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Cine colombiano y La tierra y la sombra




El primer largometraje de la historia (The Story of the Kelly Gang) celebraba su estreno en diciembre de 1906, hecho que sucedería en Colombia con la película María en 1922, dirigida por el español Máximo Calvo. Sería la segunda producción colombiana La tragedia del silencio(1924) que estaría dirigida por un colombiano, Arturo Acevedo Vallerino, nacido en Antioquia, producción que alentaría a Medellín a producir más filmes.

La tendencia desde entonces en el Cine Colombiano, era de alguna manera dejar, en esas cintas, un legado de la época en la que eran filmadas, algunas incluyendo pedazos documentales de las calles del país, otros abordando temas históricos, como sucede en Camilo el cura guerrillero (1974).

El Cine no solo ha sido en Colombia un arte para mostrar belleza, sino una herramienta de denuncia, de denuncia hacia el estado, hacia las injusticias, hacia el sistema, hacia los mismos colombianos, el cine ha sido el hombro que han buscado los artistas y que la televisión nunca ha ofrecido, aunque también censurado, como sucedió en el caso de Garras de Oro, film que lanza critica a EEUU por la separación de Colombia y Panamá, son tantas las injusticias sociales y políticas las que suceden en el país, que de manera documental, dramática o cómica, siempre se han buscado dejar como testimonio en la pantalla.

Y es que claro, aunque el tema sea fuerte, delicado o la realidad sea aplastante, si hay una característica fiel a nuestro pueblo es buscar la risa a pesar de la adversidad, secuencias cómicas como la madre e hija españolas que luchan por hacer un trámite en Colombia (La gente dela universal 1991), nos sacaron una carcajada a más de uno, y aún siguen siendo pequeñas denuncias de un sistema absurdo del  que no nos queda más que reírnos.

Esta tendencia ha hecho que la mira del cine colombiano contemporáneo apunte mayormente hacia el campo, el sector que tiende a ser más víctima de las injusticias y aun peor, a ser invisibilizado. Despertando un interés en los artistas por ser sus reflectores, por darles protagonismo, voz, y también con la idea de que son estos personajes y estos sectores el verdadero legado de la identidad colombiana, aunque también seguramente incentivados por concursos como el FDC, para los que resultan más atractivos este tipo de contenidos.

La tierra y la sombra, película ganadora de éste estímulo y apoyada por Pro imágenes, narra la historia de una familia sumergida en caña de azúcar y cenizas, un esposo enfermo en cama que empeora por el polvo del ambiente, una madre que se niega a dejar su hogar, un padre que regresa a casa, una esposa que lucha por sobrevivir y un niño en medio de los cuatro.




Varios personajes de los cuales ninguno es el protagonista, si no el entorno en el que parecen atrapados. La historia se desarrolla sin profundizar en ninguno, apenas dándolos a conocer y a través de ellos, presentarnos su realidad, el sector cañero, el campo, las condiciones injustas de trabajo, el mal pago, el terrible ambiente en el que deben vivir y la vida que deben luchar. A través de ellos y de pequeños elementos y detalles logramos entender mejor al protagonista, no es solo el polvo que levantan los camiones al pasar, es la ceniza en el aire y el humo de las quemas que han alejado hasta los pájaros, y como sobreviviente solo ha quedado un árbol al frente de la casa familiar que pronto deberá huir al igual que las aves. Como sucede en la primera secuencia de la película, el progreso arrasa y levanta polvo, y ellos deben hacerse a un lado, y seguir caminando.



La película, cuyo argumento es bastante dramático, se desarrolla de manera pasiva a través de planos contemplativos y una banda sonora que se limita a capturar el ambiente, lo que la hace más real. Los escenarios se sienten naturales, nada luce artificial y los días grises, un resultado más de las quemas de caña.





Bajo la dirección de Cesar Augusto Acevedo, cabe mencionar que el film ha sido ganador de 4 premios Cannes en 2015.


Este estilo ha sido bastante utilizado en nuestro cine, poca música, mucha naturaleza, personajes atrapados, y una cámara tranquila que solo observa. La realidad por si misma pone el drama, no necesita adiciones. El cine colombiano sigue siendo retrato de denuncias, y legado de realidades.

















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