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No leo a Dostoievski, no



No lees a Dostoievski, no lees a Dostoievski, pues no, como si tuviese tiempo para todo, solo leo libros de escritores anónimos, periódicos con fundamento, páginas con fotografías de anatomía, música de chimpún. Además los escritores rusos me aburren, que vino uno de barbas a cenar a mi casa y se pasó la noche hablando raro, que no se le entendía Nada y encima me quemó el mantel con la ceniza del puro. En cambio Puri, una bloguera, “Como Agua de Marzo”, la esotérica, la de las hadas y Brujas Buenas, me hizo un conjuro, una sanación, una limpia (que no sé muy bien en qué consistía y mucho menos para qué, tuve que quedarme en pelotas, bueno, con calcetines) y acabamos en sano ayuntamiento hasta las tantas que, ya ves, no sabía que las seguidoras de las brujas (buenas) eran tan fogosas, tan viciosas, leches, que así no puede uno escribir, que le tiembla la mano y se le juntan las teclas, ay la Puri. Pero eso no es nada con lo de Aguardiente, la del blog  “Tormenta tropical”, la que escribe sonetos alejandrinos, en principio una dama, pues no, que quedamos en un bar cántabro para conocernos y eso y resulta que era un señor de bigote, calvo, asturiano, con más espuelas que el gallo de Morón, que me dijo que se cuadruplicaba para probarse, sus cualidades literarias, que tenía otro blog dedicado al conflicto en Cataluña, otro al cultivo de las orquídeas y otro como consultorio sentimental tipo Elena Francis qué, cosas de la vida, el encargado también era un señor, censor, que daba consejos moralistas del tipo “aguanta, hija, ya sabes cómo son los hombres, etc”,  polifacético el de Oviedo, nada sospechoso de doble sexualidad, o triple, que cuando me vio ni me propuso matrimonio ni otras desilusiones, que las cosas ya no son lo que eran, que me veo fotos de cuando eran y resulta que soy mi propio nieto y me obstino en pensar en mañana cuando ni siquiera ha pasado ayer y Valente insiste en

Cómo se abría el cuerpo del amor herido
como si fuera un pájaro de fuego
que entre las manos ciegas se incendiara.

No supe el límite.

Las aguas
podían descender de tu cintura
hasta el terrible borde de la sed,
las aguas.


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