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Comentarios sobre libros y literatura.

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IN MEMORIAM: Martí de Riquer (1914-2013) 

Martín de Riquer fue un lujo para nuestra cultura que, por desgracia, no tendrá reemplazo fácil, si es que alguna vez lo tiene. Medievalista excelso, investigador definitivo del Tirant lo Blanch, experto en poesía trobadoresca y uno de los cervantistas más ilustres y esclarecedores que han existido, su erudición y sabiduría fueron incomparables, prodigiosas. Pero, capaz de todo, siempre expuso sus argumentos con autoridad, documentación y criterio, pero de manera clara y hasta amena, lo que le hizo trascender el mundo académico y alcanzar un segmento de público mucho mayor del que se acostumbra en campos que, a veces, amenazan con una aridez que se reserva a los especialistas.
En este estilo, expresivo, apasionado y razonable, este ensayo Cervantes en Barcelona trata de la supuesta estancia del autor de El Quijote en la Ciudad Condal, algo que sólo es conjetura, a pesar de la muy popular costumbre barcelonesa de señalar la casa del Paseo de Colón, nº 2, como "la casa de Cervantes".
Que Cervantes viviera en Barcelona una temporada es algo probable. Pero, como tantas cosas del mundo cervantino, otro asunto es probarlo o, si esto no es posible, dar argumentos que hagan posible esa probabilidad.
Los biógrafos suelen datar esa estancia en 1569, cuando huía de Madrid hacia Italia. Martín de Riquer, con un análisis minucioso de los episodios catalanes de Las Dos Doncellas y la segunda parte del Quijote, traslada (y demuestra) esta estancia a 1610, cuando debió seguir al Conde de Lemos en busca de patrocinio (algo muy normal en la época) y, sí, probablemente en la casa que la tradición le atribuye, o en todo caso en una muy cercana.
Dominador absoluto de todo aquello que se ha escrito y descubierto sobre Cervantes, Martín de Riquer pasa por todas las posibilidades y descarta los imposibles, y entonces acumula referencias hasta encontrar fecha, época y lugar en el que la estancia de Cervantes se produjo.
Todo ello, insisto, en una prosa clara, inteligente, legible y amena, algo difícil de encontrar en el campo de la exégesis literaria. Y para los que crean que discutir si Cervantes estuvo o no en Barcelona es como tratar del sexo de los ángeles, les diré que para llegar a esta conclusión Riquer realiza un auténtico paseo por la Barcelona de la época y su vida cotidiana. Al fin y al cabo, y aunque la estancia fuera breve, lo que sorprende es que Cervantes fuera tan perceptivo como para recorrer sus calles y conocer sus gentes, situarse tan bien en la geografía y entablar contacto íntimo con la vida y preocupaciones de la ciudad; todo lo cual queda reflejado en El Quijote. Pero, como señala Martí de Riquer, tampoco es de extrañar. Barcelona adoraba la primera parte del Quijote (y siempre ha sido ciudad cervantina), y la acogida que debió dispensar a su autor debió halagarle sobremanera, tanto como para motivar los elogios que dedica a la ciudad en la segunda parte. En este estado de cosas (y para fastidiar a Avellaneda, autor de ese Quijote falso que tanto molestó a Cervantes) decidió que Don Quijote y Sancho no fueran a Zaragoza sino a Barcelona.
El historiador desearía conocer y tener documentados todos los hechos. Sin embargo, esto nos hubiese privado de este paseo delicioso que Martí de Riquer nos invita a realizar en este ensayo. Más allá de la sabiduría ya reconocida, la pérdida de Martí de Riquer nos ha privado de verla perpetuada. Descanse en paz.

Acantilado / Quaderns Crema, col. Cuadernos del Acantilado
Barcelona, 2005 [1989]
Publicado anteriormente como parte de Para Leer a Cervantes

Portada y sinopsis

Hay que aclarar, aunque sólo sea a efectos de paisaje, que Bodor pertenece a la minoría magiarófona de Rumanía, por lo que la presente obra, aunque escrita en húngaro, tiene unas inequívocas referencias rumanas tanto geográficas como de personajes.
En realidad no se trata de una novela, sino de una serie de relatos de trasfondo y protagonista comunes que, juntos, constituyen una historia única y coherente. De ahí que puedan haber marchas y contramarchas en el tiempo, y descripciones que parecen reiterativas, aunque sólo son insistentes en ciertos detalles que se revelan importantes.
Y aclaremos que todo lo relatado no es sino una inmensa parábola, un microcosmos cerrado que en realidad se refiere a todo un país. En él vive Andrei Bodor, un hombre que ha perdido sus papeles y por tanto su identidad. Da igual, cuando llega al distrito de Sinistra se le da una nueva en forma de chapa grabada y colgada del cuello (algo que recuerda a los usos esclavistas, una interpretación que se confirma avanzada la historia). El distrito no es sino una inmensa región montañosa, una reserva de osos, en la que quienes los cazan (los privilegiados con la caza, diríamos) son amos y señores, y quienes lo habitan son funcionarios del estado y la reserva, que realizan tareas inútiles en apariencia.
Esa reserva, envuelta en nieblas, con unos límites precisos pero que, a efectos prácticos, podrían estar en el infinito, pues nada parece haber más allá, salvo el rumor de la existencia de otros lugares, confiere un aire onírico a todo el relato, como de pesadilla, ni siquiera matizada por el hecho de que la tierra sea inocente y neutral.
Y así pasan los años de Andrei Bodor, viendo los cambios que, para peor, suceden en la reserva. Viendo cómo se decretan cambios arbitrarios de oficio para los habitantes, cómo aparecen los gansos grises, hombres uniformados y uniformes que son los ejecutores de la coronel Coca Mavrodin. Cómo las decisiones, no por arbitrarias, dejan de ser ejecutadas («Anunciaron, pues, que este año no se produciría la epidemia, de modo que no haría falta vacuna alguna, y que todos se fueran a sus casas en paz. Después de engatusar a los pacientes para que saliesen de la consulta, ellos mismos se encargaron de sacar al patio las cajas con los medicamentos, y las aplastaron todas.»), y, al final, cómo unos titiriteros que salieron a la calle amenazan el orden establecido.
Bodor no sólo establece una atmósfera de opresión mediante el contraste del gran espacio abierto y las mentes cerradas, sino que logra que en esta narración en clave, sin referirse a Rumanía, la metáfora sea válida para cualquier régimen totalitario, y que conociendo por íntimo a los habitantes del distrito, percibamos cómo sus vidas dejan de ser propias para pasar a ser menos que nada para un régimen que nada las considera.
Todo ello con una prosa viva, detallista y medida, que sabe transmitir sentimientos y estados de ánimo con una maestría que hace que El Distrito de Sinistra adquiera tintes de gran literatura.

(Sinistra Körzet)
Acantilado / Quaderns Crema, col. Narrativa del Acantilado
Barcelona, 2003 [1992]
Trad. de Adan Kovacsics

Portada y sinopsis

SESIÓN MATINAL 

(Mr Smith Goes to Washington); 1939

Director: Frank Capra; Guión: Sidney Buchman, basado en el relato de Lewis R. Foster; Intérpretes: James Stewart (Jefferson Smith), Claude Rains (Senador Joseph Paine), Jean Arthur (Saunders), Thomas Mitchell (Diz Moore), Edward Arnold (Jim Taylor), Guy Kibbee (Gobernador Hopper), Eugene Pallette (Chick McGann), Beulah Bondi (Ma Smith), Harry Carey (Presidente del Senado), H. B. Warner (Líder de la Mayoría del Senado), Astrid Allwyn (Susan Paine), Ruth Donnelly (Sra. Hopper), Charles Lane (Nosey), Porter Hall (Senador Monroe); Dir. de fotografía: Joseph Walker; Montaje: Slavko Vorkapich; Música: Dimitri Tiomkin; Dir. artística: Lionel Banks.

Hasta la fecha, no se habían producido películas sobre política. Biografías de políticos, sí; películas sobre grandes hechos históricos con componente política, también. Pero no filmes que trataran sobre el funcionamiento de la política real, la que en apariencia se dedica a minucias sin importancia que, sin embargo, importan a los afectados.
Y cuando se realizó y se estrenó esta Caballero sin Espada (su título original, "El señor Smith (es decir, el señor normal y corriente) va a Washington" es mucho más acertado) su éxito sorprendió a la misma empresa, preocupada, y mucho, acerca del poco público que podía atraer un filme sobre la pequeña política, y sobre todo, alarmada por el mensaje de crítica que llevaba. Irónicamente, Hollywood entraba en el juego de lo que estaba a punto de denunciar. Sin embargo, tanto Capra (ese adalid del New Deal), como el guiionista Sidney Buchman superaron los escollos, suavizando en algunas partes el mensaje; probablemente sabían que quedaría igual de corrosivo.
La historia es simple: Jefferson Smith es elegido y se convierte en el senador más joven de Estados Unidos. Además de juventud, lleva al Senado todo el idealismo que su edad, su ingenuidad y su bonhomía es capaz. Y allí se da de bruces con la auténtica política nacional, con sus lobbys de presión, sus jugarretas subrepticias, en fin, con todo el juego sucio que los políticos pueden hacer para defender otros intereses que no son precisamente los del pueblo americano. Decidido a luchar contra ello, y desde dentro (y este es un mensaje importante), Smith recurrirá a todo resquicio que el reglamento del Senado le proporcione, incluyendo la primera muestra en pantalla de lo que se ha venido en llamar "filibusterismo parlamentario", tomando la palabra y no cediéndola durante cerca de veinticuatro horas, en unas escenas que se han hecho famosas.
El éxito no sólo fue de público y crítica (obtuvo once nominaciones a los Oscar). a película tuvo el honor de ser prohibida por la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la España de Franco y la Unión Soviética de Stalin, y en otros países se dobló de manera que su mensaje fundamental quedara alterado. En los mismos Estados Unidos, varios políticos y senadores reaccionaron abruptamente ante ella, quedando retratados en el proceso. Joseph P. Kennedy, padre de JFK y entonces embajador estadounidense en Gran Bretaña, dijo: "Creo que exhibir la película en países extranjeros haría un daño irreparable al prestigio de América en el mundo".
Todo esto por una modesta película, una obra maestra, con interpretaciones geniales, un gran guión, una extraordinaria dirección y cuyo mensaje, en definitiva, no era otro que el que declara Jefferson Smith: "No daría ni dos centavos por sus fantasiosa normas si, tras ellas, no hubiera un poco de sencilla y común amabilidad con la gente... y algo de consideración por el prójimo, también".

Tráiler: Como podrán comprobar, en este tráiler de la época apenas se menciona la trama de la película; se limita a ensalzarla por quien interviene en ella, incluyendo el elogio de un crítico. Y es que la mención de que se trataba de una película sobre políticos bien podía alejar al público de los cines...



Esta vez nos encontraremos con el cuarteto de Monk en las actuaciones grabadas que dio en el club Five Spot de Nueva York en 1958.
Un cuarteto que, aparte Monk al piano, tenía a uno de los grandes saxofonistas tenores de la historia del jazz, Johnny Griffin. Sonido a veces áspero, lo que denominaríamos agresivo o impetuoso, con una técnica fuera de serie y con una capacidad de improvisación excelente, como podremos comprobar en estas grabaciones, en las que realiza un par de stop-chorus (es decir, quedarse solo sin ningún acompañamiento en medio de un tema) de quitarse el sombrero. Junto a un contrabajista excelente como Ahmed Abdul Malik, y un gran batería, Roy Haines.
Los temas son: Nutty; Blues Five Spot; Let's Cool One; In Walked Bud; y Blue Monk.
Temas desarrollados más extensamente que en grabación de estudio, con momentos para el lucimiento de todos los integrantes del cuarteto y con un Monk que siempre, siempre resulta sorprendente.
Atentos a los comentarios del Cifu, y que disfruten.


IN MEMORIAM: Martí de Riquer (1914-2013) 

Martín de Riquer fue un lujo para nuestra cultura que, por desgracia, no tendrá reemplazo fácil, si es que alguna vez lo tiene. Medievalista excelso, investigador definitivo del Tirant lo Blanch, experto en poesía trobadoresca y uno de los cervantistas más ilustres y esclarecedores que han existido, su erudición y sabiduría fueron incomparables, prodigiosas. Pero, capaz de todo, siempre expuso sus argumentos con autoridad, documentación y criterio, pero de manera clara y hasta amena, lo que le hizo trascender el mundo académico y alcanzar un segmento de público mucho mayor del que se acostumbra en campos que, a veces, amenazan con una aridez que se reserva a los especialistas.
En este estilo, expresivo, apasionado y razonable, este ensayo Cervantes en Barcelona trata de la supuesta estancia del autor de El Quijote en la Ciudad Condal, algo que sólo es conjetura, a pesar de la muy popular costumbre barcelonesa de señalar la casa del Paseo de Colón, nº 2, como "la casa de Cervantes".
Que Cervantes viviera en Barcelona una temporada es algo probable. Pero, como tantas cosas del mundo cervantino, otro asunto es probarlo o, si esto no es posible, dar argumentos que hagan posible esa probabilidad.
Los biógrafos suelen datar esa estancia en 1569, cuando huía de Madrid hacia Italia. Martín de Riquer, con un análisis minucioso de los episodios catalanes de Las Dos Doncellas y la segunda parte del Quijote, traslada (y demuestra) esta estancia a 1610, cuando debió seguir al Conde de Lemos en busca de patrocinio (algo muy normal en la época) y, sí, probablemente en la casa que la tradición le atribuye, o en todo caso en una muy cercana.
Dominador absoluto de todo aquello que se ha escrito y descubierto sobre Cervantes, Martín de Riquer pasa por todas las posibilidades y descarta los imposibles, y entonces acumula referencias hasta encontrar fecha, época y lugar en el que la estancia de Cervantes se produjo.
Todo ello, insisto, en una prosa clara, inteligente, legible y amena, algo difícil de encontrar en el campo de la exégesis literaria. Y para los que crean que discutir si Cervantes estuvo o no en Barcelona es como tratar del sexo de los ángeles, les diré que para llegar a esta conclusión Riquer realiza un auténtico paseo por la Barcelona de la época y su vida cotidiana. Al fin y al cabo, y aunque la estancia fuera breve, lo que sorprende es que Cervantes fuera tan perceptivo como para recorrer sus calles y conocer sus gentes, situarse tan bien en la geografía y entablar contacto íntimo con la vida y preocupaciones de la ciudad; todo lo cual queda reflejado en El Quijote. Pero, como señala Martí de Riquer, tampoco es de extrañar. Barcelona adoraba la primera parte del Quijote (y siempre ha sido ciudad cervantina), y la acogida que debió dispensar a su autor debió halagarle sobremanera, tanto como para motivar los elogios que dedica a la ciudad en la segunda parte. En este estado de cosas (y para fastidiar a Avellaneda, autor de ese Quijote falso que tanto molestó a Cervantes) decidió que Don Quijote y Sancho no fueran a Zaragoza sino a Barcelona.
El historiador desearía conocer y tener documentados todos los hechos. Sin embargo, esto nos hubiese privado de este paseo delicioso que Martí de Riquer nos invita a realizar en este ensayo. Más allá de la sabiduría ya reconocida, la pérdida de Martí de Riquer nos ha privado de verla perpetuada. Descanse en paz.

Acantilado / Quaderns Crema, col. Cuadernos del Acantilado
Barcelona, 2005 [1989]
Publicado anteriormente como parte de Para Leer a Cervantes

Portada y sinopsis

Hay que aclarar, aunque sólo sea a efectos de paisaje, que Bodor pertenece a la minoría magiarófona de Rumanía, por lo que la presente obra, aunque escrita en húngaro, tiene unas inequívocas referencias rumanas tanto geográficas como de personajes.
En realidad no se trata de una novela, sino de una serie de relatos de trasfondo y protagonista comunes que, juntos, constituyen una historia única y coherente. De ahí que puedan haber marchas y contramarchas en el tiempo, y descripciones que parecen reiterativas, aunque sólo son insistentes en ciertos detalles que se revelan importantes.
Y aclaremos que todo lo relatado no es sino una inmensa parábola, un microcosmos cerrado que en realidad se refiere a todo un país. En él vive Andrei Bodor, un hombre que ha perdido sus papeles y por tanto su identidad. Da igual, cuando llega al distrito de Sinistra se le da una nueva en forma de chapa grabada y colgada del cuello (algo que recuerda a los usos esclavistas, una interpretación que se confirma avanzada la historia). El distrito no es sino una inmensa región montañosa, una reserva de osos, en la que quienes los cazan (los privilegiados con la caza, diríamos) son amos y señores, y quienes lo habitan son funcionarios del estado y la reserva, que realizan tareas inútiles en apariencia.
Esa reserva, envuelta en nieblas, con unos límites precisos pero que, a efectos prácticos, podrían estar en el infinito, pues nada parece haber más allá, salvo el rumor de la existencia de otros lugares, confiere un aire onírico a todo el relato, como de pesadilla, ni siquiera matizada por el hecho de que la tierra sea inocente y neutral.
Y así pasan los años de Andrei Bodor, viendo los cambios que, para peor, suceden en la reserva. Viendo cómo se decretan cambios arbitrarios de oficio para los habitantes, cómo aparecen los gansos grises, hombres uniformados y uniformes que son los ejecutores de la coronel Coca Mavrodin. Cómo las decisiones, no por arbitrarias, dejan de ser ejecutadas («Anunciaron, pues, que este año no se produciría la epidemia, de modo que no haría falta vacuna alguna, y que todos se fueran a sus casas en paz. Después de engatusar a los pacientes para que saliesen de la consulta, ellos mismos se encargaron de sacar al patio las cajas con los medicamentos, y las aplastaron todas.»), y, al final, cómo unos titiriteros que salieron a la calle amenazan el orden establecido.
Bodor no sólo establece una atmósfera de opresión mediante el contraste del gran espacio abierto y las mentes cerradas, sino que logra que en esta narración en clave, sin referirse a Rumanía, la metáfora sea válida para cualquier régimen totalitario, y que conociendo por íntimo a los habitantes del distrito, percibamos cómo sus vidas dejan de ser propias para pasar a ser menos que nada para un régimen que nada las considera.
Todo ello con una prosa viva, detallista y medida, que sabe transmitir sentimientos y estados de ánimo con una maestría que hace que El Distrito de Sinistra adquiera tintes de gran literatura.

(Sinistra Körzet)
Acantilado / Quaderns Crema, col. Narrativa del Acantilado
Barcelona, 2003 [1992]
Trad. de Adan Kovacsics

Portada y sinopsis

SESIÓN MATINAL 

(Mr Smith Goes to Washington); 1939

Director: Frank Capra; Guión: Sidney Buchman, basado en el relato de Lewis R. Foster; Intérpretes: James Stewart (Jefferson Smith), Claude Rains (Senador Joseph Paine), Jean Arthur (Saunders), Thomas Mitchell (Diz Moore), Edward Arnold (Jim Taylor), Guy Kibbee (Gobernador Hopper), Eugene Pallette (Chick McGann), Beulah Bondi (Ma Smith), Harry Carey (Presidente del Senado), H. B. Warner (Líder de la Mayoría del Senado), Astrid Allwyn (Susan Paine), Ruth Donnelly (Sra. Hopper), Charles Lane (Nosey), Porter Hall (Senador Monroe); Dir. de fotografía: Joseph Walker; Montaje: Slavko Vorkapich; Música: Dimitri Tiomkin; Dir. artística: Lionel Banks.

Hasta la fecha, no se habían producido películas sobre política. Biografías de políticos, sí; películas sobre grandes hechos históricos con componente política, también. Pero no filmes que trataran sobre el funcionamiento de la política real, la que en apariencia se dedica a minucias sin importancia que, sin embargo, importan a los afectados.
Y cuando se realizó y se estrenó esta Caballero sin Espada (su título original, "El señor Smith (es decir, el señor normal y corriente) va a Washington" es mucho más acertado) su éxito sorprendió a la misma empresa, preocupada, y mucho, acerca del poco público que podía atraer un filme sobre la pequeña política, y sobre todo, alarmada por el mensaje de crítica que llevaba. Irónicamente, Hollywood entraba en el juego de lo que estaba a punto de denunciar. Sin embargo, tanto Capra (ese adalid del New Deal), como el guiionista Sidney Buchman superaron los escollos, suavizando en algunas partes el mensaje; probablemente sabían que quedaría igual de corrosivo.
La historia es simple: Jefferson Smith es elegido y se convierte en el senador más joven de Estados Unidos. Además de juventud, lleva al Senado todo el idealismo que su edad, su ingenuidad y su bonhomía es capaz. Y allí se da de bruces con la auténtica política nacional, con sus lobbys de presión, sus jugarretas subrepticias, en fin, con todo el juego sucio que los políticos pueden hacer para defender otros intereses que no son precisamente los del pueblo americano. Decidido a luchar contra ello, y desde dentro (y este es un mensaje importante), Smith recurrirá a todo resquicio que el reglamento del Senado le proporcione, incluyendo la primera muestra en pantalla de lo que se ha venido en llamar "filibusterismo parlamentario", tomando la palabra y no cediéndola durante cerca de veinticuatro horas, en unas escenas que se han hecho famosas.
El éxito no sólo fue de público y crítica (obtuvo once nominaciones a los Oscar). a película tuvo el honor de ser prohibida por la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la España de Franco y la Unión Soviética de Stalin, y en otros países se dobló de manera que su mensaje fundamental quedara alterado. En los mismos Estados Unidos, varios políticos y senadores reaccionaron abruptamente ante ella, quedando retratados en el proceso. Joseph P. Kennedy, padre de JFK y entonces embajador estadounidense en Gran Bretaña, dijo: "Creo que exhibir la película en países extranjeros haría un daño irreparable al prestigio de América en el mundo".
Todo esto por una modesta película, una obra maestra, con interpretaciones geniales, un gran guión, una extraordinaria dirección y cuyo mensaje, en definitiva, no era otro que el que declara Jefferson Smith: "No daría ni dos centavos por sus fantasiosa normas si, tras ellas, no hubiera un poco de sencilla y común amabilidad con la gente... y algo de consideración por el prójimo, también".

Tráiler: Como podrán comprobar, en este tráiler de la época apenas se menciona la trama de la película; se limita a ensalzarla por quien interviene en ella, incluyendo el elogio de un crítico. Y es que la mención de que se trataba de una película sobre políticos bien podía alejar al público de los cines...



Esta vez nos encontraremos con el cuarteto de Monk en las actuaciones grabadas que dio en el club Five Spot de Nueva York en 1958.
Un cuarteto que, aparte Monk al piano, tenía a uno de los grandes saxofonistas tenores de la historia del jazz, Johnny Griffin. Sonido a veces áspero, lo que denominaríamos agresivo o impetuoso, con una técnica fuera de serie y con una capacidad de improvisación excelente, como podremos comprobar en estas grabaciones, en las que realiza un par de stop-chorus (es decir, quedarse solo sin ningún acompañamiento en medio de un tema) de quitarse el sombrero. Junto a un contrabajista excelente como Ahmed Abdul Malik, y un gran batería, Roy Haines.
Los temas son: Nutty; Blues Five Spot; Let's Cool One; In Walked Bud; y Blue Monk.
Temas desarrollados más extensamente que en grabación de estudio, con momentos para el lucimiento de todos los integrantes del cuarteto y con un Monk que siempre, siempre resulta sorprendente.
Atentos a los comentarios del Cifu, y que disfruten.