de representación sutil del Arte al modo más perfecto de justificación artística. No sólo representa una visión sagrada sino que expresa, inspirado, el sentido metafórico de aquellos versos antiguo-testamentarios. El ángel es el amado que, ahora, necesita clamar una emoción sentida profundamente en su alma. María es aquí la amada que brilla en todo su esplendor. Incluso en la predela inferior en grisalla se observan las tres representaciones del Génesis donde la amada es creada primero, luego es tentada y después es rechazada. Para ser amada así, como lo es ahora, antes debe padecer esas tribulaciones. Aquí el existencialismo viene a mostrar la fuerza del amor como sentido de la vida. Pero, no basta. Hay que expresar un mundo diferente para saciar ese sentimiento nuevo tan poderoso. El Arte se asocia ahora con el amor claramente. Para el amor, para los amantes, el mundo es transformado totalmente, se vuelve ahora un paraíso cerrado donde la belleza fluye sin parar... y las fronteras de ese amor son ahora las fronteras del mundo. Como en el verso salomónico. Pero, también, como en el escenario creado ahora por el Renacimiento. Un espacio pictórico que llevaría a delimitar todo el sentido de una creación artística. El anuncio es un mensaje nuevo que conlleva vida, pasión y esperanza. Como el amor. Como el sentimiento de los creadores al componer un cuadro. Un espacio donde el contenido no sea otra cosa que la única realidad existente en el mundo. No hay más. Está cerrado, delimitado por la belleza y por su misterio. Como la Anunciación. El amor representado finge ahora una cosa distinta. El ángel es ahora aquí el amado que se transforma, que finge ser una cosa tan sagrada que no existe realmente en el mundo. Por eso es expresado con alas, no hay otra forma mejor con la que los pintores puedan componer así al amado amando. La figura de María es aquí la amada, ella es transformada por el amor con los máximos elogios habidos o existentes, incluso con los no existentes, con aquellos que la hacen ser mucho más de lo que es. Como en el amor... o como en el Arte.

Luego está el espacio, ese lugar mítico pero real. Los renacentistas supieron siempre que el mundo real era el mejor encuadre para expresar el sentido metafórico de su Arte. Las formas son perfectas porque el hecho representado lo es. No hay otra forma mejor de poder transformar la vida sufriente y sórdida. Ahora no hay tentación ni rechazo; por eso los colores, los ángulos, los arcos, las distancias, los perfiles y las sutilezas del espacio son llevados a la máxima perfección. El entorno natural de la vida del paisaje no es un paisaje más, es la única explicación para hacer de una Anunciación una realidad en el mundo. Pero, ¿qué mundo? El de los amantes que buscan así una justificación a lo que sienten. No hay otra forma de sentir que con el mundo, pero, sin embargo, un mundo ahora de belleza, de armonía sentimental, de límites justificados. Sólo la delimitación llevará a la belleza. No hay belleza sin límites. Como no hay Arte tampoco sin él. El Renacimiento fue una suerte de anunciación estética que alumbraría un paraíso perdido donde, ahora, el ser humano  pudiera recomponer su grandeza. ¿Qué deseaba sentir entonces un pintor al componer una obra? ¿Debía expresar sólo la figura o el alarde físico de lo que fuese? No. Los pintores del Renacimiento comprendieron que la expresión artística debía ser la representación de una emoción trascendente que había sido olvidada o perdida. Al amparo del mensaje sagrado de entonces lograron componer subliminalmente la única realidad estética del mundo: que el deseo más misterioso de la vida es aquel que lleva siempre un escenario cerrado donde poder expresar un amor imposible.

(Óleo Anunciación, 1490, del pintor del Renacimiento Lorenzo di Credi, Galería de los Uffizi, Florencia.)  


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