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El rey se muere

BAFICI: La muerte de Luis Xiv (Albert Serra)



La muerte de Luis XIV (Albert Serra) es una película tan extraordinaria que hasta vale la pena de cruzarse con Beatriz Sarlo en la sala de Caballito.

Es extraordinaria desde el plano inicial hasta el último, por cada centímetro de la enorme pantalla del Village.

Conmueve ver cómo resuelve Serra encuadrar cada plano del avance de la muerte majestuosa, con el tono justo, ni patético ni cómico. Serio sin perder el humor. Que la emoción surja de la profunda empatía que la cámara logra ante el hombre viejo que va descomponiéndose desde el pie, cuyo cuerpo va entregándose de a poco a la materialidad de las cosas inertes.

Ese hombre es el Rey Sol y se extingue como se apaga una estrella vieja. Así lo filma Serra. Centro solar en torno al que gira un sistema de seres que pasan sus días haciendo su voluntad oscura, entrenados para una solemnidad algo desubicada ante la simple muerte. Ellos tienen que hacer lo que el soberano diga, todo menos morirse por él, eso es algo que él debe hacer solo, como cualquiera. "La próxima vez lo haremos mejor" comentan discretamente los hombres de ciencia cuando todo se ha consumado. La ciencia aprende de sus fracasos.



"L'État, c'est moi" había dicho ese hombre cuando era un púber, algo que la película no muestra pero que la supone. Estado se despoja de sus carnes y sus huesos, los deja caer con toda su pompa más vana que nunca. Antes, Serra lo filma en el suave ensueño y en la larga noche de dolor que nadie puede aliviar.

En su declinación, Luis XIV es requerido todavía como soberano, toma unas últimas decisiones de rutina real, cumple resignado un mínimo protocolo, desvaría un poco, confiesa algunos pecados incomprensibles y la cara se le ilumina solamente cuando toma contacto con sus perros, a los que no les importa que sea el Estado, sino que sea él.


El Rey Sol se muere como cualquier otro. Quizás todo el calvario sea más opresivo para los miembros de su corte, por el encierro y la atención que el soberano les demanda hasta que estén totalmente seguros que él expiró.

La impresionante máscara de Jean-Pierre Léaud, entregada a las leyes naturales, a la corrosión del tiempo, lleva consigo la historia del cine moderno. Es él mismo una gran estrella que se apaga. Serra lo elije astutamente: este rostro macilento supone la risa fresca de Antoine Doinel en Los 400 golpes: "Le cinema c'est moi" podría haber dicho.

Serra logra junto a su iluminador Jonathan Ricquebourg un prodigio en la modulación de la luz, que vibra con cada ligero temblor de la piel moribunda del Léaud y se filtra con delicadeza por entre la oscuridad de la cámara real. Con el tiempo exacto de cada plano, con los pequeños detalles banales que acompañan el avance indefectible de la gangrena, la película recorre un arco dramático elegante, solo un poco desviado por el toque de humor macabro que la muerte siempre trae.

La muerte de Luis XIV muestra a un cineasta que no se agota en unos rasgos de estilo ya conocidos en su filmografía previa, sino que piensa formas nuevas de narrar un acontecimiento harto sabido, aunque recorra los bordes mismos de la muerte del cine. Inesperadamente dialoga con los mejores momentos de la tetralogía del poder de Sokurov.


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