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El círculo

Sandro Soba, hijo de Adalberto Soba, militante desaparecido durante el Gobierno militar, presentaron el 24 de abril una denuncia contra Mermot, actual presidente del Círculo Militar, “por apología de torturas y amenazas a la Justicia”


De Sandro Soba: Hoy es una tarde donde la verdad como la justicia siguen ausentes: las mentiras y la vanalización de las tortura en dictadura nos trata de ganar la cabeza. Lo que ellos llaman exceso fue tortura, como claramente lo dijo el fiscal y presunto inmediatamente la apelación. Arriba los que luchan y si no hay justicia, habrá condena social .



Daniel Gatti
 14 de mayo 2017


 Sandro Soba, que hoy tiene 47 años, tenía 8, su hermano Leonardo 6 y su hermana Tania 3, cuando en la tarde del 26 de setiembre de 1976 una banda de militares argentinos y uruguayos invadieron su vivienda en la localidad de Haedo, en la provincia de Buenos Aires.

A los fondos de la casa funcionaba una imprenta, de lo poco que quedaba en pie del ya diezmado Pvp. Su padre Adalberto trabajaba en ella y en el local estaban ese día otros dos militantes de ese partido. Muchos años después, por algunas fotografías que le mostraron durante un juicio en Argentina, Sandro los reconocería como Juan Pablo Errandonea y Raúl Tejera. A Juan Pablo, que apenas llegaba a los 20, lo identificó por sus grandes lentes, que fue lo primero que le partieron los milicos cuando arrasaron con la casa; y a Tejera lo ubicó como “el compañero más grande que estaba allí. Le golpearon la cara contra el marco de la puerta y me acuerdo bien de cómo sangraba”, dice. Esa tarde de hace 39 años a los Soba les llevaron un regalo. Así se lo anunciaron los militares a la madre de Sandro, María Elena Laguna. “Venga a ver lo que le trajimos”, le dijeron, y la llevaron al fondo de la casa. Envuelto en una frazada, desnudo, ensangrentado y empapado, allí estaba Adalberto Soba. Sandro también lo vio porque corrió detrás de la madre. “Me acuerdo de la vieja gritando ‘miren lo que le hicieron’, y discutiendo con los milicos. Me acuerdo del viejo reventado, con signos de picana, totalmente torturado. Me acuerdo de mis hermanos llorando, de Leonardo pidiendo leche y llorando.” Se acuerda de que en determinado momento, para calmarlos, los milicos de la patota les dieron helados. Vieron pasar por la calle a un heladero y les compraron varios. Casi que los obligaron a tomarlos.
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Adalberto Soba, “Plomito”, había sido detenido en la calle pocas horas antes, en la mañana del 26 de setiembre, junto a Alberto “Pocho” Mechoso, dirigente del Pvp. Había nacido 32 años antes, era de La Teja, trabajador “friyero”, de los frigoríficos, y textil. Había pasado por las diversas estructuras “de masas” de la Federación Anarquista Uruguaya y por su brazo armado, la Opr 33. En 1973, como muchos otros militantes de esa organización “requeridos” por las Fuerzas Conjuntas, partió hacia Buenos Aires, acompañado por su familia. Dos años después participó en el congreso fundacional del Pvp. “Sólo él militaba. Mi madre no, mi viejo le había dicho que era mejor que no lo hiciera, por su seguridad y por la nuestra”, cuenta Sandro. Dice que del padre recuerda imágenes sueltas, “como fotografías”. Las últimas son las de aquella tarde en su casa de Haedo y de poco después, en Automotores Orletti, donde los llevó la patota comandada por José Nino Gavazzo y en la que también estaba, entre otros, Manuel Cordero. “Yo no me acuerdo de las caras de ellos, las bloqueé, supongo, pero mi vieja los reconoció por las fotos. Con Gavazzo se gritó muchas veces.”
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Al chupadero clandestino del barrio de Flores, pegado a las vías del ferrocarril, los llevaron de inmediato a Adalberto, a María Elena, a Sandro, a Leonardo, a Tania, a Juan Pablo Errandonea, a Raúl Tejera. A María Elena y a los tres niños los tiraron en un cuadrado de autos, en la planta baja del local. Se les juntaron luego los hermanos Anatole y Victoria Julien Grisonas, él de 3 años, ella de 1, cuyos padres, Roger y Victoria, habían sido secuestrados el mismo 26. “Los Julien estuvieron un solo día. Eran bastante más chicos, y lloraban mucho.” Sandro recuerda la cortina metálica del local, la escalera de madera, un tanque, recuerda el sonido del ferrocarril y sobre todo los gritos que venían del piso de arriba. “Un día –o una noche, no te dabas cuenta del tiempo allí– me escabullí hacia el primer piso, los milicos no me vieron y me tiré por la escalera. Había una puerta entreabierta y vi a cantidad de gente semidesnuda, todos sentados contra la pared. Después más nada, supongo que alguno de los milicos me habrá agarrado y me habrá bajado. No sé, pero de esa foto no me olvido, de los compañeros tirados contra la pared, del estado en que estaban.”
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Unos días después Gavazzo le comunica a María Elena que ella y sus hijos van a ser llevados a Montevideo. “La veo todavía a ella gritando y protestando, diciéndole que no nos íbamos nada si antes no veíamos a mi viejo. No sé cuánto tiempo habrá pasado así, discutiendo con ellos. Al final Gavazzo accedió y nos trajeron al viejo.” Sandro guarda esa última y terrorífica “fotografía” de él con Adalberto grabada en la retina. “Habremos estado unas dos horas juntos. El viejo casi no podía hablar, le salía pus de los ojos, tenía heridas en todo el cuerpo, pedía agua todo el tiempo.” Algunas cosas le pudo decir Adalberto a su hijo: que estudiara, que ayudara a su madre y a sus hermanitos, que él era el mayor. Sandro lo tomó como “un mandato”.
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Sandro llegó a Montevideo junto a sus hermanos y su madre. Los trajeron Gavazzo y Ricardo Arab, en un vuelo comercial de Pluna. De ese viaje recuerda la rampa del avión y poco más. Del aeropuerto de Carrasco los llevaron a la casona clandestina de Punta Gorda, por un par de días, quizá tres. Una noche a él y a Tania los dejaron en la casa de su bisabuela materna. “Hicieron sonar las palmas delante de la puerta, y cuando salió mi bisabuela los milicos se fueron.”
Su madre y su hermano llegaron a la casa un día después. “Leonardo no podía despegarse de la vieja. Se pasaba llorando”, dice Sandro, y piensa que tal vez fue eso, los llantos de su hermano, los que salvaron a María Elena. Y que si a ellos mismos no los mataron, sobre todo en Buenos Aires, fue por su edad. “Éramos demasiado chicos para que nos hicieran algo”, cree.
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En el mismo avión que trajo de vuelta a los Soba iban también Alberto Mechoso, hijo de “Pocho”, de 6 años, su hermana Beatriz, apenas mayor, y la madre de ambos, Beatriz Castellonese. Gavazzo y Arab se hicieron pasar por maridos de las dos mujeres. Alberto ha testimoniado varias veces que Gavazzo lo amenazó allí mismo con matarlo si “contaba algo”. “Decía que confiaba en que mi madre no hablara nunca, pero que no tenía confianza en nosotros, en los niños. Decía que yo era igual que mi viejo.” Alberto se despidió de su padre en otra casa de militantes del Pvp copada por la banda de secuestradores a la que él, Beatriz y su madre fueron llevados por los militares. Tirado en una cama, torturado y sin fuerzas, Pocho le dijo a su hijo sustancialmente lo mismo que Adalberto a Sandro: que cuidara de su hermana y de su madre, que estudiara y trabajara, que fuera buen tipo.
El cuerpo de Alberto Mechoso Méndez apareció fondeado en un tonel con cemento en Buenos Aires, junto al de Marcelo Gelman, hijo del poeta Juan Gelman. Fue identificado en 2012 y simbólicamente enterrado en el Cerro.
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—¿Quedaron en banda cuando los dejaron en lo de tu bisabuela?
—Prácticamente sí. No teníamos un mango, mi vieja tuvo que salir a laburar prácticamente enseguida. Pero lo peor no fue eso.
Acaso lo peor fue el silencio que rodeó a los Soba durante años. El que imponía “la situación” –la dictadura– y el que se autoimponían la madre y la bisabuela.
O acaso también, dice Sandro, el miedo a olvidar las imágenes que le quedaban de su padre. Sandro debió repetir cuarto de escuela, el año que cursó tras su llegada a Uruguay, porque se quedaba dormido en clase después del recreo. No podía seguir a la maestra, se perdía, porque de noche no pegaba un ojo: “Pensaba que si me dormía se me iban a ir las imágenes que guardaba del viejo”, esas últimas de la casa y de Orletti y también las otras, “las lindas”.
Cada hermano reaccionó de manera distinta. “Leonardo dice que no se acuerda de nada, pero en aquellos primeros tiempos cada vez que escuchaba una sirena, fuera de un patrullero o una ambulancia, salía corriendo y se encerraba. Estaba todo el tiempo aterrado. Mi hermana Tania vivió intentando olvidar. Nunca pudo creer en nadie, desconfiaba de todo y de todos.” Madre de cuatro hijos, Tania murió en 2006, a los 33 años, de un cáncer. Con diferencia de un par de días moría también Quica Salvia, la madre de Juan Pablo Errandonea, a los 80 y pico de años, una de las primeras “madres”. Quica no había encontrado a su hijo, como Tania no había encontrado a su padre. En otra entrevista, preguntado sobre esa coincidencia acaso banal, Sandro evocaba un círculo.
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Periódicamente, “los milicos le recordaban a mi vieja su presencia. Caían por casa en patrulleros o en autos particulares, la amenazaban, a veces la llevaban a Jefatura. Le metían miedo”. En ese tiempo ni María Elena ni su abuela les hablaban a los niños de lo que le pudo haber ocurrido a Adalberto. “Cuando preguntábamos nos decían que probablemente estuviera preso.” Con esa idea fue creciendo Sandro, y también Tania y Leonardo: que algún día, tal vez, cuando los presos fueran liberados, podrían reencontrarse con su padre. Nunca habló “del tema” con nadie, ni con sus amigos, ni en la escuela, ni en el liceo, ni en la Utu, ni con sus compañeros de trabajo.
El 14 de marzo de 1985 Sandro fue a apostarse a Luis Batlle Berres, a tres cuadras de su casa. Por la mañana comenzaban a liberar por tandas a los últimos presos políticos, y por esa calle pasaban los vehículos que los trasladaban y se apiñaba la gente para verlos pasar y saludarlos. Estuvo todo el día, y su padre no apareció. “Obviamente no estaba preso. Le preguntamos a mi vieja y nos dijo que tal vez hubiera quedado detenido en Buenos Aires. Yo allí empecé a dudar.” No era que su madre les mintiera, dice Sandro. No sabía. Lo empezó a saber cuando, ya en democracia, “escuchó testimonios, se conectó con compañeros, preguntó”.
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Se enteró, por ejemplo, de lo que en la jerga de los secuestradores significaba “traslado”. Y recordó que allá en Orletti un guardia le había comentado a otro sobre Adalberto: “Éste va para traslado”. “La vieja lo había tomado literalmente, pensaba que se lo habían llevado a otro lugar.”
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Una vez, en Argentina, Adalberto y María Elena discutieron sobre la posibilidad de exiliarse. Ya había caído el grueso de la dirección del Pvp, el clima era literalmente de terror y María Elena tenía un pariente que había logrado refugiarse en la embajada sueca. Adalberto lo descartó de plano, cuenta Sandro que le contó su madre. “Decía que no se iría mientras hubiera compañeros en manos de los milicos, y en todo caso que no se iría por la libre.”
No recuerda Sandro si fue por esos días o antes que cierta vez María Elena le descubrió a Adalberto la pastilla de cianuro que muchos militantes llevaban consigo. “El viejo le dijo que era de rigor, que había una consigna de evitarse sufrimientos en la tortura y no cantar a los compañeros, pero que él no la tomaría porque significaba dejarnos solos a nosotros. Y porque siempre estaba la posibilidad de la fuga.” Después de todo, el propio Plomito se había escabullido en las narices mismas de tiras y policías en 1970, en Montevideo, “haciéndose chiquito” en un ascensor de la Jefatura, filtrándose y escapando hacia la calle.1
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A pesar de no saber, de no tener conciencia todavía de que su padre era, él también, un desaparecido, Sandro participó desde muy chico, 10 u 11 años, en las caminatas que alrededor de la plaza Libertad hacían todos los viernes por la tarde, casi que en total soledad, las “viejas” de la asociación de Familiares. Se quedaba a un costado, junto a alguna conocida, y miraba.
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Sandro nunca pudo sostener el cartel con la foto de su padre en las marchas de los 20 de mayo. “Me pesa mucho tenerla en las manos. No porque sea pesada, claro.” La foto la llevó su madre. Y ahora, si no la lleva su hermano, deja que lo haga otro. Él marcha adelante.
Por un tiempo integró la agrupación Hijos. Era uno de los mayores, y fue allí que por primera vez planteó, entre “pares”, “lo que sentía, lo que me pasaba por la cabeza”. “Nunca fui a un psicólogo”, dice sonriendo y poniendo cara de “qué boludo”. Con sus hijos (tiene dos, hoy de 14 y 23 años) tampoco habla “directamente del tema. Ellos se fueron enterando por los diarios. Cuando me preguntan les contesto. Son cosas que te quedan ahí, no sabés si esas cosas dramáticas las podés contar. Yo no fui ni soy de sentarme y contarles. Preferí ayudarlos a que estudien, decirles que ayuden a su madre”, dice, casi que repitiendo las palabras de su propio padre.
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Ellos, sus hijos, piensa Sandro, “se tienen que preguntar por qué luchaban los que fueron desaparecidos. No se los puedo resolver yo, pero en esta sociedad, donde los políticos no han ayudado a construir esa memoria, se hace bravo. Hay una responsabilidad de todos los gobiernos en que no se haya sabido la verdad ni haya habido justicia. Hubo pequeños avances con los gobiernos del Frente Amplio, pero los mayores logros en este tema vinieron de los familiares o de las organizaciones sociales. O de sentencias internacionales”. Algunos “políticos”, recuerda, de este como de otros gobiernos, han incluso bloqueado las investigaciones, negándose a facilitar el acceso a los archivos, a los cuarteles para excavar. “No se ha logrado romper con esa impunidad. Apenas hay un puñado de militares en la cárcel y el resto allí está, por las calles. Cuando se habla de que el tema se resolverá cuando ‘los actores’ se mueran tampoco se ayuda en nada. Al contrario.”
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Sandro Soba trabaja actualmente en la secretaría de Deportes de la Intendencia de Montevideo. Se considera un militante social y desde hace unos años también un militante político, en el Pvp. “Un día hice el clic que me llevó de lo uno a lo otro”, cuenta. Cree que las marchas del 20 de mayo son la manifestación social y política más importante de este país, “constante, insistente”, pero le parece que con el tiempo debería ir cambiando de carácter. No tanto hacerse “ruidosa” (“el silencio es una de sus características y para modificar eso habría que convencer a mucha gente”), sino “abarcar  otros temas, abarcar los derechos humanos de hoy: la vivienda, la tierra, la alimentación, un salario digno. Para mí sería como cerrar el círculo”.

Obviamente

Como todo el mundo, Sandro Soba tiene muletillas al hablar. Las suyas son los “mente”: totalmente, obligadamente. Y sobre todo obviamente. A lo largo de la charla la repitió infinidad de veces, tantas que llamó la atención. Porque si algo obvio hay en este tema es la ausencia absoluta de obviedad. La propia situación de entrevistador-entrevistado, en este caso, podría haber sido una antiobviedad. Podría haberse dado la inversa, que el uno fuera el otro y viceversa. Acaso en esa misma colchoneta infecta de Orletti en que a Sandro y a sus hermanos y a su Madre les trajeron a Adalberto podría haber estado tirado, un mes antes, o dos, o algunas semanas, Gerardo Gatti. Con el mismo destino de traslado.
1.     Fugas, de Samuel Blixen, Montevideo, Trilce, 2004.








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